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SLR – Capítulo 343

 Hermana, en esta vida seré la reina 

Capítulo 343: Noticias esperadas e inesperadas

—¿Esto es...? 

Aquella tiara había sido un regalo de Ottavio a Isabella. Los zafiros rosas de la tiara reflejaban un resplandor en alineación con el ángulo del movimiento de la cabeza del perro gris.

Aunque Ottavio se la había regalado antes de su noviazgo, la tiara era lo suficientemente cara como para servir de regalo de bodas. Para Ottavio, era una muestra de su amor, aunque entonces estaba comprometido con otra.

‘Puede ser otra tiara…’

Pero, para su consternación, una parte de las iniciales grabadas a los lados de la diadema le llamó la atención: A De Mare.

Ottavio quedó desolado. A pesar de su petición de la tiara a cambio de fondos de emergencia para la casa Contarini, Isabella insistió en que la tiara permaneciera en la residencia de su padre como un medio para “demostrar su estabilidad financiera”. Entonces, ¿cómo acabó en posesión de la duquesa Rubina? ¿Había ocultado su entrañable esposa la verdad todo el tiempo?

Isabella también se puso nerviosa, pues, que ella supiera, aquella tiara había desaparecido en algún momento. Antes había utilizado la excusa de que la tiara permanecía en la residencia de su padre para ocultar su negligencia con su preciado regalo. Pero ahora se desvelaba el misterio: ¿cómo había llegado hasta el palacio real?

Fue la duquesa Rubina quien dio respuesta a las preguntas de Ottavio. 

—Encontré esta tiara rodando por el suelo en una visita a la residencia de mi hijo.

Por supuesto, la respuesta no demostraba la verdad. A pesar de la dedicación de Clemente de Bartolini con respecto a la tiara, que había obtenido en la casa de empeños, Rubina tramó fabricar una historia falsa, afirmando que la tiara había sido descubierta en la propiedad de Césare.

—Es una tiara demasiado bonita para guardarla con las existencias polvorientas del almacén, ¿no?

Las partes directamente implicadas se encontraban en el lugar de los hechos. Ottavio se volvió bruscamente para mirar a Césare con fijeza, exigiendo una explicación. Sin embargo, Césare se limitó a encogerse de hombros.

En tono relajado, preguntó—: ¿Había algo así en mi casa?

Solo expuso los hechos, pues Césare nunca había visto la tiara y, naturalmente, no tenía medios para advertirla en su casa. Sin embargo, Ottavio no podía aceptar literalmente aquellas palabras y se sintió incontrolablemente molesto por la expresión y el gesto indiferentes de Césare.

Ottavio se consideraba varonil y generoso por haber perdonado a su amigo hacía varios días, tras su pelea en un pasillo real. La audacia era la definición básica de la hombría, y creía firmemente que él y Césare eran ese tipo de hombres.

Sin embargo, Ottavio tuvo que esforzarse al máximo para mantener la compostura al descubrir que la tiara había estado en posesión de Césare. La tiara de zafiro rosa simbolizaba la entrega de Ottavio a Isabella.

Aunque había adornado la tiara como una muestra de amor, en realidad Ottavio reconocía que había sido un ingenuo insensato al conceder una joya tan costosa -digna de un regalo de bodas- a una mujer que ni siquiera era su amante, todo con la esperanza de ganarse su favor. Ottavio era consciente de que tenía que hacer grandes sacrificios para ganarse el corazón de Isabella y conseguir su mano.

Sin embargo, Césare había cortejado a Isabella sin tal sacrificio. En un amargo giro irónico, el amigo de Ottavio acabó recibiendo la lujosa joya regalada por el propio Ottavio.

Ottavio miró a Isabella con ojos furiosos, consumido por una rabia abrumadora que eclipsaba su razón, completamente ajeno a la grandeza de la presencia real en la estancia. Sus instintos le decían que mirara a Isabella en lugar de a Césare.

—¡Tú! —empezó a gritar.

Isabella pateó a Ottavio en la espinilla por debajo de la mesa. 

—¡Silencio! ¡¿Has olvidado que estamos en presencia de la gran realeza?!

Ottavio se puso furioso. 

—¡¿Cómo te atreves a patear a tu noble marido?!

—¡Ejem!

La disputa de la pareja cesó al instante al oír al rey León III aclararse la garganta. Ottavio e Isabella se congelaron en sus asientos y se volvieron para mirar al rey León III con ojos intimidados, aunque sus gestos más bien avergonzaron al rey, pues había sido sorprendido dejando escapar su asombro ante los pechos turgentes de Isabella.

La ropa interior acolchada que Isabella había llevado para acentuar su atractivo no había impresionado a Césare, pues era muy consciente de lo que había debajo. En cambio, funcionaba muy bien en el rey León III.

‘¿Cómo pueden sus pechos ser tan amplios... desafiando la delicadeza de su menuda figura? Tal vez sea cosa de familia, pues su hermana también comparte el mismo rasgo distintivo.’

El rey León III había albergado pensamientos desagradables como los anteriores mientras contemplaba a Isabella, pero se encontró desconcertado por la repentina atención que captó Isabella y su marido. Carraspeó varias veces más para ganar tiempo.

—¡Ejem! ¡Ejem! Supongo que no podéis centraros.

Era mejor trasladar su culpa a otros en momentos de confusión. Las críticas del rey León III sobresaltaron a Ottavio e Isabella, haciéndoles preguntarse si su atención había decaído. Para terceros, la disputa había cesado por su ansiedad de disgustar al rey.

Sin embargo, había una persona a la que no se podía engañar: la duquesa Rubina. Poseía la capacidad de leer cada pensamiento del rey, pues habían compartido la misma cama durante 20 largos años.

Los ojos de la duquesa Rubina estaban impregnados de ira. ‘¡Esa... Z*rra!’

Sus instintos dirigieron su ira hacia Isabella en lugar de hacia el rey León III.

La vida de Isabella tampoco no era fácil.

***

La involuntaria mediación del rey León III propició un fugaz momento de paz. Sin embargo, nada más subir a su carruaje, Ottavio e Isabella comenzaron a pelearse agresivamente.

—¡¿Por qué demonios estaba esa tiara en las manos de ese asqueroso?!

—¡No tengo ni idea!

—Si tú no lo sabes, ¿quién lo sabría? —Ottavio chilló furioso—. ¡Confirmaste que no había nada entre tú y el Duque Césare! ¡¿Entonces por qué tenía la tiara?!

Isabella frunció el ceño y miró al cielo, sólo para descubrir que el techo del carruaje le bloqueaba la vista, asemejándose a sus limitaciones en la vida.

Ottavio incluso mencionó a su hija. 

—¡¿Giovanna es realmente mi hija?!

Ante esa acusación, Isabella perdió los estribos. 

—¡Asqueroso! —señaló hacia una dirección indeterminada donde yacía su hija—. ¡¿Si el Duque Césare fuera su padre su cara se vería así?!

De hecho, el aspecto de Giovanna reflejaba los rasgos de su padre, pero Ottavio ya no creía ni una palabra de Isabella, lo que le llevó a cuestionar el parecido de la niña con él.

En lugar de eso, estalló en un ataque de ira. 

—¡¿Qué le pasa a mi cara?! —luego divagó sin razón—. ¡Soy mucho más varonil y mejor que el duque Césare! Sus rasgos son demasiado femeninos para un hombre.

Era su última esperanza de que su esposa al menos se pusiera de su parte. Deseaba que su esposa estuviera de acuerdo en que él era superior al duque Césare.

Sin embargo, la respuesta de Isabella fue totalmente razonable e inexorable. 

—Te has vuelto completamente loco.

Ottavio dejó escapar un violento ataque de ira. 

—¡¿Estás insinuando que el Duque Césare es superior a mí?!

Isabella no podía comprender la causa de la brusca e innecesaria obsesión de Ottavio por la superioridad y sus comentarios ridículos. Gritó con altanería—: ¡Todo el mundo estaría de acuerdo en que es verdad!

—¡¿Cómo te atreves?!

El ambiente de odio se intensificó gravemente y ambos estuvieron a punto de arrancarse los ojos. Sentado en el asiento del carruaje, Ottavio apretó con fuerza sus temblorosos puños, pero luego los aflojó con mucho esfuerzo.

—¡Mereces ser golpeada!

Sentada frente a él, Isabella se inclinó tan cerca de Ottavio que su cara estaba a un suspiro de la suya. 

—¡Cobarde! ¡Pégame, vamos golpéame! ¡Atrévete!

Ottavio había bajado la cabeza, pero bruscamente lanzó una mirada hacia arriba, con los ojos totalmente desenfocados. Isabella le había desafiado a recurrir a la violencia. Sin embargo, ante la imponente figura de Ottavio y su mirada inquietante y salvaje, su valentía se desvaneció.

Por desgracia, Ottavio le agarró la mano derecha. En lugar de ejercer violencia, tiró con fuerza del anillo de su dedo índice. 

—Serás privada de este cargo —el anillo de oro, radiante, marcaba el símbolo de la señora de la casa de Contarini.

SLR – Capítulo 343-1

—¿Cómo voy a confiar en ti, ni siquiera puedo saber si el bebé es mío u de otra persona? —añadió luego. 

—¡¿Cómo te atreves?! —chilló Isabella.

Ese anillo servía como sello de la casa de Contarini para los documentos relativos a transacciones financieras. Quitarle el anillo a Isabella simbolizaba despojarla de todo poder y autoridad.

—¡He confirmado repetidamente que es tu hija!

Sin embargo, Ottavio no pudo oír ni una palabra debido a su alegría triunfal al ver el pálido semblante de Isabella. 

—Isabella de Contarini, conoce tu posición.

Isabella pertenecía ahora a la casa de los de Contarini y estaba, por tanto, bajo la autoridad de Ottavio, lo que significaba que su marido poseía su derecho a vivir o morir.

Sin embargo, Isabella no se dejaba dominar fácilmente.

—¡Idiota! ¡No me importa si robas el maldito sello de la casa! —Isabella gruñó como un animal salvaje al despojarle del anillo—. ¡¿Ocho mil ducados?! ¡Pronto estarás en bancarrota, tonto!

Su fuerza interior parecía lo bastante poderosa como para vencer la de cinco Ottavios. 

—Todos los usureros de San Carlo se agolparán en esta casa, exigiendo reembolsos. En cualquier caso, ese anillo perderá todo su valor. No es más que un trozo de cobre.

—¡Está chapado en plata pura y oro!

—¡Idiota ignorante! ¡¿Ni siquiera puedes percibir la esencia de mis palabras?!

Sin hacer caso a sus amos, gritándose como animales salvajes, el carruaje prosiguió su camino hacia la casa de los Contarini, siguiendo la ruta predeterminada. El estrecho camino, que se desviaba del bulevar principal y serpenteaba alrededor de la colina, les guió hasta la entrada de la mansión de Contarini. Al entrar en esa estrecha ruta, la premonición de Isabella se desplegó ante ellos. Filas de usureros tomaron sus posiciones en los terrenos de la residencia.

En el reino religioso de Jesarche, la usura estaba estrictamente prohibida. Por lo tanto, sólo los lumerianos se dedicaban a este negocio. Los que se dedicaban a la usura eran fácilmente identificables por sus cinturones del tamaño de una palma, característica típicamente asociada a los lumerianos. Era un espectáculo extraordinariamente grandioso, ya que las reuniones de tal magnitud entre lumerianos eran poco frecuentes, limitándose normalmente a los actos celebrados en la iglesia lumeriana.

—¡Conde Contarini! ¡Reembolse mi dinero inmediatamente!

—¡Usted es el responsable así que pague!

—¡La casa Contarini tiene una obligación de pagar de por vida ya que se hicieron préstamos en su nombre!

Dudando de su capacidad de maniobra a través de la estampida de acreedores para entrar en la casa, Ottavio se quedó con la boca abierta. Había demasiado en juego para un matrimonio que había salido mal.

Miró a Isabella una vez más, resentido por su error verbal. Si Isabella hubiera mantenido la bocaza cerrada en la boda de Camellia, su residencia podría haber estado protegida de los usureros. Una cosa estaba clara: ella tenía toda la culpa.

***

Ariadne leyó "Il Principe" (El Príncipe) con Bianca. 

—Existe una brecha gigantesca entre “cómo se debe vivir” y “cómo vivir”.

Tras leer esta frase, Bianca pareció desconcertada e hizo una pregunta a Ariadne. 

—Ariadne, no entiendo esta frase.

Cuando Bianca fue informada del noviazgo de Alfonso y Ariadne, empezó a llamar a la condesa de Mare por su nombre, a pesar de que Ariadne se había resistido con vehemencia. Era un símbolo de rebeldía, que requería una importante dosis de valor para una persona tan tímida como Bianca. Y Bianca estaba muy satisfecha hasta ahora, salvo por la escalada de sus tareas académicas que chocaban con su anhelo de una vida más entretenida en la capital.

—La Santa Sede predica que hay que “vivir de la Biblia”, pues es un deber esencial para un creyente admirable.

Ariadne miró a Bianca con ojos profundos. Había una causa detrás de que le asignara este libro en concreto a Bianca. —Bianca, ¿cuál es el título de este libro?

—Il Principe.

—Correcto. Sin embargo, la metodología no se aplica al público en general.

La metodología era válida para una autoridad real responsable de guiar a sus súbditos más allá de las limitaciones morales, navegar por un viaje traicionero y desafiante, y crear atajos a través de un desierto inexplorado.

La respuesta de Ariadne dejó perpleja a Bianca, que replicó—: Sin embargo, ¿no implica eso que un monarca es más especial que los demás? El Gon de Jesarche afirma que todas las personas son iguales a los ojos de Dios...

Ariadne se limitó a sonreír. Era cierto que una familia de monarcas tenía techos más altos en cuanto a limitaciones morales. Sin embargo, los que los definían como “especiales” percibían menos de la mitad de los elementos necesarios que debía soportar un monarca. Estos elementos incluían la responsabilidad, la soledad, empaparse las manos de sangre y arder en las llamas del infierno en soledad... si es que el infierno existía.

Aunque no existiera el infierno, los monarcas estaban en posición de cargar con toda la responsabilidad de la toma de decisiones sin ningún defensor.

Bianca poseía muchas cosas y estaba obligada a recorrer el camino solitario que se exige a un monarca, a menos que pretendiera confiar su destino a un tercero.

—Mi señora.

Ariadne estaba a punto de dar más consejos a Bianca, pero su acogedora conversación fue interrumpida por Sancha.

—¿Qué puede ser, Sancha? —preguntó Ariadne—. Dije que nada de interrupciones en medio de nuestra conversación.

—Pero tienes un invitado —protestó Sancha.

—¿Quién es? 

Ariadne se había puesto a disposición de Bianca durante toda la tarde. No debería haber recibido visitas.

—Lady de Montefeltro ha venido…

La visitante era Gabrielle. Sancha estudió el semblante de Ariadne. 

—Sin embargo, es cierto que no se concertó ninguna cita con antelación. ¿La despido?

Tras pensarlo un momento, Ariadne respondió con un breve gemido—: No, acompáñala a la habitación de al lado.

Ariadne le debía a Gabrielle su apoyo y se sentía obligada a devolverle el favor. Encontrarse hoy con Gabrielle no fue motivo de arrepentimiento para Ariadne porque la consideraba una amiga que nunca venía con las manos vacías.

***

Yo sé que no suelo pedir esto pero uno de mis grupos kpop favoritos está haciendo comeback (ARTMS) me harían muy feliz si vieran su MV oficial, no tiene muchas vistas 🥺🩷🩵

Les dejo aquí enlace: https://youtu.be/xaifExp4YJg?si=rPP2StcW4_4S_57n

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