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SLR – Capítulo 314

 Hermana, en esta vida seré la reina 

Capítulo 314: Confianza

Alfonso no detectó la irritación en la voz de Ariadne.

Hoy, la Sala de las Estrellas estaba impecable en varios aspectos, atribuidos a su techo altísimo, la amplitud del espacio, el aire tranquilo y la iluminación acogedora. Alfonso no podía discernir cada elemento, pero reconocía su exquisita belleza general.

Por supuesto, la guinda del pastel era la mujer de la sala. Su cuerpo largo y grácil y sus curvas, su vestido de satén de primera clase, su piel lustrosa y su cascada de pelo brillante expresaban el epítome de la elegancia.

La mujer que recibía el centro de su atención sonrió, pero no mostró piedad. 

—Me temo que no posee talento para preparar bailes, Alteza.

Alfonso sintió que el corazón se le hundía hasta los pies. Ariadne le soltó las manos y trazó una larga línea en el pasillo, dividiéndolo en dos partes.

El Príncipe se sintió entumecido cuando el calor de su mano escapó de su agarre.

—El techo es demasiado alto y amortiguará la música. La orquesta debe escalar y extenderse desde este punto hasta allí para que las notas lleguen a los oídos del público.

Una sonrisa avergonzada cruzó el rostro de Alfonso. Una vez más, Ariadne no le decepcionó. Siempre veía lo que era invisible para él y ampliaba su campo de visión.

Aún atesoraba los recuerdos de los momentos que pasó con ella en el jardín trasero del Palacio de la Reina cuando eran jóvenes adolescentes. Mientras él siempre había estado absorto en un libro a la sombra del árbol, Ariadne le enseñó que los muros de la sección de su madre en el palacio eran lo bastante bajos como para observar a los transeúntes. Después de conocerla, el árbol zelkova del jardín del Palacio de la Reina se convirtió no sólo en un lugar para leer, sino también para observar a la gente.

Por eso se había sentido atraído por ella. Ella le abría una nueva dimensión cada vez que estaba a su lado, permitiéndole tener una visión más amplia. Había un gran número de mujeres hermosas, pero su mera belleza no era nada ante la magia que poseía Ariadne.

—Sin embargo, la entrada de la Princesa por las puertas centrales fue una sugerencia adecuada —dijo Ariadne.

Cuando se giró para mirarle, la parte superior de su cuerpo y la parte delantera del cuerpo de Alfonso quedaron frente a frente. Ella se limitó a echar un vistazo a las puertas centrales, pero Alfonso confundió que su mirada iba dirigida a él. Como un tonto, su corazón volvió a agitarse.

Ahora ya no podía negar que la belleza poseía un poder deslumbrante, pues el cautivador encanto de la mujer que tenía ante sí le atraía como un imán.

Ariadne De Mare, de veinte años, era impresionantemente hermosa, y su esbelta cintura era tan estrecha y grácil como las ramas de un sauce. La mirada de Alfonso ascendió instintivamente hasta su pecho, y automáticamente ladeó la cabeza avergonzado. La única manera de controlar sus instintos como un caballero era evitar mirar su cuerpo por completo.

Había un hechizo irresistible que provenía de su figura madura y completamente florecida. Alfonso estaba seguro de que todos los hombres perderían el control y la abrazarían de inmediato. Siendo un hombre educado, se esforzó por refrenar la bestia que había en él a través de la razón.

N/T: el espíritu de Zen entró en su cuerpo, pobrecito. 

Tras un torrente de pensamientos, se acordó de Elco, que obviamente deseaba parecer varonil e impresionar a Ariadne. Alfonso se percató claramente de las miradas de reojo que Elco le había robado.

Su humor se agrió al instante. Alfonso no era el tipo de monarca que descargaba su ira con sus subordinados, y no se pondría sentimental con Elco. Pero eso más bien profundizó su disgusto contra él.

—Pero es cierto que la protagonista debe entrar por las puertas principales —las palabras de Ariadne le levantaron el ánimo. Una leve sonrisa marcó sus labios, y él se sintió alabado.

—Ari... 

Alfonso se acercó instintivamente a Ariadne, que desprendía una fragancia de mirra y cítricos. Su temperamento se encendió al pensar que otro hombre la codiciaba. Bajó la cabeza para seguir aspirando su aroma.

—Quiero que seas feliz —sus palabras surgieron de la nada y eran mitad verdad y mitad mentira—. Deseo concederte todo lo que deseas. Esta vez habló con sinceridad. Alfonso podía hacer cualquier cosa si veía su sonrisa, por eso había abierto la Sala de las Estrellas con poca autoridad en primer lugar.

Al oír las palabras de Alfonso, Ariadne le miró con ojos sorprendidos. Sus labios rojos como el rubí se entreabrieron ligeramente, y los dientes de conejo que él tanto adoraba asomaron a través de sus labios.

—Ari.

Alfonso arropó inconscientemente a Ariadne en su pecho e intentó apretar sus labios contra los de ella. Sus instintos no podían controlarse. Sólo podía pensar en sus labios, pero pronto se encontró besando el aire mientras Ariadne se apartaba rápidamente. La fiebre del amor degradó incluso al caballero más poderoso del continente central hasta convertirlo en un tonto.

—Alfonso... —dando un paso atrás, Ariadne le llamó por su nombre con su típica voz tenue pero atractiva.

Su expresión era atrevida mientras sus grandes y claros ojos verdes ardían en los de Alfonso. Ariadne era la única condesa de la capital. La audacia de la dama de alta alcurnia era inigualable, distinta de la de una simple noble o una dama de la nobleza.

Ariadne extendió la cara a escasos centímetros de su nariz, y Alfonso inhaló inconscientemente en respuesta.

—¿Qué significa esto? —exigió Ariadne, con una voz que sorprendentemente transmitía una ira apenas contenida y rencor.

Atónito, Alfonso dio un respingo. Parpadeó como si despertara de un sueño. Antes de que pudiera refutarlo, Ariadne se le adelantó.

—Déjame hacerte una pregunta, Alfonso de Carlo —Ariadne estaba realmente furiosa—. Tu carta me advertía que me distanciara de ti puesto que ya te has casado. Pero, ¿por qué te acercas a mí repetidamente?

Alfonso se sobresaltó momentáneamente. 

—¿Carta...? ¿Qué carta puede ser?

—¡La carta que escribiste después de tu regreso a Etrusco!

Aunque Alfonso había escrito cientos de cartas en Jesarche, nunca había escrito una sola carta a Ariadne después de su regreso.

—Nunca he escrito esa carta —negó Alfonso con franqueza. Luego, añadió apresuradamente para aclarar cualquier malentendido—: Permíteme que lo aclare. He escrito innumerables cartas durante mi estancia en Jesarche, pero nunca he escrito el mensaje que me describes. Y permíteme señalar que tú nunca me has enviado ni una sola carta.

Eso más bien echó aceite sobre la ardiente ira de Ariadne. 

—¡Ahora vas tan lejos como para mentir!

Era cierto que los errores en las entregas eran frecuentes cuando las cartas se enviaban a través del mar. El señor Manfredi, uno de los hombres de Alfonso, también sufrió un desencuentro al perder el contacto con su prometida. Su prometida y su familia pensaban que Manfredi había muerto en el campo de batalla, pero no era el caso de Alfonso.

—Seré lo más generosa posible y creeré que el barco de suministros de los cruzados no entregó todos los mensajes. 

De hecho, Ariadne fue más que generosa, ya que dudaba que el señor Manfredi hubiera enviado muchas cartas. Por el contrario, ella había escrito y enviado casi un centenar de cartas.

¿Cómo era posible que se hubieran perdido todas y cada una de las cartas cuando había casi un centenar? Además, Ariadne había utilizado una línea de suministro separada, ya que desconfiaba de la ruta de suministro de los cruzados.

—¡Al menos habrías recibido la carta que envié a través de Rafael!

—¿Carta de Rafael? —preguntó Alfonso, desconcertado—. No había tal carta —y efectivamente decía la verdad—. Lo juro por nuestro Padre Celestial.

Sin embargo, su Dios celestial no era garantía suficiente para que Alfonso recuperara la confianza de Ariadne.

—¿Insinúas que Rafael me mintió? —preguntó Ariadne, con una expresión impregnada de confianza inquebrantable en Rafael.

En realidad, no tenía motivos para sospechar de su querido compañero, que había atravesado mares y desiertos por ella. Y se había dedicado a cultivar jóvenes talentos en su escuela sin ningún dinero a cambio. A diferencia de Alfonso, su querido amigo nunca la había defraudado. ¿Cómo podía desconfiar de él?

No obstante, Alfonso sintió una punzada de dolor en el corazón, pues su amante tenía ahora otro hombre en su vida.

—¿A quién crees? —preguntó Alfonso—. ¿A Rafael o a mí?

Ariadne resopló. Era una pregunta demasiado fácil. 

—¿Por qué lo preguntas? Claro que es Rafael.

Alfonso temblaba como si le hubieran echado un cubo de agua fría, helándole todo el cuerpo, el corazón y las venas.

A pesar de la conmoción de Alfonso, Ariadne infligió una serie de ataques. 

—Puedo aceptar tu silencio durante tu estancia en el palacio gallico, ya que estabas prácticamente confinado. Sin embargo, en Jesarche, donde abundaban las oportunidades, ¡te mantuviste al margen!

A Alfonso le pareció terriblemente injusto y gritó—: ¡Te equivocas!

—¡No me levantes la voz! —Ariadne contraatacó con un chillido.

Dejando a Alfonso estupefacto, Ariadne volvió a descargar su ira. 

—¡Termina con tus mentiras! Ni una sola carta fue enviada por ti. ¡No lo niegues! ¡Mientes para cubrir tu vergüenza! ¡¿Cómo te atreves a esperar que te crea por encima de Rafael?!

Alfonso sintió que su ira se disparaba. Dio dos pasos hacia Ariadne y la fulminó con la mirada. 

—¡¿No confías en mí?! 

Sus ojos azul grisáceo delataban furia y resentimiento.

Ariadne devolvió la mirada a los ojos azules que una vez amó. Entonces, escupió con los dientes apretados—: Una vez confié en ti, pero ahora eres un extraño para mí.

Alfonso no podía aceptar las palabras de Ariadne, que negaba por completo su identidad y su carácter. 

—Nunca he hecho nada vergonzoso, sobre todo ante ti, me he esforzado por ser honorable —protestó Alfonso, mordiéndose los gruesos labios—. A lo largo de mi vida, no busqué más que la confianza de los demás, e intenté seriamente demostrar que era digno de esa confianza.

Nunca tomaba ningún atajo, por tentador que fuera, si no era justo. Había rechazado el matrimonio que su padre había concertado y había sacrificado a su caballero más preciado, todo por Ariadne. Pero su único error eliminó la confianza de Ariadne en él.

—¿Por qué desconfías tanto de mí? ¿Quién fue la fuente para eliminar tu confianza en mí?

Ante esas palabras, Ariadne esbozó una sonrisa que parecía amarga y trágica al mismo tiempo. 

—Tienes esposa, ¿verdad? —Ariadne contuvo un sollozo. ¿Se había dado cuenta o no? No estaba segura—. Te casaste con la Gran Duquesa Lariessa, ¿me equivoco?

Inmediatamente después de sus palabras, a Alfonso se le cortó la respiración. El grado de conmoción superó al que sintió cuando un enemigo le golpeó con la espada de dos manos su casco y su armadura en el campo de batalla.

—Cómo... —Alfonso apenas consiguió murmurar—. ¿Cómo...?

—Rafael transmitió la noticia —dijo Ariadne, con la voz ya ronca—. Ahora dime, Alfonso.

Sonando como si estuviera al borde de las lágrimas, Ariadne exigió finalmente a Alfonso que respondiera a la pregunta que no se había atrevido a formular hasta ahora. Pero ya no podía evitarla. 

—¿A quién debo creer? ¿A Rafael de Baltazar o a Alfonso de Carlo?

Alfonso abrió la boca para hablar, sus labios temblaban incontrolablemente, pero no salió ningún sonido.

Ante su silencio, los ojos verde oscuro de Ariadne se llenaron de lágrimas. 

—Asqueroso.

Su último hilo de esperanza se había desvanecido. Su último deseo era que Alfonso le dijera que Rafael se había equivocado, ya que nunca se había casado, y que su amor por ella era inquebrantable.

Sin embargo, el silencio de Alfonso le dijo lo contrario y rompió su último hilo de esperanza y sueño.

Ariadne pataleó furiosa. 

—¡Cómo te atreves a pensar que soy un blanco fácil!

La rabia y la decepción, emociones que tan desesperadamente intentaba contener, la golpearon tardíamente. 

—Supongo que planeabas investir a una princesa extranjera como tu reina mientras me aceptabas como tu amante.

Incluso en medio de su arrebato de ira, Alfonso no podía apartar los ojos de su cuerpo. Se sintió culpable y se condenó a sí mismo, sintiéndose tan humilde como un perro en celo.

—¿O me equivoco de nuevo? Tal vez pensaste que no era más que una ramera y te burlaste de mí por atreverme a convertirme en tu amante.

—Ari...

—No me llames por ese nombre. Me repugna.

—Ari, por favor, escúchame —suplicó Alfonso, dando un paso hacia ella. Le cogió la mano y le aclaró—: La situación es bastante complicada, pero que sepas que ésas no eran mis intenciones. De hecho, te envié cartas y juro que nunca pensé que fueras un blanco fácil.

—¡No lo niegues! —Ariadne gritó, soltando su mano—. ¡¿No firmaste el voto de matrimonio?! Eres un hombre casado, ¡admítelo! —Ariadne le miró con ojos llorosos—. ¡Olvidémonos de las cartas! Te tomo la palabra, aunque me parece ridículo que se hayan perdido cien cartas. Pero digamos que tienes razón, pues el pasado ya no importa. Lo que importa es el presente. Entonces cuéntame mi querido ex-amante tu estado civil actual. ¡¿Eres un hombre casado o no?!

Parecía que una ráfaga de flechas había volado hacia él y le había alcanzado en el centro del corazón.

—¡La princesa Bianca se niega incluso a ser asociada con Rubina, menospreciándola como una simple amante! ¡Rubina debe lidiar con tales malos tratos sólo porque es una amante! ¿Cómo pudiste convertirme en una amante igual que la mujer que detestas? —las lágrimas brotaron de sus ojos verdes, pero la idea de convertirse en ama no fue la causa—. ¿Me has amado alguna vez con un corazón sincero? —las lágrimas de Ariadne provenían de la decepción hacia Alfonso como persona—. Te juzgué muy mal.

Sus lágrimas rodaron por sus mejillas, labios y barbilla.

Alfonso perdió el control. Se adelantó, abrazó a Ariadne y apretó sus labios contra los de ella.

SLR – Capítulo 314-1

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