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SLR – Capítulo 429

Hermana, en esta vida seré la reina 

Capítulo 429: Puedo resolverlo

Ippólito estaba a punto de gritar: “¡No soy su esclavo! Soy el hijo del cardenal de Mare”, pero se detuvo en seco. No era algo que pudiera decir cuando los hombres de Marco estaban buscándolo. Y más aún ahora que ni siquiera era verdad. La visión del tartamudo Ippólito pareció parecerle extremadamente desagradable al portero. Le ofreció un consejo.

—También se llevaron a todos los cercanos al obispo. Será mejor que no te vean por aquí.

Ippólito parecía clavado en el sitio, con la mirada perdida. El portero le dijo irritado—: ¡Piérdete!

Con un murmullo de agradecimiento, se marchó corriendo. De repente, no tenía a nadie en quien confiar. Aunque había marchado por el medio de la calle con bastante confianza, de repente llevó a su mula a una esquina apartada, asustado. Temía que Marco pudiera verle si se movía abiertamente. Incapaz de seguir avanzando hacia la calle, condujo la pequeña mula hasta el lindero del bosque.

N/T lindero: La frontera, el límite. En este caso del bosque.

‘¿Qué hago ahora?’

Como ya no podía alardear del nombre de De Mare, sus pensamientos se dirigieron naturalmente a su verdadero padre. El éxito obtenido mediante el trabajo duro era inimaginable para él.

‘Mi verdadero padre…’

Había guardado en un rincón las notas que Luisa le había traído sobre el diario de su madre. Sólo después de algún tiempo había empezado a leerlo. No lo había hecho por aburrimiento, sino pensando que podría haber alguna mención a algún dinero escondido. No lo había, pero descubrió algo increíble.

[Se llama Lorenzo... Su escudo es el de una serpiente que escupe fuego…]

Eran una descripción de su padre. Lucrecia le había dicho a su hijo que buscara su flor favorita, pero Ippólito no tenía ni idea de que a su madre le encantaban los tulipanes. Y así, extractos del diario de Lucrecia, y el secreto de su nacimiento, llegaron a sus manos a través de un proceso absurdamente complicado.

[...tiene el pelo gris ceniza... Un rostro varonil... Procede de una casa noble del norte del Reino Etrusco… se marchó a la guerra como mercenario… está fuera del registro familiar, pero su grupo de mercenarios también lleva el mismo escudo de armas…]

En la página siguiente de las notas se mencionaba el verdadero nombre de su padre. Ippólito podía adivinar el nombre sin siquiera mencionarlo.

—No me digas... ¿Es Variati de Hierro?

El verdadero padre de Ippólito fundó un ejército mercenario conocido como los “lobos de hierro”. El rey de Salamanta le concedió el título de marqués por sus hazañas en la batalla.

¡Variati de Hierro! Era un héroe para todos los chicos que deseaban convertirse en caballeros. Se había hecho mercenario con nada más que una espada en la mano y se había convertido en uno de los mejores hombres de los Condottierro. Ippólito sintió una repentina oleada de esperanza y coraje.

‘¡Ya está!’

El nombre de Mare no había sido el adecuado para él. Era un lobo del campo de batalla. Por eso le había ido tan mal cuando le dijeron que estudiara. No había sido culpa suya, ¡simplemente le habían obligado a hacer algo para lo que no había nacido!

‘¡Soy el hijo de Variati de Hierro, el hombre, el mito!’

Una sonrisa infantil y triunfal apareció de nuevo en el rostro rugoso de Ippólito.

‘Ese asqueroso de Mare. Una vez que vaya con mi verdadero padre y me asegure un puesto…’

Dio vueltas al botón de plata que llevaba en el bolsillo y que Luisa había robado. Su tacto suave y cálido se sentía casi como la garantía de un gran futuro con su nuevo padre. Fue entonces cuando algo extremadamente afilado pasó volando junto a su mejilla. Ippólito levantó la cabeza sobresaltado. Era una flecha.

Miró en la dirección por la que había venido, preguntándose si sería uno de los hombres de Marco, pero no pudo ver nada. Sin embargo, oyó los cascos de un caballo. El mero sonido de los cascos indicaba que se trataba de un caballo caro y veloz.

‘¡Marco no puede contratar a gente así!’

Mientras Ippólito miraba atónito, una segunda flecha voló hacia él.

—¡Eeek!

El astil negro y duro de la flecha tenía una punta de metal afilada. Era una flecha cara. Ippólito dejó de pensar y empezó a hacer avanzar a su pequeña mula. 

SLR – Capítulo 429-1

La mula emitió un graznido muy distinto del relincho de un caballo y empezó a correr a toda velocidad. Por desgracia, su velocidad también era muy distinta a la de un caballo. Una tercera flecha pasó volando, esta vez desde mucho más cerca.

—¡Ahhhhhh!

Ippólito rezó al Padre Celestial para que le salvara. Prometió vivir una buena vida de ahora en adelante. Conocía a rufianes como Marco, pero nunca se había relacionado con individuos temibles como éste.

Aunque Ippólito no lo sabía, el atacante era alguien enviado por Bianca de Harenae. La Casa de Harenae había enviado a un asesino después de que Ariadne se pusiera en contacto con ellos, inmediatamente antes de que Ippólito de Mare fuera expulsado. El hecho de que Ippólito se hubiera escondido de Marco le había salvado la vida.

El asesino, que había estado continuamente tratando de encontrar a Ippólito, había estado esperando cerca de la ubicación del obispo Vevich tan pronto como supo por Ariadne que Ippólito se había asociado con él. Había empezado a perseguirlo en cuanto Ippólito apareció hoy.

Un pálido Ippólito corría cada vez más hacia el interior del bosque. Necesitaba sobrevivir hasta encontrar a su verdadero padre. La siguiente flecha voló mucho más cerca de su objetivo. Con una palidez mortal en el rostro, Ippólito se aferró a su mula para salvar la vida.

* * *

Alfonso vino a ver a Ariadne en cuanto se supo que el cardenal de Mare había fracasado en su intento de convertirse en Papa. En circunstancias normales, visitaba la mansión de de Mare a altas horas de la noche, si era posible por el bien de ella, para mantener sus visitas en secreto. Hoy, sin embargo, trajo a sus caballeros a plena luz del día, con las cortinas de su Príncipe a la vista. La visita era oficial.

Sancha, acostumbrada a ver llegar al Príncipe en mitad de la noche por una puerta trasera, se quedó boquiabierta y armó un alboroto. Reunió a la gente en la mansión, expresó su respeto por un miembro de la familia real y realizó muchas otras acciones ajetreadas.

Alfonso pensó que Sancha podía similar un perro que delata al amante secreto de su ama, así que esperó pacientemente. La historia de cómo un perro resguardado en casa de una mujer había sacado la barriga siempre que su amante estaba cerca, delatando su romance secreto, era un cuento clásico que se había transmitido de generación en generación. Una vez terminadas las formalidades, Alfonso fue a ver a Ariadne tan rápido como un incendio de pradera que se extiende. Sancha le siguió con la mirada.

N/T: No tengo ni idea de qué clase de cuento infantil es ese del perro, yo supongo que es inventado pero si lo conocen no duden en comentarlo para saber más. 

‘¿No conoce demasiado bien la distribución de la casa?’

El Príncipe no mostró ninguna vacilación al recorrer los complejos pasillos y abrió exactamente la puerta correcta. Era la que conducía a los aposentos de Ariadne. Ella llevaba un vestido sin decorar, sentada en su cama con el cabello oscuro suelto y peinado hacia atrás. Se acercó a ella sin hablar y la abrazó.

—¡Alfonso!

Unos brazos fuertes y un pecho musculoso la consolaron. Él le acariciaba el pelo continuamente sin mediar palabra. Alfonso siempre vestía lo mínimo indispensable. A diario optaba por una camisa sencilla, pantalones y botas, con una capa en invierno. Sin embargo, hoy vestía de forma diferente.

Su armadura ligera y su capa ceremonial de lana rozaban su cuerpo. Aunque no eran las prendas más suaves, Ariadne podía sentir su consideración. Se había vestido así y la había visitado con sus caballeros a plena luz del día, para que ella no se preocupara. Él no la abandonaría, aunque su padre no fuera el Papa. También era una advertencia para los demás de que no debían perseguir a la mujer del Príncipe.

Aunque Alfonso no dijo nada, sus actos fueron más elocuentes que sus palabras. A Ariadne le dolía el corazón.

—Lo siento… —murmuró en voz baja. ‘Ojalá mi casa fuera un poco mejor, ojalá mi casa tuviera un poco más de confianza y tuviera su apoyo.’—. Siento no haber podido convertirme en la hija del Papa.

Si eso hubiera ocurrido, todo habría sido más fácil. Alfonso no habría tenido que ir a pedir nada a nadie, soportar humillaciones innecesarias y mantener su perfecta reputación. De repente, el mundo pareció desplomarse bajo ella. Él la había tomado en brazos.

—¿Qué estás diciendo?

Era lo mismo que había hecho una vez en el jardín, hace mucho tiempo, cuando era más joven, levantándola muy cerca del cielo.

—Ni siquiera es culpa tuya.

Volvió a bajarla y la abrazó. Comparado con la forma en que la había sostenido antes en el jardín de hortensias, su tacto era mucho más íntimo y cariñoso.

—Tampoco es culpa del cardenal.

Sin embargo, sus pies no habían tocado el suelo. Le sostuvo las piernas con los brazos y la llevó hasta la cama. Pronto llegó a los pies de la cama, que estaba cerca, tumbó a Ariadne boca arriba y la besó en los labios. Su suave lengua rozó la suya, dejándola sin aliento.

—¡Ah! —exclamó en voz baja. Los besos del Príncipe se fueron intensificando. Ariadne buscaba aire, pero Alfonso no le dejaba el menor espacio para respirar. La parte superior de su cuerpo, pesado por la armadura, presionaba la suave piel del pecho de ella. La tocaba como si fuera lo más preciado del mundo.

Sólo cuando la cabeza de Ariadne se quedó completamente en blanco, él apartó los labios, dejando un rastro de saliva entre sus bocas. Era deslumbrante y hermosa, pero tan frágil. Ariadne creía que era como una metáfora de su matrimonio secreto. No se sostenía con nadie. Estaban unidos por el amor, pero nada más los anclaba.

Al ver la incertidumbre en sus ojos, Alfonso le dijo con firmeza—: Nunca te dejaré marchar —le tocó los labios—. Eres mi esposa, me lo has jurado ante el Padre Celestial. Eres mi única esposa, la mujer que un día dará a luz a mis hijos.

Sus besos dieron a Ariadne el valor para hacer una pregunta. Si Alfonso no hubiera dicho estas cosas, ella nunca habría sido capaz de preguntar.

—Pero... a este paso, nuestro hijo no tendrá derecho al trono —dijo.

Se refería a sus estatus, que no coincidían. Un hijo que no pudiera continuar la línea familiar no sería diferente de un bastardo. Los ojos verdes de Ariadne vacilaron, llenos de miedo. No estaba segura de poder detenerlo si decía que quería a otra mujer por ese motivo. Se rió a la ligera.

—No estoy seguro de si alguna vez conseguiré el trono. Ahora no es el momento de preocuparse por los derechos de un hijo inexistente —Alfonso se acercó de nuevo a ella, esta vez sin apuntar a sus labios—. ¡Así que primero tengamos uno!

—¡Oh, Alfonso! ¡Ohh!

Él estaba conociendo muy bien a Ariadne. Ahora sabía cómo reaccionaba ella cuando la tocaba de determinada manera, y qué movimientos la hacían ronronear como un gato gimiendo. Al ver caer sus defensas ante su contacto, se sintió invadido por una misteriosa emoción. Había aprendido lo que ella sabía y había descubierto con ella lo que no sabía.

Ahora era como un experto intérprete de un instrumento: ella. La única persona en el mundo que podía tocar este instrumento único era él. No permitiría que nadie más entrara en este mundo misterioso. La protegería hasta el fin de sus días. Si ella era la persona que traía sabor a este mundo que sólo ellos conocían, él era quien debía protegerla.

—No pasa nada. Ari, no pasa nada —le susurró al oído. Todo su cuerpo se había puesto rojo y se estremeció cuando la respiración en su oído se añadió a la lista de estímulos. No estaba seguro de que ella recordara esta conversación, pero quería decírselo ahora mismo—. Si lo que quieres es un título de gobernante, conquistaré tierras que ni siquiera conozco para dártelo.

Esos problemas debían resolverlos los hombres. Había sido negligente por su parte esperar a que su suegro pudiera resolverlo.

—No te preocupes. Me ocuparé de todo.

Ya era hora de que le demostrara su capacidad para resolver problemas.

N/T: Alfonso directamente ya no resuelve. Él hace magia, por dios. Qué hombre 🥺😳😳😳

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