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SLR – Capítulo 397

Hermana, en esta vida seré la reina 

Capítulo 397: Afecto residual

El papa Ludovico convocó al enviado de la República de Oporto, echándole en cara que, a pesar de que la república se había encargado de los suministros durante la Cuarta Cruzada, no había transportado correctamente los documentos de la realeza y la nobleza del reino etrusco. El enviado respondió servilmente, prometiendo enviar un mensaje a su país y averiguar de inmediato lo ocurrido.

—Probablemente utilizarán a algún intermediario como chivo expiatorio y le acusarán de negligencia en el cumplimiento del deber o de malversación de fondos —dijo el Papa.

A pesar de los esfuerzos del enviado, el Papa no parecía muy conmovido.

—Y si quieren parecer un poco más sinceros, traerán a alguien de mayor rango—, continuó.

No era una cuestión de sinceridad: dependería de si había enemigos políticos adecuados de los que librarse dentro de las luchas internas por el poder de la república.

Nada de esto importaba. El Papa no había reprendido al hombre esperando resultados. Su gesto equivalía a una declaración de que la Santa Sede estaba a punto de dar una reprimenda a la República de Oporto, y estaban suficientemente armados de justificación. El Papa no estaría contento, independientemente de lo que le comunicaran a continuación. Pretendía privar a la república del derecho a comerciar con los herejes.

—Tendrán que hacer todo lo posible si quieren que lo deje pasar. Tendrá que ser tan valioso como el derecho a comerciar —dijo.

La república de Oporto utilizaba una flota de galeras para proteger a sus mercaderes, que comerciaban internacionalmente más allá del mar, extendiéndose incluso hasta el Mar Silencioso. Como resultado, los mercaderes de la República de Oporto disfrutaban de una seguridad que ningún mercader de otros países podía esperar igualar. No gastaban dinero en seguros, lo que les permitía vender sus mercancías por menos dinero. Los mercaderes del reino etrusco, entre los que destacaba Caruso, habían comerciado inicialmente con tabaco y otros artículos de dudosa procedencia que resultaban difíciles de comerciar para un país a título oficial, en gran parte por esta razón.

Sin embargo, si la Santa Sede prohibía a la República de Oporto comerciar con herejes, ya no podrían proteger a sus mercaderes a menos que quisiera arriesgarse a que su gobernante fuera excomulgado. De repente, los piratas verían en los barcos de la república una presa fácil, y la ventaja comercial de la república desaparecería.

—¿Su derecho a comerciar? —dijo el Cardenal de Mare. Estaba más que impresionado por la astucia del Papa Ludovico—. Vas a llevar esa república a la ruina, ¿verdad?

El Papa parecía indignado.

—Son los que manipularon las cartas durante la Guerra Santa. ¿De qué lado estás, de todos modos? No estoy atormentando a los inocentes. Si se atrevieron a robar las cartas personales del Príncipe de Etrusco, ¿qué crees que hicieron con otros suministros militares? —el Papa estalló de frustración—. ¡Si hubieran sido honestos con sus suministros, tal vez Gallipol, Aison, Diyarsha e incluso toda la región de Hejaz habrían pasado a ser de la Iglesia! Si los caballeros hubieran estado mejor alimentados.

El Papa parecía muy indignado, como si la República de Oporto le hubiera robado lo que se suponía que era suyo. El cardenal de Mare, sin embargo, tuvo una visión menos parcial de las cosas. Se burló del Papa, que estaba a punto de destruir los negocios de todo un país basándose en sus imaginaciones y conjeturas.

—Dios mío... Supongo que es bueno ser Papa.

El Papa no pasó por alto el mensaje oculto de desdén en sus palabras, por supuesto. Ludovico fulminó con la mirada a de Mare, y luego dijo en tono perezoso—: Pues sí. Por supuesto que sí. Por eso todos están tan ansiosos por ocupar mi asiento.

Podía contar más de cinco intentos de asesinato en el transcurso de su mandato y hubo varias otras dificultades, como su envenenamiento final, pero Ludovico no mencionó tales cosas. ‘No quiero aplastar los sueños y esperanzas de De Mare…’ se dijo a sí mismo, pero la verdad era que no podía molestarse. También quería que le tomara por sorpresa.

‘Descúbrelo por ti mismo cuando seas Papa. Entonces verás lo horrible que es ser Papa. Hace que un hombre cague sangre. Por la boca.’

Tomar veneno y defecar sangre era tan horrible como producir heces en la boca.

—Serás Papa dos veces —maldijo el Papa, rechinando los dientes.

—Oh, bueno, dos veces es demasiado. ¿Quieres que sea Papa en mi próxima vida? ¿Es eso? —dijo de Mare.

Mientras tanto, el Papa se había ocupado de asuntos más productivos: había hecho público un certificado de nombramiento. Era uno de los pasos previos a la entrega de su sede.

—Por la presente nombro al Cardenal de Mare camarlengo de la Santa Sede.

N/T: En la Iglesia católica, el camarlengo es un funcionario de la corte papal. Es el administrador de los bienes y los ingresos de la Santa Sede; entre sus responsabilidades se incluía la administración del patrimonio de San Pedro.

El “camarlengo” era el jefe de asuntos palaciegos del Papa. El camarlengo tenía derecho a declarar la ausencia del Papa después de su muerte. Esto significaría que el Cardenal de Mare tendría el derecho de declarar la apertura de un cónclave. Le dio al cardenal las herramientas que necesitaba para impedir que otros cardenales que se le oponían participaran en el cónclave. Pero nada de esto fue lo suficiente como para satisfacer al exigente Ludovico.

—Nunca pensé que trabajaría con tan pocos planes.

En la mayoría de los casos, se declaraba camarlengo a un subordinado leal y se mantenía oculto al sucesor. Esto protegería a su sucesor de los ataques políticos. El camarlengo tenía que realizar tareas reales, en cuyo proceso se expondría a las críticas. Aunque no hubiera ningún error objetivo por su parte, cualquier cosa podía utilizarse en su contra. Siempre es más fácil criticar a alguien que ha intentado algo y ha fracasado que a alguien que no ha hecho nada en absoluto.

Ahora mismo, sin embargo, no había nadie más a quien el Papa pudiera nombrar camarlengo, y no quedaban muchos meses para su muerte. Ludovico decidió ver las cosas con optimismo. ¿Cuál era el peor atentado político que podía producirse en tan poco tiempo? Es más, cualquiera que no conociera el estado del Papa no vería a de Mare como una amenaza. No era probable que se convirtiera en un objetivo en absoluto.

—Estás memorizando lo que te digo, ¿verdad? Después de declarar mi ausencia en San Carlo, debes abrir un cónclave de inmediato.

—Sí, sí. La velocidad es esencial. Debo actuar tan rápido como un rayo, asegurándome de que nadie más que la escuela Lecorrectio Veritas que me apoya y tu facción que ya estará reunida en el consejo pueda participar. Ya está, todo está en mi cabeza. ¿Qué crees que soy, un estudiante?

—No. Eres un idiota.

—¡Oh, por favor!

El cardenal de Mare nunca había sido considerado un tonto en toda su vida. Por un momento se rebeló contra la idea, pero decidió ser suave con el Papa por esta vez. Llamar fea a una persona fea provocaría la ira, pero una persona guapa podría reírse de ello.

‘Soy guapo, así que voy a hacer lo segundo.’

Y había otra razón más importante.

‘El pobre hombre.’

Ludovico era una persona más solitaria de lo que se creía. Desde que Arthur había muerto, Ludovico no tenía contacto con nadie sin contar sus relaciones públicas. Todos esperaban las órdenes del Papa y preguntaban por las decisiones oficiales de la Santa Sede, pero no tenían nada que ver con Ludovico, el humano.

Incluso aquellos que parecían interesados en sus asuntos privados no estaban realmente interesados en él; lo que realmente querían era calibrar sus futuras acciones. Esto quedó meridianamente claro, imposible de ocultar como un agujero en el fondo de una olla.

El cardenal de Mare probablemente no era una excepción, ya que su conexión se forjó por motivos de beneficio personal. Pero el cardenal había conocido a Ludovico de Justini como persona en sus tiempos mozos, al menos, y poseía un puñado de recuerdos.

—Ahora bien. Vuelve y reúne a todos los votantes que puedas —dijo el Papa—. Asegúrate de que el secreto no se filtre.

—Oh, por favor. ¿Quién me creerá si afirmo que el Papa está a punto de morir? Viajarás al Reino Etrusco con todas las extremidades intactas, por el amor de Dios —dijo El cardenal bruscamente.

El Papa se quedó pensativo. Había considerado al cardenal un individuo meticuloso e irreprochable.

‘¿Este bastardo se está volviendo impertinente sólo conmigo?’

Sin embargo, ahora no podía hacer nada al respecto. No tenía tiempo de encontrar a otra persona, y mucho menos de cambiar la clase de hombre que era el cardenal. Si eso hubiera sido posible, habría ocurrido hace veinte años. El Papa no podía hacer nada. Miró fijamente a de Mare, mostrando el blanco de sus ojos, y luego continuó—: Nos vemos en dos meses.

—Dos meses —el cardenal asintió. Sería entonces cuando se celebraría el concilio en San Carlo—. Por favor, manténgase sano hasta entonces—, dijo el cardenal según la etiqueta. El Papa se burló.

—No me vengas con palabras vacías. Sé que estás deseando ocupar mi asiento lo antes posible.

El cardenal tenía preparada una respuesta tajante. 

—No he dicho que debas vivir para siempre. Sólo mantente sano hasta entonces.

El Papa explotó. 

—¡Maldito seas!

El cardenal soltó una carcajada mientras observaba al indignado Papa. Le daba pena decirle esas cosas a un moribundo, pero se sentía como si hubiera vuelto a ser un joven cuando hablaba con Ludovico. A pesar del enfado exterior del Papa, éste seguía respondiendo a cada insulto. Estaba claro que sentía lo mismo.

A lo largo de la vida, los picos tienden a disminuir. Sin embargo, no desaparecían del todo. Era agradable saber lo duro que había sido llegar hasta aquí, y los momentos eran preciosos porque no durarían.

Tras terminar del saludarlo porque era su superior, el cardenal golpeó al Papa en el hombro. Los ojos de Ludovico se abrieron de par en par cuando vio que el pequeño de Mare le tocaba el brazo, pero no lo detuvo. En lugar de eso, sonrió. Los dos ancianos se separaron.

* * *

Alfonso y Ariadne sólo informaron al cardenal de Mare de su boda secreta antes de abandonar Trevero. Pareció sorprendido y les felicitó, pero lucía un poco decepcionado. Refunfuñó por su cuenta durante un rato antes de decir finalmente—: ¿Por qué hicisteis que otra persona presidiera la ceremonia?

Ariadne respondió casi por reflejo—: Podrían surgir dudas sobre la autenticidad de la boda si eras tú quien la preside, padre —era una respuesta lógica—. Es mejor que sea un tercero.

Habían hecho las cosas de una manera muy razonable. Su acuerdo matrimonial había sido redactado perfectamente según la forma y firmado antes de ser entregado a Rafael. Él lo llevaría a los archivos de la gran capilla de Calienda, donde se había ordenado. El lugar estaba fuera de la influencia directa del cardenal.

Sin embargo, Ariadne se sintió un poco desconcertada. Nunca se le había ocurrido que su padre quisiera presidir su boda. Se detuvo un momento y preguntó con cautela.

—Eh... ¿Querías participar?

—Por supuesto. Era la boda de mi hija —el cardenal tenía tres hijos que habían llegado a la edad adulta, y dos de ellos se habían casado. Pero él nunca había estado en ninguna de las bodas—. No dudo que se lleven muy bien.

Su astuta segunda hija no necesitaba cuidados de él, a diferencia de su problemática hija mayor o del hijo mayor, que había abandonado por completo el contacto. La había descuidado un poco con esa excusa, y por eso el cardenal se guardó de decir que había querido bendecir la boda. Incluso él se daba cuenta de que no era algo adecuado para decir entre él y Ariadne.

—Enhorabuena —dijo el cardenal antes de levantarse, quitándose el polvo de su traje blanco de viaje. Salió rápidamente de la habitación y Ariadne se quedó mirando su espalda en silencio.

* * *

La promesa de Alfonso de que cruzarían la puerta de San Carlos como un matrimonio se cumplió. El Príncipe no montó a caballo, como hacía habitualmente. En su lugar, compartió el carruaje de Ariadne y la besó profundamente al pasar. Ella se echó a reír.

El viaje de regreso a San Carlo había sido como una luna de miel. Con el permiso del cardenal de Mare, que ahora lo sabía todo -a costa de trabajar hasta tarde durante el viaje y de escribir las cartas que necesitaba terminar una vez llegados-, el príncipe Alfonso y su comitiva habían visitado todos los lugares pintorescos del camino y habían viajado de vuelta por una ruta serpenteante. Sin embargo, los recién casados se vieron obligados a separarse al llegar a San Carlo. No podían residir en el mismo palacio con carácter oficial.

—¿No puedo saltar la verja?

—¡Oh, por favor! —Ariadne le dio una palmada en el hombro cuando Alfonso mencionó la pequeña verja del jardín trasero por la que se colaría como un ladrón—. ¡No seas absurdo!

—Bien, de acuerdo. Mantenlo bien cerrado. Mi esposa se queda allí, así que no puedo permitir que entre un granuja —el hombre que había sido ese ladrón besó la frente de su esposa—. Cuídate hasta que volvamos a vernos. Y come bien.

Ariadne reprendió a su nuevo marido. 

—Suenas como si estuvieras viajando al menos diez días.

El palacio Carlo y la mansión de Mare estaban a sólo cuarenta minutos a caballo. Alfonso siguió alborotando, a pesar de todo. 

—Ya te echo mucho de menos. ¿Qué hago?

—Vendré al palacio siempre que tenga ocasión.

Alfonso pensaba hacer público su matrimonio en cuanto las circunstancias se lo permitieran. En consecuencia, no iba a poner mucho empeño en ocultarlo.

—Preguntaré por ti todos los días.

Ariadne se rió, pero Alfonso hablaba en serio. Despidió a su amado esposo con cierta dificultad y pisó su propia casa por primera vez en mucho tiempo.

—¡Mi señora, quiero decir, Condesa!

La doncella pelirroja, o mejor dicho, la jefa de las doncellas, corrió hacia ella. Estaba ansiosa como un cachorro, incapaz de abrazar a Ariadne. Ariadne rió y la abrazó primero.

—¡Sancha! Te he echado de menos.

—¡Mi señora! —Sancha se colocó justo al lado de Ariadne tras el emotivo abrazo y susurró—: Mi señora, tengo noticias sólo para sus oídos.

Ariadne también tenía un secreto que compartir con Sancha. Susurró al oído de Sancha—: ¡Sancha, estoy casada!

Sancha abrió mucho los ojos.

SLR – Capítulo 397-1

* * *

La repentina declaración dio lugar a una serie de preguntas de Sancha. Apenas parecía respirar mientras preguntaba quién, cuándo, dónde, cómo y por qué. Sólo después de una hora de conversación recordó lo que había querido decirle a Ariadne. Había llegado una carta importante para Ariadne.

—Era urgente, y al parecer consideraron enviarlo a Trevero...

Pero todos los caballeros que habían regresado de la guerra en Jesarche habían afirmado que las cartas de casa nunca les habían llegado. Como resultado, la gente de San Carlo desconfiaba del destino de cualquier carta enviada más allá de la frontera. Esta desconfianza se había extendido a Harenae.

—¡Creo que es bueno que no lo hayan hecho! Llegó hace sólo tres días. La carta no le habría llegado si hubiera sido enviada a Trevero en su lugar.

La carta era de Bianca. Ariadne abrió el grueso sobre y sacó el contenido. La primera frase era corta y concisa.

[Ariadne, lo encontré.]

Había descubierto pruebas clave sobre el secreto del nacimiento de Ippólito de Mare.

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