SLR – Capítulo 372
Hermana, en esta vida seré la reina
Capítulo 372: ¿Dónde está la hora señalada?
Isabella señalaba la nariz que Bianca le había roto. No se había curado bien. Ippólito frunció el ceño, en parte por la rabia y en parte por la humillación.
—No preguntes.
Sin embargo, Isabella nunca fue de las que escuchan.
—¡Ippólito! ¿Qué has estado haciendo, exactamente?
Ippólito no tenía tan mal aspecto, a excepción de su nariz rota. De hecho, el lustre que había poseído en los días en que Lucrecia había estado viva había vuelto un poco. Se había cubierto con gruesos collares dorados, zapatos de raso puntiagudos recién estrenados y otros objetos por el estilo que se ajustaban a sus gustos. Aunque aquello seguía siendo algo repugnante, Ippólito parecía bastante satisfecho de sí mismo. Isabella se quedó boquiabierta.
—Te ves muy bien.
Ippólito no hizo ningún comentario y le arrojó un pequeño bolso a Isabella. Isabella lo abrió dubitativa. El monedero estaba lleno de ducados. Parecía haber cerca de 20 ó 30 en su interior.
—¡Ippólito! ¿Qué es todo esto?
Ippólito se llevó una mano a la frente en un gesto ostentoso.
—No lo gastes todo de una vez.
Isabella sintió el impulso de señalar que 20 ducados ni siquiera era dinero hoy en día, pero lo reprimió. No había nadie más que se preocupara por ella como para ofrecerle ni siquiera esa cantidad. Sin embargo, Ippólito pareció darse cuenta de que se había abierto a posibles críticas e intentó darse la vuelta y marcharse. Isabella lo agarró rápidamente.
—¡Espera, Ippólito! ¿De dónde has sacado este dinero? ¿Has vuelto a casa? ¡Oí que padre fue a Trevero!
Lamentablemente, Isabella se había quedado al margen y necesitaba aferrarse a su hermano. Era triste que no tuviera a nadie mejor que Ippólito en quien confiar, pero la familia era la familia. Sin embargo, Ippólito no tenía intención de prestarle la ayuda que ella deseaba -o tal vez carecía de competencia- ni de ponerse de su lado gratuitamente.
—No deambules así fuera. Eres madre. Una mujer casada no debería estar aquí fuera a estas horas —Ippólito miró al caballero moro—. Y tampoco pases el tiempo con hombres así.
—¡Oh, Ippólito!
A Agosto, por suerte, no pareció importarle en absoluto lo que dijo Ippólito.
—Volveré si tengo ocasión —dijo Ippólito, sin responder a ninguna de las preguntas de Isabella. Isabella se quedó pensativa mientras veía alejarse a su hermano.
‘¿Cómo llegó a tener dinero un rufián como él?’
* * *
A diferencia de cuando Alfonso y Ariadne habían llegado a Trevero, la ciudad santa era un caos cuando el Gran Duque Eudes y su séquito entraron tres días después. La causa fue la ejecución del cardenal Velasco.
Para ser exactos, la ciudad estaba más apagada que caótica. La gente no hablaba de la muerte del cardenal Velasco, sino que se limitaba a pasar desapercibida, evitar a los forasteros y agruparse con conocidos para intentar capear el temporal.
—A mi modo de ver, no es la primera vez —declaró el Cardenal de Mare.
Ariadne estaba totalmente de acuerdo con esta observación.
—Se han acostumbrado a las ejecuciones.
También habían desistido de intentar oponerse. Ariadne había visto algo parecido en el pasado, aunque no había sido tan grave como esto. Para ser más precisos, había habido un intento fallido de inducir este tipo de sentimiento.
En la vida pasada, Césare había intentado convertir San Carlo en una ciudad así tras su exitoso golpe y había colgado a algunos de los hombres de Alfonso en la muralla del castillo. Gracias a una poderosa reacción de San Carlo, estuvo a punto de ser derrocado a pesar de haber conquistado la ciudad con un ejército, porque no había hecho lo suficiente ni había sido coherente al respecto.
—Ha estado matando a cualquiera que se rebelara contra él, y con regularidad.
Ariadne había intentado detener a Césare entonces, diciéndole que matar a la gente del príncipe socavaría su recién instaurado poder, teniendo en cuenta su precaria posición actual. Césare se había enfurecido ante las palabras “precaria posición” y Ariadne casi había sido expulsada de su casa.
Cuando Césare se sintió sorprendido por la intensa reacción tras matar a los dos primeros, dudó si seguir adelante con la tercera ejecución. Le dijo que tenía que matar a ese hombre rápidamente, y a muchos más, sólo para que se mofaran de él por “no recordar sus propias palabras”.
Al final, Césare no había llevado a cabo la tercera ejecución a tiempo, y San Carlo se había sublevado, domando con éxito al regente. El cardenal de Mare hizo otra observación sobre la Ciudad Dorada que había sido así reprimida.
—Las muertes tampoco pueden haber sido todas públicas.
Ariadne estuvo de acuerdo. No creía que todos los que se oponían al Papa hubieran sido juzgados. Una guardia secreta se los había llevado por la noche, o probablemente los habían encontrado muertos en sus camas por la mañana.
—Evitan a los extraños. Creo que tienes razón. Y el cambio parece reciente —dijo Ariadne.
Seguían reuniéndose con amigos y conocidos, lo que explicaba que la situación actual era reciente. Cuando un régimen de terror se extendía en el tiempo, la gente sospechaba incluso de sus vecinos y familiares. El cardenal confirmó esta observación.
—Sí. Trevero no estaba así en absoluto la última vez que lo visité.
Mientras padre e hija hablaban, llamaron a la puerta.
—Soy yo, Manfredi, Su Excelencia.
Todos se alojaban en el Palacio Delice desde el banquete de bienvenida del primer día. Esta casa de verano pertenecía al Papa y estaba situada ligeramente fuera del corazón de la ciudad. Como Alfonso había traído consigo a 350 caballeros, esta mansión había sido la única opción, ya que alojarse en el castillo no había sido viable.
—Su Excelencia, ¿puedo entrar?
—Sí.
Manfredi entró a grandes zancadas, vistiendo un atuendo algo informal.
—¡Uf! Es bueno que nos alojemos tan cerca unos de otros. Si usted, Su Excelencia, y el cardenal se hospedaran con el Papa, habría tenido que llegar a caballo.
El Papa había accedido de buen grado a enviar al príncipe Alfonso fuera de la ciudad, pero había intentado mantener al cardenal de Mare y a su hija dentro de los muros de Trevero. Si Alfonso no se hubiera resistido enérgicamente, los habrían mantenido cerca del Papa, sin poder hacer nada al respecto.
Ariadne se rió.
—Todo gracias a Alfonso. Le agradecemos que haya sido tan considerado.
—Sospecho que tenía sus propios motivos —dijo Manfredi juguetonamente, antes de echar una mirada cautelosa al cardenal. El cardenal, sorprendentemente, había sido estricto con Ariadne en cuanto al toque de queda durante todo el viaje. Alfonso tenía a su amante en el mismo edificio, pero ni siquiera llegaba a verla, salvo en los desayunos oficiales y cosas por el estilo.
Manfredi, que sufría complicación tras complicación en el tema sentimental, creía que la desgracia ajena era su felicidad y se burlaba del Príncipe siempre que tenía ocasión. Hoy, sin embargo, Manfredi acabaría ayudando al Príncipe Alfonso.
—Condesa, el Príncipe desea hablar con usted un momento —dijo Manfredi antes de volver a mirar al cardenal—. Se trata de negocios, por cierto.
Él no tenía éxito con el romance, pero el Príncipe sí. Es más, estaba aquí para escoltar a la mujer y se vio obligado a dar una excusa al padre de la mujer por el bien del Príncipe. Eso le indignó profundamente.
El cardenal quería mantener a Ariadne a su lado, pero no tenía forma de negarle a la vasalla del príncipe tal petición. Era difícil evitar que se vieran en absoluto, cuando ya habían hablado como yerno y suegro.
—Entiendo. Vete ya —sin embargo, no se dio por vencido y añadió—: No tardes.
Ariadne sonrió y se levantó.
—No te preocupes —al darse cuenta de la inquietud de su padre dijo hábilmente—: Sólo es mediodía.
* * *
El mayor error que puede cometer un padre es pensar que los actos de amor deben producirse al amparo de la noche.
—¡Alfonso!
Ariadne, que no había tenido ocasión de estar a solas con él en más de veinte días, saltó a sus brazos en cuanto lo vio. Él la estrechó entre sus brazos y el aroma a mirra y cítricos le llegó hasta las fosas nasales.
—Ari, ¿por qué tienes un atuendo tan complicado hoy?
Él llevaba ropa cómoda pensada para usar en interiores, pero Ariadne iba vestida para una salida, con piezas complicadas que había que ensartar. Aunque el satén rojo era brillante y hermoso, por supuesto. Ariadne le fulminó con la mirada.
—¿Quieres decir que será difícil desvestirme?
—N-no, eso no es lo que quise decir… —dijo Alfonso, confundido.
‘Sólo quería decir que deberías haberte puesto algo más cómodo…’
El segundo mayor error que podían cometer los padres era pensar que sus propios hijos eran inocentes y los demás no. Su hija, a la que había tratado con sumo cuidado como a una reliquia sagrada durante todo el viaje, colmó al hijo de León III de besos cerca de los labios, en las mejillas e incluso en el cuello.
—¡Uf!
Alfonso cerró los ojos, sorprendido por el inesperado ataque. Sin embargo, no la soltó. Aún en sus brazos, le besó los párpados y también el pelo.
—¿No me has echado de menos?
—Te he echado mucho de menos...
El problema era que mientras la mujer pretendía ser juguetona, el hombre tenía una inclinación más sexual. Tras el continuo aluvión de besos, Alfonso empezó a gemir. Al final, Ariadne acabó plantándole también un beso en los labios, y él la abrazó con más fuerza, queriendo estar aún más cerca de ella. Al mismo tiempo, sin embargo, Alfonso echó hacia atrás su entrepierna.
—Espera... Ari, espera.
Estaba seguro de que estaba a punto de perder el control. Le susurró suplicante a su amante, que lo miraba como una reina orgullosa mientras la sostenía en el aire.
—No es el momento para esto.
—¿No le gusto, Alteza? —dijo Ariadne, sonriendo juguetonamente. Empujó con más fuerza y Alfonso cayó de espaldas en el sofá en una postura incómoda. Ella se sentó a horcajadas sobre él y le besó el cuello.
—Ugh...
Su holgada túnica tenía mucho espacio alrededor del cuello. Sus dedos recorrieron su cuello y su pecho. Los furiosos músculos de su pecho estaban increíblemente tensos.
—Sabía que no podíamos vernos durante el viaje porque compartía carruaje con mi padre... pero podrías haber pedido verme después de llegar.
Mezcló en un tono formal sólo para ser juguetona. Todo el cuerpo de Alfonso temblaba ligeramente cada vez que los labios y los dedos de ella rozaban su cuerpo. Ariadne empezaba a comprender lo que debió de sentir Dalila al seducir a Sansón. El hombre más fuerte del imperio respondía a cada una de sus caricias. Si ella metía la mano entre sus piernas, todos sus sentidos chirriarían.
—¿Cuánto tiempo vas a aguantar? ¿Hmm?
Ariadne sabía que Alfonso tampoco la tocaría hoy. Era este conocimiento el que le permitía ser tan audaz. Este hombre inflexible no la llevaría aquí cuando su padre estaba en el mismo edificio, vigilando todos sus movimientos. Es más, no estaban preparados para tal acto, ya que estaban de viaje, y su destino no era nada más que Trevero, la ciudad santa que perdonaba los pecados de los peregrinos.
Sin embargo, a pesar de la confianza de Ariadne, la paciencia de Alfonso estaba siendo puesta a prueba. Estaba al borde del no retorno. Todos sus sentidos estaban al máximo, y bastaba un leve empujón para llevarle al límite. A pesar de lo que pensaba, el hecho de que se tratara de Trevero y de que su padre estuviera cerca no eran obstáculos muy grandes para Alfonso.
Lo único que realmente le detuvo fue la promesa que se hizo a sí mismo de que sólo la tomaría después de darle un lugar junto a él por completo, así como el respeto que sentía por ella. Sin embargo, había otra razón que le permitía contenerse por el momento: tenía delante de sus narices un hito importante hacia su objetivo.
—El Gran Duque Eudes pidió reunirse conmigo —dijo.
Ariadne cesó inmediatamente en su comportamiento travieso.
—Esta tarde.
En sólo seis horas se decidiría el destino del acuerdo matrimonial que Alfonso había firmado con Lariessa.
Muchas gracias! Excelente trabajo!
ResponderBorrarAy quien fuera Ari para estar así con Alfonso 🥵
ResponderBorrarAl fin se va a resolver ese embrollo, gracias por el cap
ResponderBorrarDiosito, nunca te he pedido nada, pero por favor... que hayan más escenas candentes y con final feliz 🥵🔥
ResponderBorrarEl cardenal va a ser abuelo muy pronto como Ari siga así
ResponderBorrarQue manera de bajarle la temperatura a Ari jajaj
ResponderBorrarMe encanta estás ilustraciones de los momentos apasionados entre Ari y Alfonso!
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