SLR – Capítulo 436
Hermana, en esta vida seré la reina
Capítulo 436: Risa contagiosa
En cuanto apareció la duquesa Rubina, Ariadne se dio cuenta de que había sobrestimado a la mujer.
‘¿Así que el objetivo no era sólo humillarme una vez?’
La duquesa Rubina era, oficialmente hablando, sólo pariente lejana del Rey. Alfonso, en cambio, era su único hijo legítimo. Al no ser el Príncipe Heredero, carecía del rango de tal o del derecho a asumir automáticamente el trono a la muerte del Rey, pero de todos modos era el único hijo, y uno que además contaba con un ejército. El tiempo estaba de su parte. No había nadie que pudiera empujarle fuera de su posición actual, tanto en términos de poder como de justificación.
León III seguía reinando por el momento, por supuesto, y todo el mundo sabía que la posición de amante era la más poderosa de todas. Pero era un secreto a voces que la duquesa Rubina había perdido el favor de León III hacía tiempo, y ambos dormían en habitaciones separadas desde mucho también.
‘¿Está contando con alguna otra fuente de influencia?’
Por mucho que Ariadne tratara de imaginárselo, no parecía que la duquesa Rubina tuviera algo más en lo que apoyarse. El duque Pisano no se haría de repente lo bastante poderoso como para oponerse a Alfonso, y el amor de León III ya estaba muerto. Ariadne estaba estupefacta.
‘¿De verdad quieres enfrentarte al Príncipe legítimo?’
Alfonso también dudó al ver que la duquesa Rubina se le había adelantado. Abrió la puerta del carruaje y saltó fuera.
—¡Ja!
La alcanzó en unos instantes.
—Lady de Como.
Rubina jadeó cuando el joven Príncipe se elevó sobre ella en un instante. Tenía un caballero a cada lado y dos damas de compañía detrás, mientras que ella misma sostenía su abanico de plumas de pavo real y llevaba huesos de ballena en el cuello y la falda para parecer lo más grande posible. Pero fue inútil.
El príncipe Alfonso sólo vestía su traje de baile, pero todos se sintieron abrumados por su presencia, incluidos los dos caballeros, que llevaban armadura de placas completa.
—¡Príncipe...! —Rubina dio un paso atrás, confundida. Todo su séquito también lo hizo, ya que debían mantener las distancias con su señora—. ¡Eres un maleducado!
Odiaba que se acercara y le gustaba aún menos que la hubiera llamado “Lady de Como”.
—¡Dirígete a mí como es debido! —añadió bruscamente, recuperando la confianza ahora que tenía espacio para respirar. El príncipe Alfonso se burló de ella.
—Rubina Tulia.
El rostro de ella se puso blanco y luego rojo. Ése había sido su nombre de soltera, un nombre corriente que no había pertenecido a ningún noble ni indicado ningún territorio. Habría estado bien, al menos, que Tulia fuera un apellido corriente. Pero no lo era: en realidad era un nombre de pila, y uno muy elegante que probablemente no podría usar una mujer corriente. La prostituta plebeya que había sido su madre había convertido su nombre en el apellido de su hija después de tener un bebé cuyo padre desconocía.
Aquello era un insulto, y no un insulto cualquiera, sino uno que calaba hasta los huesos y llamaba activamente a la lucha. La duquesa Rubina tembló y espetó—: Príncipe Alfonso. ¿Cómo te atreves?
—¿Cómo me atrevo? —dijo Alfonso, riendo incrédulo—. Eso es lo que yo debería decirte a ti.
Se dirigió hacia ella. La Duquesa, enfadada, intentó mantenerse firme a pesar de las protestas de los caballeros y las damas de compañía. Esto permitió al Príncipe acercarse mucho a la anciana Duquesa. Cuando la distancia era tan pequeña que resultaba casi impía, la miró fijamente y gruñó—: Hasta ahora he sido lo más respetuoso posible contigo porque eras la mujer de mi padre.
Ante sus ojos se alzaba una mujer pelirroja y de mediana edad. El pelo, que había sido de un rojo encendido como el de su hijo, estaba ahora salpicado de canas. Esta repugnante mujer, mostrando su edad, era menos amenazadora de lo que él recordaba, y más repugnante. ¿Por qué su madre había tenido miedo de una criatura como ella?
—Parecía que habías olvidado tu lugar desde que murió mi madre.
—¿Mi lugar? ¡Cuida tus palabras, Príncipe!
El príncipe Alfonso ni pestañeó ante su protesta. De todos modos, no la escuchaba.
—Has ocupado un cierto papel como mujer del Rey. Que así sea. Pero, ¿realmente crees que eres una reina?
—¡Alfonso de Carlo!
Era de mala educación referirse a la realeza por su apellido. Al soberano de un reino y a su familia se les llamaba con el nombre de la región que gobernaban, como Filippo IV de Gallico, por ejemplo. Este uso indicaba su poder, ya que sólo una familia podía llamarse así. Sin embargo, el príncipe Alfonso se limitó a sonreír.
—Soy Alfonso de Carlo, sí. ¿Pero quién demonios eres tú?
La cara de la Duquesa se puso roja como un tomate a punto de estallar.
—¡No te atrevas a hablarme así!
Alfonso se dijo que aquellos juegos políticos eran demasiado infantiles. Los que se pudrían en San Carlo, enterrados en sus lujosos placeres, no tenían ni idea de lo que realmente importaba. El poder se ganaba con sangre, sudor, victoria y sacrificio, no jugando así con los títulos.
Sin imaginar lo que estaba pensando el Príncipe, la Duquesa se estremeció y dijo—: ¡Soy Rubina de Carlo, de la confianza del gran Rey, León III!
Alfonso se rió.
—Jajaja. ¡Jajaja!
Había algo contagioso en aquella risa. Ariadne también sonrió, y a los guardias de la esquina también les costó contener la risa. Rubina gritó antes de que sus caballeros empezaran a reír también.
—¡Cómo te atreves!
Los caballeros se recompusieron y los guardias saltaron, enderezándose.
—¡Soy la señora de este palacio! Desde que la reina falleció...
La duquesa Rubina sonrió viciosa y triunfante con los ojos, mirando al Príncipe de arriba abajo. El rostro de Alfonso se puso lentamente rígido ante la mención de su difunta madre.
—El Rey dejó el sello del palacio conmigo.
Levantó la mano derecha. En el dedo índice llevaba un grueso anillo decorado con rubíes y esmeraldas. Acarició con confianza el anillo con el pulgar. Este sello era para la persona que gobernaba el palacio. Era diferente del sello de la reina, que se utilizaba en los documentos diplomáticos y en las órdenes que la reina daba al pueblo, pero seguía considerándose que representaba el poder de la reina. Se entregaba a la reina de cada generación. Se requería un sello de este anillo para cualquier uso del presupuesto de palacio, y los que estaban en palacio debían mostrar obediencia al mismo.
Alfonso entrecerró los ojos y miró el anillo.
‘Ese anillo debería pertenecer a Ariadne. Ariadne, mi esposa. La Principessa.’
Rubina Tulia era sólo una amante del rey y no un miembro de la familia real. Ariadne de Mare era su esposa, jurada ante el Padre Celestial, el único miembro femenino de la familia real. La duquesa Rubina creyó que su mirada representaba simples celos respecto al anillo. Sus labios se crisparon de placer, saboreando su victoria percibida.
—Y eso no es todo. Soy la mujer más anciana de la familia real. ¡Tengo el deber de guiar a los miembros jóvenes por el buen camino!
León III había preguntado a la ligera al príncipe Alfonso si tenía intención de acudir al baile de Acción de Gracias sin pareja, y Alfonso le había ignorado por completo. Lo había tomado como un gesto mezquino de León III, que una vez había querido a Ariadne para sí.
Sin embargo, desde el punto de vista de la duquesa Rubina, el príncipe Alfonso habría hecho bien en escuchar. Lo fulminó con la mirada, uno de los “miembros jóvenes” de la familia que acababa de mencionar, en su opinión.
—¡Príncipe! ¡Estoy intentando darte una lección!
El príncipe Alfonso ya no pudo contener la risa.
—Jajaja. Jajajaja!
Esta vez, no se pudo resistir la risa. La Duquesa, que era claramente una mujer inmoral ante el Padre Celestial como amante del rey, intentaba dar ‘una lección’ al héroe de la Guerra Santa.
El jinete y los guardias se desternillaron, y los caballeros también soltaron una carcajada. Incluso Devorah, la dama de compañía de Rubina, se vio obligada a morderse el labio para reprimir la risa. Rubina fue la única que no se rió.
—¿Te dignarías a ‘enseñar’ a alguien? —Alfonso la miró con lástima y desdén—. Rubina Tulia, lo único que haces es discutir.
—¡Tú!
La duquesa Rubina levantó la voz, pero Alfonso no había terminado.
—Es impresionante que tu pequeño cerebro haya sido capaz de pensar en Ippólito de Mare como excusa.
Levantó ligeramente la voz. El repentino cambio de aire hizo que la Duquesa retrocediera sin darse cuenta.
—Ippólito ya no es un de Mare. A nadie le pareció mal la decisión de echarlo de la familia, ¿y ahora planteas un problema con los de Mare por esto?
Incluso los caballeros se acobardaron cuando la voz de Alfonso aumentó de volumen. Habían creído que sus yelmos eran un escudo contra los ojos ajenos, pero, lamentablemente, el casco y la armadura chocaban en el cuello, produciendo un traqueteo metálico. Ahora que estaba claro que los caballeros no eran capaces de ayudar a Rubina, el príncipe Alfonso gruñó—: No importa la excusa que hayáis traído hoy aquí, yo iré al baile, y mi compañera vendrá conmigo.
Rubina no era de las que se rinden. Gritó con fuerza—: ¿Quién dice que puedes? Jamás.
El Príncipe la miró fríamente.
—Si deseas detenerme, será mejor que digas a tus preciosos caballeros que empiecen a actuar.
Miró a ambos lados, y los caballeros sacudieron sus armaduras cuando su mirada los alcanzó. Les flaqueaban las rodillas y retrocedían. Los miró en silencio. Parecía dispuesto a matarlos de un momento a otro con la espada ceremonial desafilada que llevaba en la cintura, a pesar de que sus contrincantes iban completamente armados. Fue el caballero de la derecha quien corrió primero.
‘¡No soy el caballero de la duquesa!’
Su función era mantener la seguridad del palacio. Su trabajo consistía en patrullar el recinto y asegurarse de que no se cometían actos violentos en él, no en empuñar la espada contra un miembro de la familia imperial. El otro caballero no tardó en seguir su ejemplo. Si ellos dos no podían con él, no había ninguna posibilidad de que sólo uno de ellos pudiera.
—¡Dioses!
Al ver huir al segundo caballero, la duquesa comprendió que su derrota estaba asegurada. Sin embargo, no podía dejar marchar a Alfonso sin luchar. En el punto álgido de su enfado, gritó—: ¡Querrás mantener las distancias con esa mujer! —Incluso sus damas de compañía se apartaron de ella ante su violento estallido. Añadió—: ¡Lo que he hecho hoy ha sido por tu bien, Príncipe!
Una sonrisa burlona apareció en el rostro de Alfonso. Ni siquiera le preguntó a Rubina los detalles, pero ella parecía empeñada en hablar, de todos modos.
—Hice esto por consideración a ti y a la dignidad del Reino Etrusco, ¡pero lo has arruinado todo! —las venas se alzaron en su cuello mientras balbuceaba—. ¡Cualquier vergüenza que caiga sobre nuestro reino será culpa tuya!
Alfonso, que no había estado escuchando, finalmente se volvió hacia Rubina con una mirada tranquila al oír la última frase.
—Rubina… —empezó.
D: necesito saber que sigue!
ResponderBorrarX2!
BorrarQue capítulo más emocionante y todavía no han ingresado al baile. Rubina Tulia! Siempre había querido saber más del pasado de esta mujer desagradable . Me encanta Alfonso eso saber resolver y una demostración de poder. Muchas, muchas gracias por subir esta increíble historia! Deseo que Dios te bendiga siempre! ♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
ResponderBorrarQue humillada tan tremenda!!! 🤣😂🤣😂😅 Alfonso te aplaudo😁👍👏👏, ya hacía rato que esa vieja necesitaba que alguien la pusiera en su lugar. Se cree la mismísima reina y cree que Cesar será el sucesor. Pobre ilusa!!
ResponderBorrarrubina hablando de honor y verguenza? Vaya...
ResponderBorrarA Rubina ya nadie la toma enserio
ResponderBorrarAh... Me purga ésta mujer tan estresante, pero también me entretiene mucho 👀
ResponderBorrarQue cosa horrorosa es esa rubina
ResponderBorrarYa que la echen del palacio....solo sirve para estorbar 💢
Rubina depende del favor del rey y no se encuentra en buenos términos, me encanta como se dirige a la ruina. Muchas gracias por el capítulo 💖✨
ResponderBorrarMe encanta la ilustración. Muchas gracias por el capítulo 🥰🥰🥰
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