SLR – Capítulo 327
Hermana, en esta vida seré la reina
Capítulo 327: Diálogo (2)
Alfonso estaba disgustado por la intrusión de Rafael. Pero en lugar de revelar sus emociones, dijo—: Por favor, permíteme pasar un rato con tu compañera, ya que nos hemos reunido.
Echó un vistazo a Ariadne, pero sólo se le veía la parte superior de la cabeza. Su cabello negro en cascada se mecía al ritmo de su respiración.
—Su Excelencia parece ligeramente ebria, así que permítanos dar un breve paseo hasta que se despierte.
Sin embargo, Rafael se negó a retirarse.
—Esa es la causa de mi petición —un aire burlón había impregnado la voz de Rafael, pero ahora llevaba indicios de furia—. ¿Puedo señalar que, como su pareja, no permitiré que mi señora dé vueltas por el jardín en estado de embriaguez con un hombre que ya tiene esposa? ¿Me equivoco, Alteza?
A Alfonso se le cortó la respiración. No tenía nada más que decir que lo obvio: ‘Confía en mí. No soy ese tipo de persona’. Y Rafael conocía demasiado bien a su amigo.
—Supongo que ahora quere negarlo y pedir que confíe en usted —añadió con complicidad. Con los brazos cruzados, se detuvo ante la escalera de caracol, impidiendo que ambos avanzaran—. Vaya, su credibilidad cayó en picado. Hasta el canalla más rastrero entiende la vergüenza de fugarse con el dinero de una mujer y fingir no saberlo.
Rafael miró a Alfonso de arriba abajo. Con su cabello dorado pulcramente peinado hacia atrás y su uniforme color crema, el príncipe Alfonso parecía digno del título futuro monarca más prometedor del continente central. Objetivamente, no se podía discernir ninguna imperfección: sus hombros anchos y angulosos, la extensión de su pecho musculoso que se tensaba contra el atuendo y su porte refinado eran impecables.
Eso encendió la ira de Rafael.
—A pesar de su superficie aparentemente impecable, sus acciones demuestran lo contrario. ¡Cómo se atreve un hombre casado a tentar a una dama soltera y sustraerle su dinero! Ni siquiera una cortesana se atrevería a cometer un acto tan atroz.
Alfonso había escuchado en silencio las abusivas palabras de su amigo, pero finalmente abrió la boca para hablar. Con voz ronca, el príncipe comenzó a responder.
—Esta pregunta parece inapropiada en esta ocasión, pero no me dejas más remedio que preguntar.
Alfonso había solicitado a Rafael un encuentro tras su interrogatorio a Elco, pues le costaba creer la excusa de su subordinado. Tenía la intención de escuchar la historia de la contraparte para conocer toda la verdad.
Sin embargo, una sola frase había sido enviada como respuesta por Rafael: “Attaccati a sto cazzo.”
Era una frase que contenía genitales y aproximadamente significaba "intenta hacerlo por tu cuenta".
N/T - Según mi traductor la frase dice “pégate a mi p*lla” u “que se la chupe”. Básicamente le manda al carajo y que no le importa.
Sencillamente, su antiguo amigo pretendía que resolviera la situación por sí mismo.
—¿Qué significa que Ariadne me envió monedas de oro? —preguntó Alfonso.
En cuanto Rafael escuchó esa pregunta, sus venas se revelaron con furia, y la sangre acudió a su rostro, normalmente de color crema. Su semblante era similar a cuando había perdido el control durante su anterior encuentro. A este paso, su diálogo se convertiría en una pelea.
Alfonso sofocó su irritación. Al menos una de las partes debía mantener el control. Con actitud serena, preguntó una vez más.
—Cuéntame toda la historia.
Ariadne, la parte directamente afectada, estaba presente. Afortunadamente, Rafael se contuvo de bombardear a Alfonso con otra ronda de abuso verbal debido a su presencia.
—¿No es obvio? —espetó Rafael, encontrando ridícula la pregunta—. ¡Los 10.000 ducados que entregué eran de Lady Ari! —por si acaso su siempre necio amigo aún no lo comprendía, añadió—: ¡Eso también es aplicable a los 90.000 ducados entregados a través del gremio de mercaderes y la sucursal de la Santa Sede! La suma total asciende a 100.000 ducados. Eres un ladrón a nivel nacional y una basura.
La cantidad coincidía exactamente con el número de monedas de oro que el señor Elco había recibido supuestamente del Reino de Gallico.
Alfonso se volvió lentamente para mirar a Ariadne e inquirió—: ¿Es cierto, Ari? —con voz temblorosa, añadió—: ¿Los 100.000 ducados de ayuda militar... eran tuyos?
Desconcertada, Ariadne parpadeó y preguntó—: ¿De verdad... no lo sabías?
Todo el alcohol que llevaba dentro pareció evaporarse. Había supuesto que habría problemas para hacer llegar los mensajes, pero nunca había imaginado que la ruptura de la comunicación fuera posible.
—¡¿El dinero era realmente, originalmente tuyo...?! —inquirió repetidamente Alfonso, alzando la voz.
Varias imágenes pasaron por su mente: Las firmes afirmaciones del señor Elco sobre el apoyo financiero de Gallico, respaldadas por un libro de contabilidad impecable, y Lariessa, actuando con altanería mientras le servía la comida durante su estancia en el palacio de Gallico.
—Bueno...
Múltiples pensamientos golpearon a Ariadne al mismo tiempo. No pudo terminar la frase y arrastró las palabras.
Por difícil que fuera, tenía que decírselo. Incluso cuando había advertido a Alfonso que no volviera a acercarse a ella en la Sala de las Estrellas, este pensamiento le había dolido.
—¡Ari! —Rafael gritó a su lado—. ¡Díselo! Dile que las monedas de oro eran tuyas.
El interrogatorio de Rafael había solidificado su resolución. Después de todo, Alfonso tenía derecho a saber quién era el verdadero donante.
—Rafael... —llamó Ariadne, suspirando tras organizar sus pensamientos. Se giró para mirarle—. ¿Serías tan amable de permitirnos hablar en privado?
Alfonso se escandalizaría al saber la verdad. Tal vez lamentaría que le hubieran desvelado el secreto.
Pero Ariadne no era su tutora. Independientemente de lo que lamentara, Alfonso tenía derecho a ser informado de la verdadera procedencia de las monedas de oro y a formarse su propio juicio sobre el verdadero donante.
La conclusión de Ariadne atravesó el corazón de Rafael como una flecha.
—Debemos conversar en privado, sólo nosotros dos.
Parecía como si a Rafael un martillo le hubiera golpeado la nuca. Parpadeó temporalmente con sus ojos rojos como el rubí. Pero la sorpresa pronto se convirtió en ira.
—¡Ari! —Rafael señaló a Alfonso acusadoramente—. ¡¿Qué más vas a conversar con ese traidor?!
Rafael no podía entenderla en absoluto. Él le había dedicado todo: su tiempo, su esfuerzo, su corazón y su amor puro. Por encima de todo, nunca la había traicionado. Para Rafael, ésa era la diferencia más significativa entre Alfonso y él. Para él resultaba una locura elegir a un traidor en vez de a un hombre que expresaba una lealtad inquebrantable.
—¡Es peligroso! ¡No vayas! ¡¿Por qué confías en él?!
Ariadne levantó lentamente la mirada. Sus ojos verde oscuro, bajo una franja de pestañas negras, se clavaron en los de Rafael. Cuando sus miradas se cruzaron, Rafael se golpeó el pecho.
—¡Quédate aquí conmigo! —le exigió. Rafael había perdido el control.
Aunque su amigo no estaba involucrado en este asunto, Ariadne tuvo que revelar un atisbo de la verdad para persuadirle.
—Rafael... Los 100.000 ducados no eran míos.
Rafael se quedó boquiabierto. Se quedó sin habla.
Ariadne continuó—: Por lo tanto, debo tener un momento con Alfonso en privado. Prometo volver pronto.
Dejando a Rafael atrás sin palabras, Ariadne tiró de la manga de Alfonso, instándole a seguirle.
***
Los últimos días habían sido bastante desafortunados para el señor Manfredi. Había imaginado la divertida escena del príncipe Alfonso amenazando al marqués Gualtieri.
‘¿No agarraría el príncipe al marqués por el cuello?’ pensó alegremente. Sin embargo, se vio obligado a vigilar el palacio real.
—¡Soy prácticamente como un perro guardián! ¡Ja!
El señor Manfredi se había quejado al señor Bernardino. Estaba confinado en la corte, sin poder participar en el baile de debutantes de la princesa Bianca -el acontecimiento más comentado de la primera mitad del año-, todo porque estaba de servicio.
Los caballeros, incluido el señor Dino, se agarraron el vientre mientras estallaban en carcajadas.
—¡Adelante, Manfredi! ¡Ladra! ¡Guau, guau! Si detestas que te traten como a un perro guardián, ¡deja de comportarte como tal!
El príncipe Alfonso asignó la vigilancia del señor Elco a los caballeros de su especial confianza. Sus hombres se turnaban para realizar esta tarea y observaban atentamente los alrededores del señor Elco desde la distancia. Pero hoy era el día de mala suerte del señor Manfredi, y sus quejas sólo conseguían que se burlaran de él.
—Ay, parece que hoy todo va mal —el señor Manfredi se rascó ferozmente la nuca—. Ese tipo siempre se recluye en sus aposentos mientras permanece ocioso de todos modos. Derrama lágrimas mientras no bebe agua. Una institutriz sería más apta para esta tarea que un caballero de vigilancia...
El señor Manfredi refunfuñó para sus adentros.
Sin embargo, en ese momento, fue testigo de cómo la puerta de los aposentos del señor Elco se abría silenciosamente. El señor Manfredi se silenció de inmediato y puso una mano en la empuñadura de su espada. Lanzó una mirada aguda como una espada afilada a la puerta, que se abrió con un crujido.
La persona que salió por la puerta no era otra que el señor Elco, ataviado con una capucha marrón. Exploró el perímetro y descubrió que no había nadie. Con pasos silenciosos, se escabulló por el pasillo.
El señor Manfredi se levantó inmediatamente de su asiento y empezó a correr tras el señor Elco con pasos silenciosos.
***
Ariadne no condujo a Alfonso al jardín que se extendía más allá de la parte trasera de la propiedad. En su lugar, se dirigió hacia las bulliciosas puertas principales.
—¿Hacia dónde nos dirigimos? —preguntó Alfonso—. ¿Podemos ser vistos por los demás?
Sin embargo, la respuesta de Ariadne a la pregunta de Alfonso fue breve.
—Sólo tiene que seguirme. Hay un lugar al que debemos ir.
Afortunadamente, la fiesta de Bianca seguía en pleno apogeo. Los dos eran los únicos que salían del salón de baile, así que, por suerte, no se encontraron con ninguna cara conocida.
Al llegar a la puerta principal, Ariadne llamó al carruaje de Mare, que llegó rápidamente a su orden.
—Sube al carruaje.
Los entrometidos de la alta sociedad habrían alborotado la escena, acusando a la casa de Mare de secuestrar al príncipe. Sin embargo, Alfonso lo abordó sin rechistar. Al fin y al cabo, Ariadne no tenía fuerza física para secuestrarlo, mientras que él tenía poder suficiente. Pero, de nuevo, la fuerza física no era el único elemento para motivar a una persona a actuar.
Mientras Alfonso reflexionaba sobre la insondable fuerza interior que poseía Ariadne, la condesa de Mare susurró su destino al cochero.
—Vamos a...
—Sí, Condesa de Mare —respondió el jinete.
El trayecto hasta el destino fue bastante breve. En media hora, el carruaje llegó al gigantesco edificio situado en los míseros barrios bajos por el atajo del centro de la ciudad. El carruaje atravesó las puertas principales exteriores y entró en el patio delantero.
—Este lugar es...
Alfonso conocía bien estas instalaciones, así como el jardín trasero situado en la parte posterior del edificio de piedra.
Ariadne asintió y dijo—: Sí, aquí estamos... en el refugio de Rambouillet.
El carruaje se había detenido ante las puertas laterales del edificio, en lugar de la puerta principal central. Tras bajar del coche, Ariadne abrió la puerta con una pequeña llave y entró en el refugio sin soltarse de la manga de Alfonso.
Ariadne conocía las rutas ocultas por donde no les verían. Llevó a Alfonso al piso más alto, donde estaba el despacho del director.
Mientras Ariadne dejaba al príncipe de pie en el despacho, se arrodilló en la esquina de la pared más interna y empezó a operar algo.
—¿Ari? ¿Qué haces? —preguntó Alfonso, desconcertado.
Ella no respondió. Sólo después del sonido de la placa de metal girando diecisiete veces se escuchó un "clic", como si algo estuviera suelto, resonó en la oficina de techos altos. Sólo entonces Ariadna se dio vuelta y llamó a Alfonso.
—Por favor, ven y ábreme esto.
El objeto que señaló era una manilla redonda. Al girar la manilla y abrir la puerta con todas sus fuerzas, la pesada y obstinada puerta de hierro cedió por fin y empezó a abrirse lentamente.
Como si fuera una guía, Ariadne se situó donde la puerta se había abierto más, como si le hiciera pasar. Cuando Alfonso dio un paso atrás hacia ella tras abrir la puerta, Ariadne señaló la sección interior.
—Entra.
Alfonso se dirigió con cuidado a la sección interior. Dentro ya había preparada una lámpara de aceite. Al encenderla con una yesca apilada a su lado, la luz iluminó la estancia. Había luz suficiente para inspeccionar el interior.
Detrás de la puerta había un gran espacio vacío, con una superficie aproximada de 5 piedi cuadrados. Se suponía que era un almacén, pero ahora estaba vacío.
Exploró los alrededores y encontró un único sobre en el almacén. Alfonso cogió el sobre y encontró dentro un pergamino, presumiblemente una carta. Desplegó el pergamino y empezó a leer: [Mi querido hijo Alfonso.]
‘¡Es de mi madre, la reina...!’ Ni en sueños había esperado Alfonso ver la letra de su madre, los ojos de Alfonso se abrieron con sorpresa.
[Espero que nunca veas esta carta y que yo mismo pueda darte este dinero. No, espero que nunca tengas que usar este dinero.]
Cuanto más leía, más se le secaban los labios. Sin embargo, ni siquiera se atrevía a tragar saliva.
[Soy una pecadora, hijo. Porque quería mantenerte a salvo y seguro, decidí sacrificar al grupo más vulnerable de la sociedad... Pero incluso después de que mi conciencia me molestara durante todo el día, mientras miro tus ojos puros e inocentes, sé que tengo que hacerlo.]
Las manos del príncipe temblaron como los temblores de un terremoto. ‘¿Cómo...? Increíble…’
Sin embargo, no podía dejar de leer. La letra de su madre se volvía áspera a medida que se acercaba al final de la carta.
[No me importa si vivo o muero... Tu padre ignoró lo que pasó y siguió a su corazón... No habrá investigación…]
Tras esa frase, su madre elucubró sobre su vida matrimonial, el miedo a que su vida se viera amenazada, la presión y los pecados que había cometido por él, su querido hijo.
—Oh, Dios mío...
Las piernas del príncipe acabaron por flaquear, dejándole de rodillas en el suelo. Lágrimas calientes rodaron por sus mejillas.
Era natural que no hubiera llegado ninguna factura del donante que le había ayudado con fondos militares porque ella ya no existía en este mundo. El dinero no procedía de la Santa Sede dirigida por el cardenal de Mare ni de la gran duquesa Lariessa del reino Gallico.
Era de su difunta madre.
Era el último regalo que había recibido de una persona que le dio un amor inquebrantable e incondicional.
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Pobrecito Alfonso pero ya sabe la verdad 😢
ResponderBorrarQue feo, me dieron ganas de llorar a mí también, te extraño reina Margarita :'c
ResponderBorrarNadie puede juzgar a la reina Margarita, sabía y sabemos que clase de padre le tocó a Alfonso
ResponderBorrarMe duele mucho que no pudieran salvar a la reina Margarita
ResponderBorrarÉl sueño original de Rafael era la iglesia, siempre e pensado idealizo a Ari pero nunca podría conocer su verdadera escencia, así que cualquier relación romántica estaba destinada al fracaso. Admito que Rafael me empezó a caer bien después que Ari rechazó su declaración de amor. Cómo amigo de infancia y súbdito del futuro rey cruzo la línea, causando que la conspiración de los Valois y Elko y malos entendidos entre A&A aumentarán la insertidumbre. Siempre e pensado que la única persona que puede proteger a Ari es Alfonso y viceversa, Rafael tiene un fuerte orgullo aristocrático y Ari cree en la meritocracia, al final no podrían ser un matrimonio feliz, debido a su manera de pensar, lo que habría provocado enfrentamientos. Muchas gracias por subir esta increíble historia.🥰♥️✨✨
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