SLR – Capítulo 328
Hermana, en esta vida seré la reina
Capítulo 328: El pecado original y la confesión
En el oscuro y vacío espacio estaba sentado Alfonso, arrodillado y llorando. Ariadne le dirigió una fugaz mirada desde atrás antes de darse la vuelta en silencio para salir del despacho.
Su salvadora no identificada, velada durante años, se revelaba ahora: era su difunta madre. Su cariñosa madre era la personificación de la realeza, un ejemplo de benevolencia y amor inquebrantable por sus súbditos. En cambio, también había sido una política que los había sacrificado.
El motivo del pecado imperdonable de la reina Margarita fue salvar a su hijo, lo que convirtió a Alfonso en cómplice del pecado y de la falta. Además, se dio cuenta de que nunca había existido amor entre sus padres.
Ariadne pensaba que Alfonso necesitaba tiempo en soledad, pues ese tiempo le permitiría reorganizar las piezas del reconocimiento y de la realidad y volver a ponerse en pie. Ariadne era el tipo de persona que organizaba sus pensamientos en soledad y naturalmente suponía que Alfonso haría lo mismo.
Por desgracia, la puerta crujió ruidosamente cuando se disponía a salir del despacho. El refugio de Rambouillet había sido mal construido, por lo que un buen mantenimiento ayudaba poco. Ariadne se había preparado para salir en silencio, pero se estremeció ante el inesperado sonido.
—Ariadne... —Alfonso llamó con voz tenue.
Ariadne se disculpó de inmediato.
—Perdóname, Alfonso. Intenté marcharme en silencio, pero fracasé. No perturbaré tu momento de soledad. Por favor, avísame cuando estés preparado para volver....
Sin embargo, no pudo terminar la frase, pues Alfonso se le había acercado a grandes zancadas y la abrazaba por detrás.
—No te disculpes, pues soy yo quien debe pedirte perdón.
Su gigantesco cuerpo masculino la abrazó por detrás. Ariadne nunca había esperado una situación así y se puso rígida como una estatua ante su respuesta.
—El regalo era tuyo... —Alfonso se dio cuenta—. Ahora todo está claro...
Mechones de pelo rubio blanqueado por el sol cosquillearon las sienes y las mejillas de Ariadne. Se quedó paralizada, incapaz siquiera de respirar.
Abrazándola, Alfonso fue bajando poco a poco la cabeza. Finalmente, Ariadne sintió las lágrimas calientes de los ojos de Alfonso en la nuca.
—Desde mi partida de San Carlo... El día en que te vi por última vez... El día en que te alzaste sobre las murallas... Cada favor tenía un precio.
Los galicanos habían atrapado al príncipe Alfonso y a su séquito dentro de los confines del palacio, mostrando precisamente el retrato de “demonios en la tierra”. Sus malos tratos al príncipe y a sus hombres y la tortura del señor Elco eran una prueba inequívoca. Para colmo, el rey Filippo IV había asesinado a su primo para conquistar la totalidad de la nación vecina.
Pero otras naciones no eran menos malvadas que el reino Gallico. Los paganos eran terriblemente malvados. El Gran Duque Juldenburg el mejor entre los hombres virtuosos, sólo había perdonado la vida a Alfonso por su firme adhesión a sus convicciones religiosas.
Le había hecho un favor, pero el precio a pagar era excesivamente alto. A Alfonso no se le concedía nada cuando formaba parte de la tropa del duque Juldenburg. Tenía que conseguir logros militares sólo para ganarse el sustento.
Tampoco se podía confiar plenamente en sus compatriotas, ya que él y sus caballeros habían sido amenazados en numerosas ocasiones por mercaderes etruscos en el extranjero. Por otro lado, el príncipe Alfonso y sus caballeros estaban obligados por el homenaje vasallo. A cambio de la obediencia absoluta y la lealtad inquebrantable de sus caballeros, Alfonso estaba obligado a asegurarles la gloria terrenal.
N/T vasallaje: Vínculo de dependencia y fidelidad que una persona tenía respecto de otra, contraído mediante ceremonias especiales, como besar la mano el vasallo al que iba a ser su señor.
Por otra parte, ni siquiera podía confiar en su linaje. Su padre biológico, la personificación del Reino Etrusco, lo había abandonado. Su padre, también patriarca de la nación y Sol de Etrusco, lo había arrinconado en una situación de vida o muerte, olvidándose de ofrecerle ayuda y confiando únicamente en los consejos de su señora.
Tal vez quería que su hijo experimentara los campos de batalla en el extranjero. En esta calamitosa situación, estaría eternamente agradecido al donante de 100.000 ducados.
—Una ayuda monetaria como ésta nunca llega a su legítimo dueño. Aunque mi madre me dejó el dinero en su testamento, es prácticamente tuyo, Ariadne.
El profundo aliento de Alfonso le hizo cosquillas en la nuca. Su calor se extendió gradualmente hacia abajo desde sus sienes y mejillas. Era como la gravedad, una fuerza que no podía ser controlada por el poder de los mortales.
Ariadne no fue una excepción y se encontró seducida por aquel poder irresistible. En cuanto la abrazó, se le llenaron los ojos de lágrimas. De algún modo, se encontró anhelando que, al cerrar los ojos, pudiera volver a los días felices en los que ambos se amaban, en los que la reina Margarita gozaba de salud y vitalidad, y en los que Lariessa no había entrado en sus vidas.
Por aquel entonces, su única oponente había sido Isabella. Si vencía a su hermana, sería coronada princesa de Alfonso y ambos vivirían felices para siempre.
‘¿Desde cuándo las cosas van mal?’ Una lágrima cayó del ojo de Ariadne. Los labios húmedos de Alfonso le hicieron cosquillas en la nuca.
Con los brazos rodeándola por detrás, Alfonso le susurró—: Ari, eres la única que me ha expresado amor incondicional y me ha querido como soy.
Sin embargo, la respuesta a la pregunta interior de Ariadne fue chocante.
—¿Cuándo empezaron a ir mal las cosas? Desde el principio.
Una figura mística le susurró. Sin embargo, no era la voz de la Regla de Oro. Fue su conciencia interior la que le dijo la verdad en forma de Regla de Oro.
—Apuntaste a Alfonso de Carlo desde el principio, sólo para ser coronada como su princesa. ¿No recuerdas que lo asesinaste en tu vida pasada?
Se le secó el interior de la boca y le temblaron las manos. La voz interior tenía razón. Ariadne de Mare estaba muy lejos de dar amor desinteresado e incondicional a Alfonso.
—Nunca debí soltarte la mano —pronunció Alfonso, con los labios apretados contra la nuca de ella. Lamentaba profundamente haberse distanciado de Ariadne en consideración a alguien como la Gran Duquesa Lariessa. Toda su atención se centraba ahora en la mujer que tenía delante.
A Ariadne también le temblaron las rodillas. Había imaginado en secreto este escenario en su vida pasada. Césare tenía aventuras con varias mujeres, dejándola abandonada en una mansión vacía, mientras la princesa Isabella disfrutaba de momentos alegres en palacio. Los labios de Isabella siempre se curvaban en una sonrisa exaltada, y el generoso príncipe nunca se apartaba de su lado.
Cada vez que Ariadne se encontraba con los dos, uno al lado del otro, en un acto oficial, mientras que ella siempre había estado medio metro por detrás de Césare, había pensado: ‘Una sonrisa parecida a la de mi hermana cruzaría mis labios si tan sólo pudiera ganarme el amor inquebrantable de Césare. Si él recapacita y nos casamos, saborearé cada momento como ella.’
Sin embargo, no podía eliminar del todo su curiosidad. ‘¿Qué sentiría al ser amada por un hombre así? ¿Sería dulce, como un algodón de azúcar? ¿O caliente como una tarta de queso recién salida del horno? ¿Será satisfactorio y estaré feliz? ¿Estaré lo suficientemente satisfecha como para no desear nada más?’
‘Pero... ya no deseo nada a cambio.’
Mientras cogía la mano de Alfonso, se dio cuenta de que no necesitaba nada más. Ya no deseaba alcanzar el puesto de princesa. Todo lo que quería era a Alfonso. Si podía sostener su mano y susurrarle su amor todo el día, no necesitaba nada más.
Se echó a llorar.
—No es un final trágico para ti convertirte en la amante del príncipe. Simplemente tienes lo que te mereces. Deja de intentarlo. Ese hombre nunca te amará después de darse cuenta de toda la verdad. ¿Cómo podría un hombre amar a una mujer que lo mató? No eres, y nunca serás, apta para ser la princesa, ni siquiera en tus sueños.
—Ruégale que al menos te acepte como su amante. No sólo eres una villana y de baja clase, sino que también hiciste todo mal desde el principio. ¡Ser una amante es lo mejor que puedes hacer! ¡Una amante, una mujer que debe ser escondida! ¡Igual que tu madre!
Alfonso sintió el balanceo del pecho de Ariadne y el sabor salado de sus lágrimas en los labios. La abrazó por la cintura y le dio la vuelta. Su estrecha cintura se ajustaba perfectamente a sus manos. Abrazada a la imponente figura de Alfonso, el cuerpo de Ariadne se asemejaba a las gráciles ramas de un sauce.
—Ari.
Una gran sonrisa se dibuja en su rostro. No podía reprimir su felicidad y estaba desesperado por transmitirle las buenas noticias. Desgraciadamente, le había dado una bofetada en la mejilla antes de que pudiera hacerlo.
—Nunca me casé con Lariessa.
Abrazada a Alfonso, Ariadne levantó la cabeza, sorprendida.
Alfonso dobló las rodillas para no forzarle el cuello, bajó la cara y la miró a los ojos.
—Cuando escapé del Reino de Gallico, la Gran Duquesa Lariessa había exigido mi firma en el acuerdo matrimonial como condición para su ayuda. Sin embargo, ese documento no cumplía plenamente las condiciones exigidas... y por tanto no es vinculante como acuerdo matrimonial oficial.
Demostrar su invalidez, sin embargo, planteaba un reto importante. Más allá de la falta de pruebas, había múltiples razones para que Alfonso ocultara este hecho a Ariadne. El acuerdo matrimonial era inválido para una boda, pero vinculante para un compromiso. También tenía implicaciones políticas. Y, lo que es más importante, Lariessa estaba enferma en cama tras haberle prestado ayuda, lo que dejó a Alfonso agobiado por un punzante sentimiento de culpa por ser responsable.
—Durante mi estancia en Jesarche, recibí ayuda de Gallico -más precisamente- del Gran Duque Eudes.
Los suministros proporcionados eran principalmente alimentos y algunas armas. Inicialmente, los suministros se habían enviado junto con las cartas de la Gran Duquesa Lariessa. Sin embargo, a medida que la posición del Príncipe Alfonso en el campo de batalla se consolidaba, el Gran Duque Eudes prestó una mayor ayuda. Después de que Rafael hubiera entregado 10.000 ducados, la cantidad se amplió enormemente. El donante debía de estar decidido a ampliar sus inversiones a medida que el príncipe conseguía logros en Jesarche.
—Agradecí la ayuda de la Gran Duquesa Lariessa cuando me encontraba en extrema necesidad. Esa fue la causa de mi voluntad de proceder al matrimonio con ella, aunque me di cuenta de que el acuerdo no era vinculante.
‘Porque pensé que ya estabas tomada por otro hombre. Y que él había conquistado tu corazón.’
Sin embargo, a su regreso a la capital, Alfonso comprobó que su suposición era falsa. Sus expectativas se habían disparado como si aún tuviera una oportunidad.
—Por lo tanto, me declaré casado después de regresar a San Carlo. Por favor, no me malinterpretes más —dijo Alfonso.
Sus suaves ojos azul grisáceo se clavaron en los verdes de ella, reflejando la misma mirada cariñosa que habían compartido años atrás, cuando eran una encantadora pareja en San Carlo.
—Pensé que dedicarle mi vida era una expresión de lealtad y agradecimiento, aunque sea una mujer a la que no amo.
Alfonso agarró a Ariadne por la cintura y la levantó sin esfuerzo.
—¡Ohh! —exclamó Ariadne, sobresaltada. Los dobladillos de su falda florecieron como capas de flores de cerezo durante un fugaz instante antes de que volviera a estar arropada por el pecho de Alfonso. Él apretó inmediatamente sus labios contra los de ella.
—Espera... ¡Oh...!
El príncipe se sintió desbordado por la pasión, saboreándola entera, impidiendo a Ariadne siquiera un instante para respirar. Ambos se quedaron sin aliento y sin pensamientos, pues el único sentido que dominaba sus mentes era el ardor de Alfonso al capturar los labios de Ariadne con los suyos.
Sólo después de que Ariadne golpeara el pecho de Alfonso, el príncipe despegó ligeramente los labios. El beso había eliminado todas sus culpas, y su conciencia interior ya no susurraba al respecto. Ariadne suspiró feliz, sin aliento y en estado de semiconsciencia.
Entonces oyó un susurro en su oído.
—Deseaba confesar este hecho después de tener yo mismo más certeza de ello. Aunque no me he casado sustancialmente con la gran duquesa, deseaba volver a tu lado como un hombre soltero de forma oficial.
Alfonso planeaba encontrarse con el Gran Duque Eudes para liberarse de los grilletes del vínculo matrimonial inválido con la Gran Duquesa Lariessa.
—Mi culpa por la Gran Duquesa Lariessa me hizo dudar... Pero debí recordar que los galicanos estaban llenos de mentiras. ¡Es increíble que el oro que afirmaban haber enviado fuera, en verdad, dejado en el testamento de mi madre, la reina!
Ahora, Alfonso no tenía motivos para dudar en liberarse de Lariessa. Y se sintió obligado a actuar con rapidez por otra causa. Recordó el deseo que había en los ojos de Rafael por Ariadne y la actitud del señor Elco hacia su dama cuando estaban frente a la Sala de las Estrellas. Perdió todo el control al pensar en ello y no soportó más.
—No puedo soportarlo más —se decidió Alfonso.
La mujer que tenía delante era demasiado seductora para dejarla sola. Debía de estar loco para abandonarla en la capital durante 4 largos años. No podía creer lo que hubiera hecho.
Volvió a pegar sus labios a los de ella. Abrumada por los labios de Alfonso, Ariadne volvió a sentir la dulzura sin aliento.
Sin embargo, ella levantó la mano y lo detuvo.
—E-Espera.
Su beso con Alfonso fue abrumadoramente dulce, pero las palabras que soltó fueron absurdas.
—¿Qué... acabas de decir? —preguntó Ariadne—. ¿De quién recibiste las monedas de oro, dijiste?
No podía creer la mentira que acababa de oír. En una época plagada por la pandemia, 100.000 ducados era una cantidad de riqueza a nivel nacional. ¿Quién podía ser tan valiente como para decir una mentira tan absurda?
Mientras su señora se deshacía en abrazos, Alfonso respondió ansioso—: El Reino Gallico entregó las monedas de oro de madre, dije.
Ariadne parecía furiosa.
Deseando continuar pronto su beso, Alfonso contestó brevemente.
—Precisamente, la Gran Duquesa Lariessa y su padre, el Gran Duque Eudes, afirmaron que los 100.000 ducados les fueron entregados.
Ariadne apretó los puños y se soltó del abrazo de Alfonso.
—¡Esos c*brones! —maldijo con ferocidad.
Con semblante atónito, Alfonso miró a Ariadne, que ahora se alzaba sobre él. Sus ojos se asemejaban a los de un niño al que han privado de sus golosinas.
Sin embargo, el tono de Ariadne se había acelerado, aunque apaciguado.
—Alfonso, envié a Rafael a Jesarche y también entregué el dinero a través del gremio de mercaderes dependiente de la Santa Sede. ¿Quién era el administrador a cargo?
La expresión de Alfonso se tornó grave. Ahora comprendía la situación ante la pregunta de Ariadne. En voz baja, respondió—: El señor Elco...
Alfonso apretó con fuerza los puños. Finalmente, la imagen borrosa del principal culpable de este ridículo asunto se hizo clara. También él se levantó de su asiento y dijo—: Vamos.
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Wow que capitulo ahora a esperar y muchas gracias por traducir
ResponderBorrarQué bueno que todo salió a la luz, ojalá que sea el fin de Elco. Y... llegará a aparecer Cesare?
ResponderBorrarAriadne maldiciendo y sacando toda la verdad a la luz, ¡Eso mamona! 🤩
ResponderBorrarSoy feliz, puedo morir en paz, al fin se aclararon las cosas, hay amor y habrá venganza, no puedo pedir más, gracias ♥️✨
ResponderBorrarLo que le espera a Elko por mentiroso y traidor!! 😬😧
ResponderBorrarElcooo ponte fechaaa jsjsjsj
ResponderBorrarHe estado esperando este momento!!
ResponderBorrarYa se arreglaron los malentendidos entre ambos :3
Espero que el rey muera pronto para que llegue una nueva era de prosperidad bajo el reinado de Alfonso y Ariadne
POR FIN HABLARONNNNNNNN YA SABEN EL RESPONSABLE DE TODOOOOOOOOO AAAAAAA
ResponderBorrarSe viene lo buenooo
ResponderBorrarPor fiiin, ya era hora que se supiera lo que hizo el señor Elco
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