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SLR – Capítulo 351

 Hermana, en esta vida seré la reina 

Capítulo 351: Requisitos para la admisión 

Las invitaciones se habían repartido claramente entre el 10% de la clientela de la modista Ragione, en función de sus compras. Pero cuando la gente llegó a la fiesta, en la entrada se les contó otra historia.

—¿Qué? ¿Cómo que no podemos entrar? —protestó Caruso—. ¡Tengo la invitación aquí mismo!

El portero miró a Caruso de arriba abajo con desdén, como si el tono del hombre le pareciera desagradable. Parecía creer que trabajar para un noble le daba los mismos privilegios. Respondió con voz descuidada y pausada.

—Usted no es un noble, ¿verdad? Esta es la mansión Fiorucci. Si no es noble, no puede entrar. Esas son las reglas.

Camellia intervino. 

—Un momento. Aquí en la invitación dice que la entrada es “en función de la cantidad comprada”.

En efecto, la invitación así lo indicaba, además de una indicación indirecta del rango del invitado en términos de gasto. En el sobre había un número de tres cifras que indicaba el orden de envío. Eran idénticos a los de la clasificación de gastos.

—¿Qué importa si uno es noble o no, si la cantidad gastada se utiliza como norma? —preguntó Camellia.

Su número era el 004, lo que la situaba por encima de la mayoría de los nobles. En primer lugar estaba la duquesa Rubina, asidua de la modista Ragione desde hacía casi 30 años. Ariadne le pisaba los talones a Camellia y la alcanzaba rápidamente con sus propias compras. El duque Césare Pisano, que sorprendentemente nunca se había puesto nada de lo que había comprado, ocupaba el tercer puesto.

—¡No entiendo por qué no me dejan entrar!

Nadie por encima de Camellia era noble en el sentido tradicional de la palabra. Así de irrelevantes se habían vuelto el rango social y la riqueza en el reino etrusco. El guardia se negó a ceder.

—Eso no me concierne. Por favor, lleve sus quejas a la modista que decidió esta mansión como lugar de celebración. Debe ser noble para entrar en la mansión Fiorucci.

Caruso se quedó boquiabierto. Su expresión cambió aún más ante el comportamiento altivo del hombre. No era una persona que se enfadara fácilmente, pero este hombre parecía estar provocándolos a propósito.

—La salida está a la izquierda —dijo burlonamente el portero—. ¿Quiere que le muestre el camino?

¿Cómo podría ser peor? Pero era mucho mejor estar a solas con ese arrogante portero que tener a otros espectadores. Una noble de mediana edad con mechones grises en el pelo se apartó torpemente, con una invitación en la mano. Dada la conmoción, parecía estar intentando decidir si la dejarían entrar.

El portero sonrió a la noble. —¡Condesa Rondinelli! Bienvenida.

Parecían conocerse. 

—¿Va todo bien? —le preguntó al portero.

Éste miró a propósito a su alrededor. Dijo agradablemente—: Oh, por supuesto. Sólo unos plebeyos causando problemas. Me desharé de ellos enseguida. Por favor, entren.

—Gracias —dijo la condesa Rondinelli con una sonrisa, entrando. Ni siquiera se había dignado a mirar a Camellia, lo que demostraba que la consideraba algo menos que humana, tal vez un mueble o ganado.

Camellia se había escandalizado a su manera por cierta palabra que había utilizado el portero. ‘¿Plebeyos?’

Camellia palideció al instante. Comprendía la lógica, pero su corazón se negaba a aceptar lo que estaba ocurriendo. Camellia era hija de un barón y había vivido toda su vida como tal. Después de que Isabella le arrebatara a Ottavio de Contarini, le había sido imposible encontrar a otro hombre como él. En su apuro, había recurrido a Caruso Vittely en su lugar, que era rico pero sólo un plebeyo. Había sido necesario para su supervivencia.

La decisión había sido tan abrupta que no había tenido tiempo de pensar en ella ni de procesar lo que significaba a nivel emocional. Al abandonar el ala paterna y convertirse en la señora de la casa de su marido, había podido disfrutar de todo lo que había tenido como joven soltera, y su marido la adoraba. Su nivel de vida incluso había mejorado.

Todos estos cambios la habían llevado a retrasar la reflexión sobre las repercusiones de su decisión, y eso la había alcanzado ahora.

Caruso escuchó sin mostrar mucha emoción, entonces se dio cuenta de que Camellia, de pie a su lado, parecía profundamente perturbada.

N/T: Aunque Camellia se casara siendo hija de un barón al hacerlo con un plebeyo bajó en la escala social volviéndose ella también plebeya.

—Querida...

La simpatía y la rabia estallaron en su interior. Pensar que su joven esposa estaba siendo objeto de ultrajes porque le había elegido a él le hacía hervir la sangre. Para colmo, se les acercó alguien a quien no querían ver.

—Madre mía. ¿A quién tenemos aquí?

Era Leticia de Leonati, la hija del vizconde Leonati.

Caminó lentamente delante de Camellia y sonrió. 

—Vaya, pero si es Camellia. Ha pasado tanto tiempo.

Camellia frunció el ceño. Hacía tiempo que había borrado a Leticia de su lista de amigos. Camellia no era un alma amable e inocente. Al ser una pieza clave de la alta sociedad de San Carlo, tenía un carácter muy calculador. Dejando a un lado todas las consideraciones de amistad, Leticia estaba un nivel por debajo de ella, o al menos eso pensaba Camellia. La familia Leonati era de bajo rango y poco influyente.

Y en términos de riqueza, que había sido el criterio utilizado para enviar las invitaciones a la fiesta de hoy, era evidente que Leticia no tenía derecho a estar aquí. Los Leonati eran una anodina casa noble de la capital y no podían permitirse gastar libremente en lo que quisieran. Ni siquiera eran uno de los principales clientes de la modista Ragione; de hecho, ni siquiera podían entrar en el ascensor de los clientes ordinarios.

Camellia ignoró por completo el saludo de Leticia y se volvió hacia el portero, dispuesta a replicar. 

—Las invitaciones dicen que se basan en la cantidad de compras que ha hecho un cliente.

En realidad, había querido decir lo mismo cuando la condesa Rondinelli había estado aquí. Aunque Camellia estaba segura de haber gastado más que la condesa, no lo sabía todo sobre la casa Rondinelli. Por lo tanto, le había correspondido ser prudente con lo que decía públicamente.

Sin embargo, esto no ocurría con Leticia. Camellia confiaba en poder contar hasta las cucharas de la casa del vizconde Leonati.

—¿Qué hace ella aquí? —preguntó Camellia al portero, señalando con el dedo a Leticia—. La casa Leonati no puede estar entre los mejores clientes.

Leticia sintió una ola de rabia ante el desaire. Isabella le había advertido que algo así podría ocurrir, pero no pudo evitar sentirse molesta igualmente. Leticia abrió su pecho plano, pero ancho, como un gallo.

—Yo también he comprado algo —sacó un pequeño abanico, las varillas hechas de ébano delicadamente tallado en lugar de marfil—. Hermoso, ¿eh?

Camellia sonrió con desdén. La versión hecha con marfil era cara, pero no la de ébano. El precio se había rebajado por las grandes cantidades de producción para poder venderlo a las masas. Isabella le había comprado a Leticia un abanico negro mientras se compraba uno blanco para ella. Así fue como Leticia entró en la lista de clientes. Aunque Camellia no conocía los detalles exactos, no le resultaba difícil adivinar cómo se había llegado a esta situación.

Camellia estaba a punto de ignorar a Leticia una vez más y volver a exigir la entrada al portero cuando una hermosa voz la interrumpió.

—Es gracias a mujeres como tú —llegó la voz de Isabella. Detrás de ella había un verdadero ejército de mujeres de la nobleza.

SLR – Capítulo 351-1

—Aquí tenemos a una persona que nunca podrá ser una de nosotras, por mucho dinero que gaste —Isabella se burló—. La gente como tú es eliminada de la lista, y los que están al final de la fila tienen una oportunidad de subir. Le estás haciendo un favor a Leticia, querida.

Era difícil saber a quién intentaba insultar, pero Leticia ya se había puesto del lado de Isabella. No podía cambiar de bando ahora porque se sentía menospreciada. Respondiendo con entusiasmo a Isabella, Leticia miró a Caruso de arriba abajo.

—¡Así es! Isabella tiene razón. ¿Quién vendría a esta fiesta si a hombres como él se les permitiera entrar?

—Esto no tiene nada que ver con el dinero. Es el tipo de hombre que llevaba botas en una pescadería y deshuesaba pescado —añadió Isabella.

Caruso no dijo nada, ya que en realidad había sido contrabandista de tabaco, no pescador.

Pensando que Caruso se veía obligado a darle la razón, Isabella arrugó su bonita frente. —Me temo que el olor a pescado no combina bien con el champán. ¿No estás de acuerdo, Gabrielle?

Camellia se fijó por fin en Gabrielle, que estaba detrás. La joven se puso en pie temblando. Las dos tomaron el té ayer mismo. Al notar la mirada de Camellia, Gabrielle se apresuró a mirar al suelo y Camellia sintió que se le hundía el corazón.

Isabella presionó a Gabrielle. —¿O no somos tan amigas después de todo? Marquesa Montefeltro, ¿qué me dice?

Gabrielle se quedó clavada en el sitio, mordiéndose el labio y mirando al suelo. Era lo máximo que podía hacer para resistir, y Camellia vio un rayo de esperanza en su vacilación. Al menos había una persona que podía estar de su lado.

—¿Marquesa? —Isabella dijo de nuevo.

—¡Niña! —susurró ferozmente la suegra de Gabrielle. Al ver que Gabrielle dudaba, levantó la voz—. No fuiste capaz de mantener a raya a tus hijos, ni siquiera de controlar adecuadamente a tu marido. ¿Y ahora te empeñas en arruinar nuestra reputación? ¿De verdad me obligarás a reconsiderar dejar que tu hijo mayor vaya a Padua?

—Los nobles deben pasar tiempo con los nobles... y los mercaderes con los mercaderes —dijo Gabrielle finalmente con voz apenas audible.

—¡Gabi! —gritó Camellia, con la cara llena de asombro. Gabrielle evitó su mirada girando la cabeza. Indignada, Camellia empezó a llorar. Podía entender el motivo del comportamiento de Gabrielle, pero su corazón seguía lleno de resentimiento. 

—¿Cómo has podido hacerme esto?

Gabrielle no se disculpó. No era la situación adecuada para disculparse. Isabella miraba con una sonrisa victoriosa mientras las mujeres de la nobleza cuchicheaban solas en el fondo.

La gente podría decir más tarde que la condesa Contarini había ido demasiado lejos, y que la marquesa Montefeltro y Lady Vittely merecían ser compadecidas, pero eso era suponiendo que hoy no hubiera ocurrido ningún problema aquí. Camellia, sin embargo, estaba tan enfurecida que no era capaz de pensar tan lejos.

—¡Gabi...!

Camellia, que estaba a punto de discutir con Gabrielle, fue detenida de repente por el portero de los Fiorucci. La empujó hacia atrás sin previo aviso y ella se hundió en el suelo, con las manos en el vientre.

—¡Ahh!

—¡Camellia! —Caruso corrió hacia ella, horrorizado—. ¡Oh, no, Camellia! ¿Estás bien?

Aggh. 

Había sangre roja brillante en la falda de su vestido de satén amarillo de Camellia.

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