SLR – Capítulo 378
Hermana, en esta vida seré la reina
Capítulo 378: El futuro
El Papa se puso en la lengua una gota de un líquido púrpura oscuro y concentrado que parecía casi sólido. Se la tragó, relamiéndose los labios.
—Así que eso es todo para Velasco.
Velasco era el cardenal de Salamanta al que el Papa había ejecutado hace unos días acusado de soborno.
—No se podía evitar. No tenía intención de unirse a mi causa —puso la última gota de la sustancia púrpura en su lengua y la chupó lentamente—. Si alguien tan influyente como él se niega a cooperar, tiene que irse.
Unos pasos nerviosos resonaron en el dormitorio del Papa. El joven noble, que había nacido en el seno de una prestigiosa familia del reino etrusco y disfrutaba de una vida de abundancia, había sido incapaz de abandonar sus hábitos de lujo y placer de toda la vida incluso después de convertirse en clérigo. Tampoco fue capaz de hacerlo cuando, posteriormente, se convirtió en Papa. Sólo había sido capaz de aprender la frugalidad, como le enseñó Gon en sus últimos años, y todo gracias a su alumno favorito, el arzobispo Arthur Boschesdurhen.
—¡Hijo de puta! ¡Ese tonto de Arthur! —dio un pisotón, y se dobló de dolor durante un rato mientras un dolor le subía por la pierna—. ¡Fui tan bueno con él, ese tonto!
Arthur, a quien el Papa había considerado como su sucesor, había tratado de envenenarlo. No fue por odio, sino porque el Papa Ludovico había intentado planear una cuarta cruzada.
—¡Debe amar al pueblo! ¡No hundáis en la miseria la vida de los habitantes del continente central!
Arthur se lo había suplicado, incluso mientras agonizaba tras ser torturado de diversas maneras, atado de pies y manos.
—¡La pobre gente no está para soportar más cruzadas!
El Papa Ludovico se había golpeado el pecho con frustración.
—¡Eres miembro del clero! ¿Cómo no te das cuenta de que la salvación espiritual es la verdadera salvación?
—He viajado a través de Trevero con sus suministros de limosna, Su Santidad. He visto la vida de la gente, desnuda. Mientras sus maridos y padres eran arrastrados a la guerra, sus familias abandonadas languidecían como trigo cortada.
La cuarta cruzada era diferente de las demás. A diferencia de las cruzadas anteriores, que sólo habían enviado caballeros -es decir, militares avanzados-, el Papa pretendía incluir también una infantería a gran escala. Se trataba tanto de soldados como de futuros habitantes que ocuparían la tierra.
En la mente del Papa, la cuarta cruzada entraría en Jesarche y conquistaría las tierras del Imperio Moro que estaban junto a ella. Sería un gran ejército que llenaría la tierra de creyentes de la Iglesia.
—¡Esta es la voluntad del Padre Celestial! ¡Es un sacrificio necesario si queremos recuperar nuestra patria, como se ordena en las “Meditaciones”! Eres mi alumno más querido. No podrías haberme hecho esto. ¡Confiésalo ahora mismo! ¿Quién te pidió que me mataras?
—¡Yo soy quien planeó su asesinato, Santidad!
Arthur murió tras ser torturado, con los ojos muy abiertos. El furioso Papa Ludovico mató a muchos en Trevero después de eso, incluyendo a su antiguo asistente, de quien sospechaba que le había administrado el veneno directamente.
La maginitud de esa purga acabó con casi 1.000 vidas. Incluso después de eso, el Papa fue incapaz de creer que Arthur era la única persona detrás del asesinato. Así, convocó a gobernantes del extranjero que le parecían sospechosos.
El rey de Salamanta y su cardenal habían sido las dos personas de las que más sospechaba. El Papa había llamado a su torturador más experimentado después de que el cardenal cayera en sus garras con tan poca resistencia. Tras un extraño festín de aparatos de tortura que ningún ser humano podría resistir, había salido a la luz que Velasco no sabía nada de nada.
Sólo después de haber matado a Velasco empezó a pensar lentamente que Arthur fue la única persona detrás del intento de asesinato.
—Santidad, el rey del Reino de Salamanta no es una persona con una perspectiva tan amplia. había dicho el marqués Variati, también conocido como Variati de Hierro, que había entregado al cardenal Velasco al Papa.
—Estoy seguro de que podría planear hacer de Velasco el próximo Papa, y cosechar los beneficios para su reino de esa manera, pero no es capaz de pensar en el futuro del continente central, o imaginar lo que sucederá después de que las tierras de los herejes se combinen y la Iglesia se extienda a otro continente.
—Dada su limitada visión, podría oponerse a mi gran plan.
—Las personas con poca visión no asumen riesgos.
Era una declaración que merecía la pena escuchar. El Papa Ludovico empezó a convencerse. Variati de Hierro hizo entonces una ligera reverencia.
—Por favor, llámeme si necesita un perro leal que cumpla sus órdenes.
También era loable que fuera consciente de que no era la espada del Papa, sino su perro. Se trataba de un hombre útil. El Papa, sin embargo, no necesitaba una espada que sólo seguiría funcionando bajo un flujo constante de oro.
Cuando Variati de Hierro se hubo marchado y se quedó solo, el Papa murmuró—: Estaré muerto en medio año, como mucho.
Tarareó una melodía mientras decía esto. Probablemente Variati había cooperado con la expectativa de ser contratado en el futuro, pero era una lástima. El tarareo provenía de la satisfacción primaria de que el Papa acababa de dejar en ridículo a alguien. Recordarlo ahora aún le producía emoción. Tarareó otra melodía, pero la voz del sacerdote más joven, que parecía aterrorizado, lo sacó de su ensueño.
—Su Santidad, el hombre que ha estado buscando ha llegado. El viceabad de Averluce...
El Papa se tomó un momento para recordar lo que estaba ocurriendo y luego dio una palmada.
—¡Ah! Ese hombre.
Se trataba de un clérigo rural al que había llamado para destruir al Cardenal de Mare del Reino Etrusco. El Papa había permitido que los inquisidores hicieran alguna travesura para poder expandir su poder, pero el cardenal de Mare había puesto fin a eso. El Monasterio de Averluce se había rebelado contra el cardenal entonces.
—Un hombre así debe saber mucha información comprometedora sobre el cardenal.
El Papa sólo había echado un vistazo superficial a los documentos y creía que el viceabad debía ser un plebeyo mayor, de unos cuarenta años, que había ido ascendiendo poco a poco desde el rango de hermano menor. Un fraile así era el candidato más probable y ordinario para abad adjunto, así que no se equivocaba del todo al hacer esa suposición.
El niño sacerdote inclinó la cabeza, tembloroso. El hombre que esperaba fuera parecía algo distinto de lo que el Papa esperaba, pero temía las consecuencias de decirlo. En los últimos meses, había visto a demasiados de sus superiores perder la cabeza -literalmente- por una sola palabra mal dicha.
—Siempre he preferido a la gente de mi ciudad natal. Dile que entre.
El Papa Ludovico abrió él mismo las puertas. El invitado que esperaba fuera levantó inmediatamente la vista: era un hombre apuesto de unos veinte años. Sus ojos parecían lunas crecientes mientras sonreía y entraba en el despacho del Papa.
***
Ariadne abrió los ojos a un sol cegador.
—Mmm...
Era bastante tarde, teniendo en cuenta que normalmente se levantaba temprano por la mañana y se vestía a menos que se sintiera indispuesta. Le dolía todo el cuerpo.
—¿Estás despierta?
Era la voz ligeramente apagada de Alfonso. Se estaba secando el pelo, al parecer ya se había bañado.
—Sí, tengo tanta hambre... ¡ugh!
Intentó levantarse, pero se mordió el labio mientras una fuerte oleada de dolor recorría su cuerpo. Los sordos dolores y calambres de toda la parte inferior de su cuerpo habían sido sólo un juego de niños comparados con esto. Las partes bajas le escocían como si se las hubieran abierto con un cuchillo.
—No te muevas —dijo Alfonso, corriendo hacia ella. La envolvió en una manta y la cogió en brazos.
—Tienes criados... quiero decir, yo —dijo, dándose cuenta a medio camino de que aquella era su morada, no la de ella. Ariadne siempre llevaba consigo una criada pelirroja, pero la había dejado en este viaje a Trevero para ocuparse de la casa.
Sin duda, esto había sido incómodo para ella en muchos sentidos. Probablemente también le preocupaba que las criadas en las que no podía confiar plenamente hablaran de ella al cardenal de Mare. Él era el único que podía hacerlo.
Ariadne pareció resistirse a la sugerencia.
—¿Qué quieres decir? Voy a bañarme por mi cuenta.
—¿Por qué no? Puedo bañarte yo.
Empezó a caminar hacia el baño con ella en brazos.
—Alfonso. Alfonso —dijo sorprendida.
Pero no se detuvo, metiendo una pierna en la bañera, luego la otra. Se hundió hasta que el agua caliente le llegó al pecho. La manta de algodón rígido que la envolvía se hinchó en un instante con la humedad, rodeando todo su cuerpo. Fue un momento lujoso, en el que no tuvo en cuenta para nada la limpieza.
Alfonso le besó la coronilla, que aún estaba seca.
—A partir de ahora, puedes pedirme que haga cualquier cosa. Si no quieres andar con tus propias piernas, pídemelo.
Él sería su boca y respiraría por ella si pudiera. Pero Ariadne no tardó en darse cuenta de que a Alfonso se le hundía la voz al hablar. En circunstancias normales, se habría culpado inmediatamente por ello, por ejemplo, pensando que Alfonso no había encontrado satisfactorio acostarse con ella.
Ariadne siempre se imaginaba lo peor cuando se trataba de cosas así, y tendía a agazaparse temerosa, anticipando su propia decepción. Hoy, sin embargo, no hizo tal cosa. El calor que había experimentado ayer le infundió valor.
—Alfonso, no tienes que sentirlo.
Este hombre al que amaba no parecería decepcionado por algo tan tonto.
—No me dolió.
Esto era una completa mentira. Era el doble de grande que los demás, así que no había forma de evitar el dolor. Y lo que era más, había sido su primera vez en este cuerpo. Le había dolido muchísimo. Pero la alegría de convertirse en uno con él era mayor que cualquier dolor que había tenido que soportar.
—Me encantó todo.
No quería verle triste. Ariadne había decidido apostar su vida a este hombre, y sabía que debía haber alguna otra razón para que él se sintiera mal. Este era sin duda el caso. Le miró fijamente a los ojos y le pasó la mano por el pelo rubio húmedo.
Aunque el amor ya la había arruinado una vez, había decidido arriesgarlo todo una vez más por amor. Aspiraba a un mundo en el que la confianza precediera a la duda, la comprensión y la incomprensión. Sería un mundo aún más hermoso gracias a la belleza de su mente.
Amaría como si nunca antes la hubieran herido, ni hubiera amado.
—Te amo —susurró.
No hacían falta más palabras.
—Ari...
Alfonso levantó la mano, palpándole la mejilla. Sintió lo considerada que estaba siendo. Debía de pensar que él se sentía culpable por haberla lastimado. Se sintió mal de que ella lo hubiera malinterpretado hasta el punto que no evitó una mentira tan tonta.
Al mismo tiempo, la encontraba tierna, lamentable e insoportablemente adorable. Sin embargo, su sentimiento de culpa tenía otro motivo. Se había propuesto no ponerle la mano encima hasta que la convirtiera en su esposa, pero anoche había abandonado por completo esa promesa.
—No importa... —dijo Alfonso, pensando mejor en disculparse por haber intimado con ella antes de poner fin a su matrimonio con Lariessa. No ganaba nada mencionando ese nombre en ese momento. En su lugar, dijo—: Ari, cásate conmigo.
—¿Qué? —dijo ella, no segura de haberle oído bien—. ¿Qué has dicho?
—Hay algo que aprendí hace poco —dijo Alfonso con una sonrisa—. Si firmamos un documento con un clérigo presente, podemos casarnos incluso sin la aprobación del rey —su sonrisa se ensanchó—. Cásate conmigo, Ari.
Alguien que me pueda explicar lo del papa?, le dejo mi correo :c
ResponderBorrarO que me lo explique aqui
pd: Me encanto el capitulo *-*
Solo quiero decir amigas que no tiene porque ser doloroso, la clave está en la lubricacion, no teman am lubricante y si es muy grande que entre de a poco 👌
ResponderBorrarBueno en aquella época no existía nada de eso, o si había era muy rudimentario
BorrarRápido patricio! anota eso
BorrarTambién le pudo hacer el gogogogo 🫦💦 pero weno, ya será para la próxima xd
El doble de grande que los demás, con razón Ari amaneció sin poder levantarse 🥵
ResponderBorrarPobre Cesáre ni en eso supero a su hermano jajajaja
BorrarMe encantó el capítulo. Muchas gracias!
ResponderBorrarVaya toda la intriga en los asuntos del papa y su organización es tan interesante, me encanta está pareja, propuesta de matrimonio. Siiiiiiii.🥰🥰🥰🥰🥰 Muchas gracias
ResponderBorrarEl Papa está intentando hacer la Guerra Santa que es recuperar el terreno "sangrado" de las manos de herejes. En esa guerra participó Alfonso y ganó una ciudad pero para el Papa esto no es suficiente entonces necesita aliados y por eso mata a quienes están en su contra. El problema es que ir a la guerra de nuevo en el continente no es nada sencillo por el enorme dinero que supone y que no tienen los monarcas de ahí y que además el pueblo sufre mucho con eso. Es por esa razón que el discípulo del Papa, Arthur lo quiso envenenar para que no siguiera llevando a cabo otra Cuarta Cruzada. El tema es que el Papa se enteró y lo mató a él. De todas formas al Papa solo le quedan unos 6 meses de vida así que ahora lo que busca es a un sucesor.
ResponderBorrarSii, cásate con él!
ResponderBorrarLas ilustraciones de la novela son hermosas!
ResponderBorrarLas ilustraciones de la novela son hermosas, me encanta está pareja, si cásense!
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