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SLR – Capítulo 344

 Hermana, en esta vida seré la reina 

Capítulo 344: Condiciones de un buen hombre

Gabrielle no se molestó en ocultar el motivo de su visita. 

—¿De verdad te visita todos los días la princesa de Harenae?

Ariadne no respondió.

—He oído que sois íntimas amigas.

Sin embargo, Gabrielle no carecía por completo de tacto. En cuanto captó la expresión contrariada de Ariadne, Gabrielle se disculpó rápidamente y cambió de tema. —Lo siento, pero no te pongas así. Sólo tenía curiosidad. ¡Por no decir que he traído una noticia tremenda! ¿Has oído las noticias sobre el marido de tu hermana?

El último hilo de consideración de Gabrielle le impidió referirse a Ottavio como cuñado de Ariadne, pero sus esfuerzos fueron insuficientes. Ariadne prefería que su título fuera “conde Contarini”.

Al ver las cejas fruncidas de Ariadne, Gabrielle fue inmediatamente al grano sin más explicaciones. 

—Eres consciente de que un mercader lumeriano de su confianza huyó sigilosamente con sus préstamos, ¿verdad?

Ariadne asintió. 

—Sí, soy consciente.

¿Cómo no iba a saberlo? Era el tema más discutido en San Carlo últimamente. Todos los nobles hablaban de que la establecida casa noble de los Contarini se disolvía en ruinas por culpa de una mujer y un comerciante. Ay, estaban condenados, comentaban. Y esto arrojaba oscuridad sobre el futuro de Isabella también. No estaba claro si la familia Contarini se haría responsable o no de ella.

Al conocer la noticia, el cardenal de Mare vació media botella de grappa en soledad aquella noche. Tal vez reflexionaba sobre la mala educación que le dio a sus hijos. Desafortunadamente, Ippólito no estaba y no podíahacerle compañía en una situación tan mala.

Ippólito volvió a casa varias veces después, pero huyó de nuevo al encontrarse con las visitas diarias de Bianca. Sin embargo, Ariadne se encontraba en una posición incómoda para compartir el dolor de la marcha de Isabella. Ella y su hermana eran conocidas por su enemistad mutua, y la profundidad de su relación con su padre era superficial.

En su fuero interno, Ariadne se preguntaba si el cardenal de Mare proporcionaría ayuda financiera a la casa Contarini.

Afortunadamente, no había por qué preocuparse. El discernimiento profesional del cardenal de Mare sobre los beneficios y las pérdidas le llevó a no involucrarse en asuntos que no le beneficiaban. Lo único que hizo fue vaciar media botella de licor mientras reflexionaba sobre su vida en lugar de enviar ayuda para mantener a su hija mayor.

Sin embargo, si el cardenal hubiera conocido el incidente posterior, se habría arrepentido mucho de su decisión.

—¡Pero dijeron que fue un gran éxito!

Ante las palabras de Gabrielle, Ariadne frunció el ceño. 

—¿Y eso por qué?

¿Cómo han podido cambiar las tornas? ¿No debería haber sólo destrucción en el camino? Sin embargo, hasta lo imposible se hizo posible en el mundo de San Carlo.

—¡Bueno, el rey nombró al conde Contarini juez de su recién creada corte real permanente!

Mientras el rey León III estuviera involucrado...

Hasta ahora, el tribunal real sólo se había abierto temporalmente para casos individuales. Sin embargo, ahora el rey pretendía tratar y resolver todos los casos en el tribunal real permanente. El problema estaba en el hecho de que el caso del conde Contarini -el más importante de los casos en curso- ahora sería transferido a la corte real.


—Salvó la vida de los Contarini.

—¡Sí, en efecto! Supongamos que Camellia presentara una demanda ante la corte real sólo para ser juzgada por Ottavio de Contarini. ¡Ella nunca tendría una oportunidad!

—Normalmente, bastaría con devolver los 8.000 ducados para salvar la casa Contarini.

—Bueno... eso es verdad.

Ariadne creía que el rey León III era fiel a su naturaleza de socavar a los demás. En su opinión, era incluso más desafiante que la duquesa Rubina. Aunque el efecto inmediato de sus acciones parecía ventajoso, tenían el potencial de deteriora un valor más significativo, como la confianza pública, a largo plazo.

—¿Camellia está bien? —preguntó Ariadne, suponiendo que Gabrielle ya habría visitado a Camellia.

Como era de esperar, Gabrielle asintió. 

—En realidad, pasé por casa de los Caruso de camino hacia aquí. Camellia estaba furiosa, pero el barón Castiglione hizo muchos esfuerzos por apaciguar su ira.

Camellia era joven y nunca había experimentado que sus derechos legítimos de nacimiento le fueran arrebatados por una autoridad mayor. Por otro lado, el barón Castiglione había atravesado muchas dificultades en la vida. Sus raíces procedían del comercio y de la baja nobleza. Para él, establecer una posición en la capital le habría costado muy caro. Por lo tanto, el incidente correspondiente no fue gran cosa para él.

—Bueno, al menos no has sufrido pérdidas. Era una mera inversión —dijo el barón Castiglione, tratando de tranquilizarla.

—¡Padre! —protestó Camellia.

—Era una inversión para convertir a mí nieto en un conde. Uno siempre debe asumir espacio para pérdidas potenciales en tales circunstancias.

—¡Pero padre! ¡El contrato establecía la transacción como un préstamo!

N/T: Aquí el padre de Camellia le explica que él le dejó dinero a Ottavio pensando que en el futuro incluso si no lo devolvía estaba bien porque al fin y al cabo iban a casarse y su nieto sería conde. 

El marido de Camellia también se unió para apaciguar la frustración de su esposa. La mayoría de los hombres corrientes se habrían sentido consternados por el hecho de que su linaje careciera de título y no pudieran engendrar un heredero noble. Sin embargo, el reputado Caruso no era un hombre corriente. 

—Tienes razón, Camelia. La vida rara vez sigue los términos de los contratos. Si así fuera, yo sería al menos cien veces más rico de lo que soy ahora.

—Tu marido es muy sabio. Qué suerte tienes de tenerlo. Considera una suerte que no haber recibido ningún daño, y olvidémonos de ello.

Ante los serios esfuerzos de los conocidos más cercanos de Camellia por proporcionarle consuelo, su ira remitió. Se dio cuenta de que permitir que su persistente enfado se agravara en la soledad no haría sino amplificar su sentimiento de vergüenza.

—Además, la menstruación de Camelia ha cesado hace tiempo —añadió Gabrielle.

—¡Vaya! —exclamó Ariadne.

La fuerte química marital entre Caruso y Camellia silenció a quienes habían condenado el origen o la edad de su marido. Caruso estaba totalmente entregado a su joven esposa, hasta el punto de que ella nunca tuvo que esforzarse por nada. Su inquebrantable afecto podía compararse a un caudaloso río de oro, que fluía tanto de día como de noche.

—Bueno, el cese de su menstruación no ha sido lo suficientemente largo como para confirmar su embarazo. Aún así, debe prestar atención a su salud.

—Sí, en efecto.

Después, Gabrielle habló de su envidia por lo dulce que era Caruso con Camellia y de su marido.

Luego miró a Ariadne con sutileza. 

—¿Cómo va tu noviazgo con el príncipe Alfonso?

A juzgar por su fugaz vacilación y su tímida sonrisa, ese tema era probablemente el que más le apetecía tratar hoy. 

—Recuerdo nuestras bromas sobre a quién escoger entre el príncipe Alfonso y el conde Césare, ¡pero tú has cortejado a ambos! —Sin esperar siquiera un momento a que Ariadne hablara, Gabrielle soltó una andanada de preguntas—. ¿Cuál es tu impresión de ambos noviazgos?

La pregunta pareció aumentar la excitación de Gabrielle.

—¿Quién es más dulce? Tonta de mí. Por supuesto, ¡debe ser el Príncipe Alfonso! Pero bueno, ¡nunca se sabe hasta que lo experimenta! ¡El Duque Césare podría ser un amor! ¿Quién besa mejor, si se puede saber? ¡Ja! Tendría que ser el Duque Césare, pero, de nuevo, ¿quién sabe? —sus ojos brillaban con impaciencia, pero su siguiente pregunta contrastó con su inocente excitación infantil—. ¿Quién es mejor en la cama?

—¡Gabi! —chilló Ariadne, cortando en seco la pregunta de Gabrielle.

Sin embargo, Gabrielle se negó a cesar y presionó—: Oh, vamos. Será simplemente entre nosotras dos.

Ariadne replicó tajante—: ¡No intimé con ninguno de ellos!

Gabrielle abrió mucho los ojos, pero insistió. 

—¡¿Con ninguno?!

—¡Con ninguno!

Gabrielle había sido siempre una persona tímda, pero se volvió sorprendentemente audaz después de casarse. Sin embargo, Ariadne se sintió aliviada ante su pregunta, pues podía responder con seguridad que no.

Gabrielle, que no era el tipo de personas que difundían rumores, sin embargo podía hacer correr el rumor de “la virginidad de su amiga” entre todos sus conocidos, lo que jugaría a favor de Ariadne. Si hubiera insistido en su pregunta sobre “quién besaba mejor” entre Alfonso y Césare sólo agriaría el humor de Ariadne y la pondría en desventaja.

Había pasado bastante tiempo desde el último beso de Ariadne. Bueno, no había pasado demasiado tiempo si se considera el tiempo absoluto, pues había compartido un beso con Alfonso el día del baile de debutante de Bianca. Sin embargo, tras el inicio de su noviazgo oficial, Alfonso nunca tocó a Ariadne.

Más concretamente, eso coincidía con el día que se encontraron con el duque Césare en la pista trasera del hipódromo. Tal vez su culpabilidad era la causa de su paranoia, pero eso era lo que Ariadne suponía. ‘¿Mi antiguo compromiso con Césare angustia a Alfonso?’

Ariadne recordaba a Césare en su vida pasada. Se ponía muy nervioso cada vez que ella entablaba una simple conversación con otro hombre. Su posesividad se extendía más allá de los nobles establecidos, abarcando a pastores, sirvientes y cocheros.

Aunque Alfonso era más tolerante en comparación, esperar que ignorara la presencia del antiguo prometido de la mujer que amaba sería pedir demasiado.

‘Una vez se entere del intento fallido del rey de coronarme reina, lo más probable es que ponga el palacio patas arriba.’

Ariadne dejó escapar un profundo suspiro. No era culpa suya, ni podía borrar lo sucedido. Aun así, su frustración no se disipó, pues el pasado no podía cambiarse.

Justo entonces, Gabrielle interrumpió sus pensamientos. 

—¿Quién crees que será mejor?

—¿Cómo voy a saberlo? —respondió Ariadne.

SLR – Capítulo 344-1

***

La duquesa Rubina estaba furiosa. Había invitado a Césare como medida para animar al joven conde Contarini a divorciarse de su esposa, pero la condesa Contarini, en cambio, resucitó como un ave fénix.

‘¡Su Majestad ciertamente estableció la corte real permanente para la Condesa Contarini!’

Su intuición le dio la respuesta. El rey León III solía ser hablador y compartía constantemente sus planes políticos con Rubina. Sin embargo, nunca había abordado el tema de la corte real permanente. La repentina delegación de esta responsabilidad a Ottavio de Contarini parecía inverosímil, a menos que se tratara de un regalo improvisado a Isabella de Contarini.

‘¡Y sus ojos!’

La duquesa Rubina había sido testigo de tal deseo en su mirada, pero de eso hacía ya más de 25 años. El rey León III había sido un joven profundamente enamorado de la joven Rubina, y sus ojos habían reflejado anhelo durante su cortejo.

Estaba de un mal humor indescriptible. Tenía que hacer algo. ‘¿Se olvidaría Su Majestad de Isabella de Contarini una vez que esa mujer se divorcie y sea enviada al convento?’

Sumida en sus pensamientos, la duquesa cruzó el corredor real hacia la cámara privada. Eran raras las ocasiones en las que podía pasear en soledad.

‘¿O será mejor que mejore su relación con el conde Contarini y den a luz a un segundo vástago?’

Esta opción poseía una mayor posibilidad. Su belleza se desvanecería una vez ganara peso debido al embarazo, lo que provocaría la indiferencia del rey León III hacia Isabella de Contarini. Había muchas razones detrás de que Césare fuera el único hijo de la duquesa Rubina y de su prolongado reinado como amante del rey.

En primer lugar, pretendía favorecer el embarazo de Isabella y luego expulsarla de la capital, asegurándose de que estaría fuera de la vista y de la mente del rey.

‘¡No! ¡Eso, en cambio, la favorecerá!’

¿Por qué tenía favorecer la relación de Isabella y Ottavio y facilitar que tuvieran un segundo hijo? La duquesa Rubina había estado sumida en pensamientos inquietantes, pero de pronto exclamó—: ¡Oh, Dios mío!

El arrebato se debió a que la duquesa chocó con algo afilado. Al levantar la vista mientras retrocedía, vio al príncipe Alfonso y a sus caballeros desfilando delante de ella. El objeto que la punzó era un conjunto de lanzas de madera sostenidas por los caballeros.

—¡Príncipe Alfonso! —gritó con vehemencia la duquesa Rubina, desahogando su amplia frustración.

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