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SLR – Capítulo 350

 Hermana, en esta vida seré la reina 

Capítulo 350: Fuerte, débil, débil y fuerte

—¿Cómo puedes llamar fea a mi Bella? —replicó la duquesa Rubina en un acto reflejo. Luego, al darse cuenta de su error, se mordió la lengua. La clave para conseguir los amplios favores del rey León III era sencilla: hiciera lo que hiciera, incluso mientras elogiara a las mujeres, nunca se oponía a él. Rápidamente cambió de tema.

—¡Pero la condesa es muy linda! ¡Una margarita detrás de la oreja de un perro!

Hizo todo lo posible para que su tono no reflejara burla. Parecía que tuvo éxito, ya que el rey León III sonreía de oreja a oreja. 

—¿Verdad que sí? ¿También te parece guapa?

Todos los hombres de la familia De Carlo parecían tener los mismos gustos en cuanto a mujeres.

—Es tan pequeñita pero está llena de ideas brillantes. Le espera un futuro tan prometedor a esa joven con tanto talento.

‘Eso sólo se diría de una mujer soltera, no de una madre casada’, quiso decir, pero en lugar de eso se mordió la lengua.

Reprimiendo las convulsiones que amenazaban con apoderarse de sus labios, esbozó una amable sonrisa. 

—En efecto... Los jóvenes pueden ser bastante peculiares.

El rey León III no podía tener tacto. 

—Sí. Es peculiar. ¡Creativa!

O no se había dado cuenta del disgusto de su mujer, o simplemente no le importaba.

—Sostuvo al perro en el aire, ¡y pareció encantarle! ¿Sabes lo que hizo la querida niña después de eso?

De repente la llamaba “querida niña” en vez de “Condesa Contarini”.

—¡Lo lanzó al aire! No lo hizo con mucha fuerza, ¡y el perro parecía divertirse!

—Dios mío...

—¡Se retorcía salvajemente, y era el espectáculo más adorable! Jajaja.

—Jajajaja.

Rubina intentó seguirle la corriente riendo.

—¡Muy inteligente! No el perro, por supuesto. Me refiero a la condesa —gritó el rey León III, con los labios llenos de saliva por la emoción.

—Por supuesto...

Rubina sabía que tenía que halagar más a Isabella, pero sintió una repulsión instintiva que la hizo callar. Esta vieja esposa había logrado sobrevivir hasta ahora fingiendo ser generosa. Con una sonrisa cortés en el rostro, esperaría su momento, lanzando piropos a cualquier jovencita que le fascinara en ese momento.

En algún momento iban a cavar su propia tumba.

La duquesa Rubina se enorgullecía de ser la mejor. Tenía talento para ser la amante duradera, y había hecho una larga carrera de ello. Cuando sonreía y elogiaba a una chica, haciéndole preguntarse si realmente le agradaba a la duquesa Rubina después de todo, el error perfecto se presentaba en el momento previsto.

Si la chica no tenía nada a su favor más que su aspecto, intentaría usar al rey León III. Si era tonta, se dejaría tentar por otros hombres más jóvenes, provocando la ira del rey.

Pero Isabella de Contarini era imposible de descifrar. La duquesa suponía que la única baza de la muchacha era su aspecto, pero le sorprendía con un sorprendente nivel de astucia. A veces, cuando la duquesa creía que la muchacha era tonta, demostraba un nivel de perseverancia y resistencia que le habría permitido salir directamente del infierno.

Rubina empezaba a preocuparse, desagradablemente, de que si alababa más a Isabella, el rey León III empezara a considerarla una mujer asombrosa. El rey León III reprimió una risa alegre ante la expresión seria de Rubina. Tenía más cosas que elogiar de Isabella, pero no estaba seguro de si debía decir más. Sin embargo, a juzgar por la reacción de Rubina, había hecho bien en no continuar. Esto mejoró su humor.

—Gracias por pensar tan bien de mi marido, Su Majestad.

Isabella, la condesa Contarini, había hecho una cortés reverencia al rey León III mientras su marido, Ottavio, había ido al baño.

El rey León III había soltado una carcajada y elogiado a Ottavio. 

—¡Son una pareja hecha en el cielo, parece! Claro que es un buen joven, ¡si tiene una esposa tan buena como tú! —Había añadido también en tono conspiratorio—: Por su bien, condesa, me aseguré de que el conde Contarini reciba importantes responsabilidades. Puede estar orgullosa por ello.

Aunque elogiaba a la pareja, al parecer el encargo no había sido concedido por el talento de Ottavio, sino porque Isabella lo había complacido. Era una declaración desconcertante. El rey León III estaba tanteando el terreno.

—Madre mía... —dijo Isabella, inclinando ligeramente la cabeza con un rubor en las mejillas. Sonreía adorablemente, pero sus ojos amatistas estaban sorprendentemente desprovistos de emoción. El rey León III ladeó la cabeza. Él, el viejo mujeriego, se enorgullecía de su capacidad para leer a la gente. Pero no estaba seguro de qué pensar de aquella joven.

Una cosa era segura: la joven Isabella era sorprendentemente hermosa. Era tan delgada que costaba creer que hubiera dado a luz, y su figura se mecía suavemente al compás de sus movimientos. Y los labios retorcidos que componían su sonrisa angelical bastaban para marearle.

El rey León III renunció a intentar comprenderla. Para empezar, nunca le habían importado mucho los sentimientos de los demás. Y si algo salía mal, sabía que podía manejarlo.

El rey León III le tendió la mano precipitadamente y le acarició la mejilla. 

—¡Oh, querida!

Esto solía bastar. Si la mujer iba a enamorarse de él en algún momento, era entonces cuando saltaba a sus brazos. Las mujeres rígidas que eran más adecuadas para un monasterio que para San Carlo gritaban, dejando clara su posición. Pero esta Isabella de Contarini, que una vez había sido la mujer más deseada de San Carlo, la femme fatale que había roto innumerables corazones.

—Oh, por favor —dijo ella, quitándole la mano de la mejilla. Lo miró a los ojos y sonrió.

El rey León III parpadeó, sin saber qué hacer con esta mezcla de rechazo y consentimiento. Precisamente en ese momento regresó el conde Contarini. Ottavio regresó torpemente al lado de Isabella, avergonzado de haber ido al baño mientras tenía una audiencia con el rey.

Sonrió entusiasmada a su marido.  

—¡Cariño! Su Majestad te ha alabado.

Se pegó al lado de Ottavio, mirando al rey León III con la más hermosa de las expresiones. Isabella no apartó los ojos del rey León III hasta que terminaron de tomar el té. Incluso cuando caminaba por un sendero, con la mano de su marido entre las suyas, cuando alababa al rey por haber concedido a Ottavio semejante bendición, cuando hablaba de su madre que había tenido una muerte lamentable, secándose las lágrimas de los ojos, su mirada estaba fija en el rostro del rey León III todo el tiempo.

‘¿Alejó mi mano porque sabía que su marido iba a volver?’ se preguntó el rey León III. ‘¿Estaba siendo cautelosa por su marido? Pero si era así, ¿por qué seguía mirándome incluso después de que regresara su marido?’

El rey León III se palpó los dedos índice y corazón de la mano derecha, que Isabella había agarrado. No podía olvidar la suave textura de aquellas pequeñas manos.

‘Dios mío... nunca había visto a una mujer como ella.’

SLR – Capítulo 350-1

Aunque no se había dado cuenta, Isabella había dominado su mente desde su encuentro con ella. Un pez gigante había entrado en su infalible red permitiéndole a la señorita de Mare reinar en la alta sociedad.

***

La mujer pecadora que así había robado el corazón a más de un de Carlo se lo estaba pasando en grande últimamente.

—¡La Condesa Contarini es diferente!

Disfrutaba de los elogios que recibía de todas y cada una de las nobles de la alta sociedad.

Los humanos son criaturas interesantes. Siempre habría gente que persiguiera beneficios específicos, como algo natural. Después de que el conde Contarini se convirtiera en juez de la corte real permanente, las esposas de todos los hombres que tenían un pleito en curso pululaban alrededor de Isabella como abejas.

Eso era fácil de entender. El beneficio económico era una motivación segura. Ella habría hecho lo mismo en su lugar.

Pero una vez establecido un cierto estado de ánimo general, incluso aquellos que no tenían nada que ver con la corte real se abalanzaron sobre ella como polillas a la llama. Buscaban todas las ventajas posibles. Se disputaban las invitaciones a los mismos eventos a los que asistía Isabella y acudían a ella con bonitos cumplidos, regalos y oportunidades de riqueza para ganarse su favor.

Isabella se rió. 

—Eres demasiado amable.

—¡Hay que darles una lección a los mercaderes, como ves, y tú has hecho precisamente eso! —dijo la madre del marqués Montefeltro, alzando excitada la voz hacia Isabella. Su nuera, sin embargo, la marquesa Gabrielle Delatore Montefeltro, mantuvo la mirada perdida y guardó silencio.

Isabella sonrió con satisfacción. 

—Marquesa Gabrielle. No debe encontrar esta reunión muy agradable, supongo.

Gabriele levantó la vista, sorprendida. 

—¿Yo?

Isabella saboreó la confusión de Gabriele con una sonrisa pausada en el rostro. Lentamente, se llevó el té a los labios y dijo—: Sí. Usted era amiga de lady Vittely antes de casarse —sonrió socarronamente—. De ninguna manera, ¿No me diga que siguen siendo amigas?

Gabrielle se calló, con los ojos desorbitados. Isabella le exigía que demostrara su lealtad. Sus bonitos ojos decían: “Si quieres formar parte de este grupo, declara públicamente que no eres amiga de Camelia, una simple mercader.”

Gabrielle comprendió lo que se le pedía, pero tembló, incapaz de responder. La taza de té y el platillo que tenía en las manos traqueteaban entre sí. La anciana Montefeltro miraba fijamente a su nuera y Gabrielle se dio cuenta de que ahora tenía que tomar una decisión.

Podía declarar que seguía siendo amiga de Camellia y abandonar a ese grupo de grandes nobles que incluía a su suegra, o ceder a la presión y disfrutar del estatus y la riqueza para los que había nacido.

—¡Niña! —dijo Lady Montefeltro en voz baja, incapaz de seguir mirando. Le dio una patada al zapato de Gabrielle que llevaba bajo el vestido.

Gabrielle inclinó lentamente la cabeza. 

—Por supuesto que no... Condesa Contarini —decidió obedecer. No podía abandonar a su familia y su vida social por Camellia.

Isabella aplaudió con alegría el servilismo de Gabrielle. —Sabía que diría eso, marquesa Montefeltro, es decir, Gabrielle —dijo con una sonrisa brillante—. Éramos muy amigas cuando éramos pequeñas, lo debes recordar.

Esta frase tenía múltiples significados. Isabella se burlaba de ella diciéndole: “Te conozco. Nunca podrías abandonar tu propio beneficio para estar al lado de tu amiga”. También se burlaba de Gabrielle y la convencía de que se quedara a su lado ofreciéndole un trato de amiga.

Isabella habló en un tono que parecía un susurro pero que era lo suficientemente alto como para que todos la oyeran. 

—Si se habla de nuestra conversación en otra parte, supondré que se lo has contado a Lady Vittely, Gabrielle —miró a su alrededor, buscando complicidad—. No tenemos mucho que ver con los mercaderes. No hay posibilidad de que se filtre a otra parte, ¿verdad?

Estaba trazando una clara línea entre “ellos” y “nosotros”. Las nobles asintieron como si fuera lo más natural del mundo, y gotas de sudor frío se formaron a lo largo de la espalda de Gabrielle.

—¡Por supuesto que eso nunca ocurrirá, condesa Contarini! —dijo en voz alta Lady Montefeltro. Le gustara o no tenía que estar junto a Gabrielle, su su nuera caía en desgracia con Isabella. Así era la familia y los lazos creados por el matrimonio.

—¡Nuestra chica no es tan tonta!

Isabella no dejó que Lady Montefeltro se librara tan fácilmente. 

—Tendremos que verlo —dijo Isabella, abriéndose el abanico y cubriéndose la cara, evitando la mirada de Lady Montefeltro. Se dio la vuelta—. ¿Por qué no vamos a echar un vistazo a nuestra trampa?

Era hora de dirigirse a la “sala de fiestas”. Todas las mujeres de la nobleza rieron a la vez.

—¡Querida mía! ¡Estoy emocionada!

Isabella rió con ellos y dio un paso adelante. Los demás la siguieron en pequeños grupos. Sólo Gabrielle se quedó donde estaba, temblorosa y pálida.

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