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SLR – Capítulo 438

Hermana, en esta vida seré la reina 

Capítulo 438: Un descendiente de la dinastía Palaiologos

—¡Oh! 

León III dio dos pasos adelante y ayudó a Julia Helena a levantarse. Se consideraba bastante descortés que un invitado extranjero llegara a un acto real oficial después que el anfitrión, pero a él no le importaba en absoluto. —¡Gracias por hacer el largo y difícil viaje, Lady Julia!

—Julia Helena —enmendó con una sonrisa adorable.

—¡Sí, sí! ¡Jajaja! —rió a carcajadas, incapaz de ocultar su estulticia delante de aquella niña con cara de niña—. ¿Alfonso? ¡Alfonso! Ven aquí.

El príncipe Alfonso tenía el rostro agrio desde la entrada de doña Julia Helena. En lugar de acercarse inmediatamente después de que León III diera la orden, miró al rey, que estuvo a punto de perder los estribos. Sin embargo, bajó la mirada hacia la encantadora invitada y consiguió, con cierta dificultad, reprimir su enfado.

—Sí, tú. Ven aquí y saluda a nuestra invitada extranjera.

Alfonso era la pareja de Ariadne; la mano izquierda de ella, enguantada de blanco, descansaba ligeramente sobre el brazo derecho de él, revestido de terciopelo azul. Con su vestido rojo oscuro, parecía una rosa en plena floración. Intentó llevársela con él a Julia Helena, pero ella apartó primero la mano. Él se volvió, sintiendo su ausencia.

—Ve tú —le dijo ella, dirigiéndole una mirada para indicarle que fuera solo.

—No hagas esto.

Ella negó obstinadamente con la cabeza.

Esto no le gustó nada. Se dirigió hacia León III y la recién llegada con el ceño fruncido.

—Es un honor conocerla, Lady Julia Helena.

Julia Helena sonrió ante el saludo cortés y de voz grave. No era una belleza perfectamente esculpida como Isabella. Todo en ella era redondo: los ojos, la nariz, la cara. Sin embargo, poseía una vitalidad poco convencional, como una pelota de goma que rebota.

Aunque había obedecido la etiqueta y la había saludado, Alfonso no tenía intención de aceptar dócilmente aquella situación. 

—Qué agradable aunque inesperado encuentro —dijo, no a la dama extranjera a la que nunca había visto, sino a su padre—. No me habían dicho que recibiríamos a una invitada importante.

Era obvio para cualquiera con un poco de experiencia en la corte que no la recibía obedientemente.

—Te dije que vinieras solo —le amonestó León III entre dientes apretados. Sus palabras ayudaron a Alfonso a comprender por completo el motivo de la presencia del invitado.

—¿En serio, padre? 

Miró a su padre con una expresión imposible de describir. Esta mujer era la Gran Duquesa Lariessa, parte II. Por alguna razón, León III había vendido a su hijo una vez más sin siquiera una pista, por no hablar de su consentimiento.

—Está bien —dijo Lady Julia Helena alegremente a pesar del arrebato del príncipe—. Siempre he querido intentar asistir a un baile sin pareja —le miró atrevidamente y añadió—: De todas formas, nos veremos mucho en el futuro.

Como correspondía a su juventud, sus mejillas eran redondas y muy flexibles, como si estuvieran llenas de humedad por dentro. Se inclinó ante Alfonso con una sonrisa confiada. 

—Alteza Príncipe Alfonso, es un placer conocerle. Soy Julia Helena Palaiologina Synadena, su futura prometida.

***

Ariadne parpadeó dos veces.

Lady Julia Helena había pronunciado dos veces su nombre completo de forma un tanto torpe. Una hija de una familia gobernante solía referirse a sí misma con el nombre de la región bajo su dominio, por ejemplo, “Bianca de Harenae” o “Ana del Azar”. Era una expresión de certeza de que cada región sólo tenía una Bianca, Ana o Auguste digna de mención. Del mismo modo, sería más natural que Lady Julia Helena se llamara a sí misma “Julia Helena de Manchike”. Dado que la referencia a la propia región era un signo de autoridad, no tenía motivos para renunciar a ella.

Sin embargo, una parte específica del nombre se quedó con Ariadne: “Palaiologina.”

Su rostro se sonrojó rápidamente en cuanto se dio cuenta de lo que eso significaba, e inclinó la cabeza. ¡Julia Helena representaba en esencia todo lo que a ella le faltaba!

Efectivamente, Lady Julia Helena declaró con voz clara: “Soy descendiente de la dinastía Palaiologos”.

Palaiologina era el apellido de la familia imperial del desaparecido Imperio de Rattan. Aunque Rattan había caído, no lo había hecho con su palacio en llamas, como la mayoría de los imperios. Se había fracturado en varios reinos, cada uno de los cuales reclamaba ser gobernado por el heredero del emperador, tras la muerte de su gobernante. Los conflictos entre ellos condujeron naturalmente a su desaparición y, en algún momento, incluso los descendientes de esos reinos se extinguieron debido a las rebeliones, la falta de herederos legítimos, etc.

Ahora no había familias reales en el Continente Central que pudieran proclamar el regreso del imperio. Si se remontaban a la época del Imperio de Rattan, habrían encontrado a sus antepasados arando los campos o pescando, lo más lejos posible de los descendientes del emperador. Sin embargo, sería una historia diferente para la persona que se casara con Lady Julia Helena.

—El hombre que se convierta en mi marido ostentará un título que le dará derecho a convocar un ejército imperial.

Tenía un certificado de linaje fidedigno que se remontaba hasta la dinastía imperial de los Palaiologos por parte de madre. La línea patrilineal de la dinastía, los herederos legítimos del emperador, se había extinguido hacía más de mil años. Julia Helena y su familia materna eran los únicos descendientes que quedaban en el continente central.

—Además, soy la legítima sucesora al trono del Reino de Dodessa, que actualmente sufre bajo el dominio de los herejes. 

En otras palabras, el hombre que se casara con ella adquiriría un país entero al mismo tiempo, siempre que fuera capaz de retomarlo, por supuesto.

A Julia Helena le brillaban los ojos cuando miraba al Príncipe Alfonso. Era muy consciente de lo que poseía: ‘Soy descendiente del emperador y la legítima nueva soberana del reino de Dodessa’. Tenía toda la justificación del mundo, pero en realidad no podía adueñarse de lo que le pertenecía a menos que tuviera poder y un ejército detrás.

Su familia materna, los gobernantes de Dodessa, había sido aniquilada; incluso antes de su miserable desaparición, no habían sido una familia especialmente influyente. Si se hubieran autoproclamado herederos del Imperio de Rattan y hubieran puesto carteles diciendo a la gente que se alistara en el ejército imperial, las naciones poderosas del Continente Central los habrían tachado de ilusos. De hecho, cuando habían sido atacados por los herejes, lo único que habían podido hacer era buscar ayuda en otros países y apelar a su simpatía.

—He oído cosas maravillosas sobre ti.

Este hombre proporcionaría la mejor sinergia posible con lo que ella poseía. Su poderío militar era innegable, y en su apoyo estaba el fértil y rico reino etrusco y su gloria como general que había salido victorioso en una cruzada. Y no podía olvidar a Khaledbuch, la espada sagrada que sólo él podía blandir. Había una leyenda asociada a Khaledbuch según la cual su amo llegaría a gobernar todo el continente.

Un imperio... era una idea muy bonita. Dejaría de ser sólo una idea descabellada una vez que se combinaran las justificaciones de ella y la fuerza de él. Necesitaba un hombre de estatus elevado y gran poder; por eso había accedido a venir aquí, a Etrusco. Tenía curiosidad por saber hasta dónde podía llegar.

Por suerte, el príncipe que tenía delante no estaba mal. Era demasiado corpulento para su gusto y extremadamente alto, pero objetivamente era guapo.

‘Hmm, probablemente podría enamorarme de él’, pensó. Por eso, proclamó asertivamente—: Espero que nuestra unión resulte ser una bendición.

Su respuesta, sin embargo, fue inesperada. 

—Mi señora —dijo frunciendo el ceño. El tono de voz suave que mantenía incluso en estas circunstancias la molestó sobremanera—. Desgraciadamente, no creo que eso ocurra.

—¿Por qué no? —preguntó ella, con los ojos brillantes y la cabeza ladeada—. Tu padre ya firmó el tratado de matrimonio.

Antes de su partida, León III había enviado al marquesado de Manchike un tratado matrimonial con su firma. Era un documento diplomático que decía así: [El Reino Etrusco aceptará a Lady Julia Helena del Marquesado de Manchike y la nombrará Principessa en el plazo de medio año desde su llegada.] 

El documento había sido conservado en el archivo de documentos de la rama de Manchike de la Santa Sede como registro oficial.

—Oh. 

Eso era nuevo para Alfonso. Miró a León III, que evitó su mirada.

SLR – Capítulo 438-1

—No importa —dijo con calma y sin rodeos—. No existe documento diplomático del mundo que pueda alterar la situación. Ningún rey puede obligar a un hombre casado a cometer bigamia.

N/T bigamia: Casarse dos veces en el mismo tramo de tiempo.

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