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SLR – Capítulo 360

 Hermana, en esta vida seré la reina 

Capítulo 360: Las circunstancias pueden cambiar, pero el amor es para siempre

—¿Perdón? ¿Terrenos? —preguntó Sancha, con cara de confusión—. El señor Caruso puede ser un hombre de éxito... pero es de origen plebeyo.

Nobles y plebeyos estaban estrictamente separados por clases. En el mundo de Sancha, era casi imposible salvar esta distancia. Ariadne de Mare, por supuesto, no había sido noble antes de recibir el título de condesa. Pero, para empezar, Ariadne era hija del cardenal de la capital, que era afín al quid del mundo noble. Su título de condesa representaba el regreso a un mundo al que ya pertenecía, aunque experimentó una casi expulsión.

Caruso Vittely, en cambio, era un auténtico plebeyo, como los millones de personas que caminaban por las calles junto a Sancha, Maletta y Giuseppe.

—¡Ah! —Sancha dio una palmada, recordando una forma en que un plebeyo podría convertirse en noble—. ¿Pretende pedirle a Su Majestad que le dé un título, tal vez?

No era extraño que alguien que había hecho algo meritorio para el reino recibiera un título nobiliario. Tales recompensas solían ser el resultado de actos heroicos en tiempos de guerra, pero dado que el príncipe estaba de su lado, sin duda hizo que el rey se mostrara más favorable.

—Puede que el señor Caruso no haya hecho nada tan impresionante como usted, milady, pero logró mucho durante la pandemia —sin embargo, las expectativas de Sancha eran muy realistas—. Tal vez un baronet, o, si tiene mucha suerte, el título de vizconde....

—No. No conseguirá ningún título —Ariadne rió sugestivamente—. Voy a pedir que la ciudad autónoma sea ascendida a ciudad libre en su lugar.

Las “ciudades autónomas” eran el núcleo de un nuevo conflicto entre los comerciantes y los nobles en las últimas décadas. También representaron un compromiso. Los mercaderes, que habían tenido humildes comienzos como vendedores ambulantes, empezaron a amasar riquezas y a vivir en castillos.

Los más ricos preferían vivir en lugares donde se mantuviera el orden público. En esta época, en el continente central, los únicos lugares con esa seguridad garantizada eran los interiores de las murallas de los castillos de la nobleza. Al aumentar su número, los mercaderes formaron calles propias en el interior de los castillos, una especie de distrito especial sólo para ellos.

No estaban al alcance de cualquiera. Para entrar se necesitaba la recomendación de otros comerciantes, no sólo dinero. Querían que sus distritos fueran diferentes de otras regiones urbanas. Aunque no querían que fueran diferentes en el grado deseado por los nobles propietarios de los castillos. No, querían calles más limpias, mejores casas, espacios para que residieran los sirvientes, etcétera. Además, tenían los medios para mantenerlas.

Los comerciantes reunieron dinero para formar milicias civiles y crearon un cronograma para el embellecimiento de los distritos. Naturalmente, el precio de la vivienda subió, y los distritos pronto se convirtieron en los hogares de los ricos.

Fue entonces cuando los señores de los castillos empezaron a presionarles con impuestos. Los señores feudales recaudaban impuestos de capitación y territoriales. Los primeros se enviaban a la familia real, mientras que los impuestos sobre la tierra suponían ingresos para los nobles.

Los impuestos sobre la tierra eran una especie de tasa de cultivo. Como los mercaderes no basaban su sustento en la tierra propiedad del señor, sólo pagaban el impuesto de capitación. Sin embargo, los señores nobles no podían soportar recaudar sólo la mitad de los impuestos que cobraban a los campesinos cuando eran tan ricos.

Los mercaderes, por su parte, se opusieron enérgicamente. No utilizaban las tierras de los señores y, por tanto, no necesitaban pagar un impuesto sobre ella. No había base para hacerlo. Los conflictos sobre este tema empezaron a estallar por todo el reino. Al final, el enfrentamiento entre el marqués Gualtieri y el barón Castiglione también tuvo su origen en esto.

La industria textil también se desarrolló, y el proceso de fabricación implicaba el uso de tintes. El teñido de las telas producía fuertes olores y grandes cantidades de aguas residuales. Esto hacía que la producción fuera inadecuada para los estrechos confines de un castillo que no tenía alcantarillado ni río.

Los mercaderes subcontrataban su trabajo en aldeas situadas fuera de los castillos con arroyos o ríos cercanos. Pronto, éstos se convirtieron en gremios para cada industria. Esto significaba que incluso la gente de fuera de los castillos empezaba a obtener ingresos independientemente de las tierras de los señores.

—Sólo hay una ciudad autónoma: Unaísola.

Había una zona pantanosa abandonada y una isla que flotaba en medio de ella. Se ignoraba porque era de difícil acceso, pero los mercaderes estaban muy acostumbrados a utilizar barcos para distribuir sus mercancías. La geografía no les suponía obstáculo alguno.

Empezaron a llegar a la isla y pronto se convirtió en la base de operaciones de los gremios de la construcción naval y textil del reino etrusco. Más tarde, se convirtió en un santuario para todos los mercaderes.

—Llamarla ciudad autónoma es en realidad una mentira: la gente puede llamarla así, pero legalmente ocupa terrenos que siguen siendo propiedad del marqués Gualtieri.

Unaísola tenía su propio sistema de seguridad. Al estar situada en un pantano, podía mantenerse a salvo de invasiones exteriores incluso sin murallas levantadas por el señor del territorio. Además, no utilizaba ni una pizca de la tierra cultivable del marqués. Un señor rural sin armada no podía obligar a los habitantes de Unaísola, que se refugiaban en su isla, a pagar impuestos.

Los que vivían allí, sin embargo, seguían siendo arrendatarios de las tierras del marqués Gualtieri en lo que respecta a las leyes administrativas. No se podía cambiar este hecho. Al final, Unaísola aceptó pagar 580 ducados de impuestos anuales al marqués y recibió a cambio el derecho a gobernarse a sí misma.

Este acuerdo seguiría siendo su derecho mientras pagaran el impuesto, y para el marqués, éste era un trato muy lucrativo. Estas personas no utilizaban sus tierras de labranza ni necesitaban su protección, pero aun así le pagaban dinero. Los impuestos que recibía de ellos no requerían ninguna inversión por su parte, y no tenía ninguna razón para rechazar el acuerdo.

Así, Unaísola se convirtió en una “ciudad autónoma”. pero ello no implicaba ninguna autorización de la familia real y dependía únicamente de un acuerdo con la casa del marqués. En caso de que el marqués cambiara de opinión, podría retirarse en cualquier momento.

—Voy a pedir a Su Majestad que haga de Unaísola una ciudad independiente. Será una “ciudad libre”, fuera de la jurisdicción del marqués Gualtieri.

—¿Significa eso que el señor Caruso se convertirá en el señor de Unaísola? —preguntó Sancha.

Ariadne negó con la cabeza. 

—Es muy probable que el señor Caruso se convierta pronto en presidente de la Asociación Mercantil. De hecho, diría que está casi garantizado.

Una figura que había sido “votada” era ideal para apoyar a alguien. Era poco probable que la gente se diera cuenta de algún juego sucio.

—Vamos a pedir a Su Majestad que permita al presidente de la Asociación Mercantil representar a Unaísola.

No tenía intención de conceder a Caruso su deseo, a saber, el de no ser desairado por los nobles, convirtiéndolo en noble. Eso sólo le salvaría a él, y a nadie más. Tampoco le convenía a un hombre como Caruso. Era el tipo de solución que idearía un hombre de una época anterior, como el barón Castiglione.

No, era necesaria una renovación estructural.

—El líder de una ciudad libre tendrá la misma posición que el señor de un territorio. En otras palabras, si el señor Caruso lidera la ciudad libre, nadie más que el rey podrá arrestarlo contra su voluntad.

Esto estaba en consonancia con “Par in parem non habet imperium”, el principio básico de la ley de la Iglesia que afirmaba que los iguales no tenían poder sobre los demás. Se trataba de una ley común que existía desde los tiempos del Imperio Rattán y que había sido reconfirmada por la Iglesia. Era una ley sagrada respaldada por la tradición, y nadie podía quebrantarla.

N/T par in parem non habet imperium: “Los iguales no tinen soberanía entre sí”. Principio en virtud del cual un Estado no puede ser sometido a la jurisdicción de otro Estado.

—Y si el señor Caruso se convierte en el líder de los comerciantes de esta manera, creará un significado simbólico para ellos también.

Se convertiría en el representante de todos los comerciantes, en el jefe de la clase mercantil. Si un noble intentara deshacerse de Caruso por medios tan turbios como el asesinato, estaría poniendo a toda la clase media en su contra.

—Esto mantendrá a Camelia y al gremio de mercaderes a salvo también.

Ariadne parecía entusiasmada con su plan. Sancha la estudió en silencio. Se trataba de una chica que había cotilleado con ella sobre la “señorita Rossi” y charlado animadamente sobre los hombres que les interesaban. Sancha lo sabía todo sobre ella, incluidos sus hábitos alimenticios y de sueño. Había creído que nunca estaría tan unida a alguien como lo estaba a Ariadne.

—Es... increíble, milady —murmuró Sancha en voz baja.

Había intentado estudiar escritura y números para seguir los intereses de Ariadne, pero Sancha sólo conseguía memorizar y poco más. No conseguía desarrollar ningún otro interés, y no era divertido. Ariadne, que parecía no tener fin a sus novedosas ideas cada vez que encontraba algo nuevo, era demasiado diferente a ella.

‘Supongo que... puede que sea el momento de dejarla ascender a mayores alturas y dejarme atrás.’

El príncipe Alfonso había cambiado tras su paso por el campo de batalla. Había sido un muchacho en el que era difícil confiar en el pasado, alguien que brillaba y revoloteaba y tenía mucho músculo, pero nada más. Sancha creía que podría proteger mucho mejor a Ariadne.

Pero Alfonso era ahora un hombre adulto, no un niño. Ocupaba un nivel que Sancha nunca podría alcanzar y avanzaba de la mano de Ariadne.

—Sancha, me gustaría llevar mañana un broche de rubíes —dijo Ariadne, pensando en lo que se pondría al día siguiente—. ¿Cómo crees que quedaría con un vestido de satén naranja?

—¡Mi Señora! —gritó Sancha, conmocionada—. ¡No! ¡Es una idea terrible! El rojo no combina con el naranja.

Ariadne se dio la vuelta, con una expresión de simpática confusión en el rostro. 

—¿No? Creía que habías dicho que colores parecidos quedaban bien juntos. Ambos son colores cálidos, así que pensé...

—¡No son cálidos, son molestos! —Sancha mostró el vestido y el broche juntos—. ¿Ves? ¡Combinan terriblemente! —refunfuñando, sacó un montón de vestidos de distintos colores—. Si realmente quieres llevar el broche, deberías vestir de verde -un color complementario- o de un simple negro o blanco. Tal vez incluso baste con el azul. Pero el naranja no es una buena idea.

Sancha tenía algo que Alfonso nunca consiguió aprender.

‘El príncipe no puede manejar esto. Por supuesto que no puede.’

Siempre estaría al lado de su señora, haciendo su parte. Sólo tenía que aceptar que no siempre sería su mejor amiga. Ariadne sostuvo el vestido verde contra su pecho y miró a Sancha, con la confianza brillando en sus ojos.

Sancha, con el broche de rubíes en la mano, le sonrió con los ojos, o más bien con el corazón.

SLR – Capítulo 360-1

‘Me importas mucho, mi señora, mi salvadora y mi modelo a seguir. Amada señora, para mí eres familia.’

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