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SLR – Capítulo 355

 Hermana, en esta vida seré la reina 

Capítulo 355: Cosas problemáticas 

La condesa Ariadne de Mare le había hecho una pregunta parecida a Caruso hacía unos días, cuando le había pedido que le ayudara a asestar un duro golpe a los grandes nobles.

—¿Eres capaz de matarle? —le preguntó, mirándole atentamente con ojos pensativos—. Si les enfadas pero no puedes acabar el trabajo, tomarán represalias.

La preocupación de Ariadne era muy razonable. Hiciera lo que hiciera un simple mercader, era imposible acabar con la nobleza de un solo golpe. Ni siquiera el rey o el Papa podrían lograr tal cosa.

—El reciente juicio humilló profundamente a la nobleza de alto rango, pero no han perdido nada.

Las sentencias judiciales aún no se habían aplicado, lo que significaba que sus grandes mansiones, sus antigüedades y reliquias seguían a salvo e intactas. El único cambio eran las notificaciones rojas que llevaban.

—Renunciar a cumplir realmente las órdenes judiciales devolverá las posesiones a sus propietarios originales. Será ojo por ojo, y bastante moderado. ¿Por qué no parar aquí?

—No —dijo Caruso simplemente—. Ya los he despertado —sacudió la cabeza—. Conoces a la nobleza tan bien como yo. Su dignidad les importa más que sus vidas. Ellos... Ellos nunca me perdonarán.

Ariadne creía que la vida de uno importaba más que su dignidad, y las riquezas más que la vida, pero tenía que admitir que Caruso tenía razón al menos sobre algunos de los grandes nobles.

—Si voy más lejos, puede que incluso intenten matarme. Pero si me detengo aquí, seré un blanco fácil, esperando a que ataquen —continuó Caruso con calma 

—Quieres decir… —preguntó Ariadne.

—Sí. Ya he renunciado a la seguridad. Iré hasta el final.

Ariadne sonrió un poco, como avergonzada, pero Caruso le devolvió la expresión con su propia sonrisa. Vacilante, dijo—: Cuando te dije lo de vender tu préstamo... sabías que pasaría esto.

—No, al principio no. Me di cuenta al día siguiente —él respondió con sinceridad, como siempre hacía. 

Había pensado que tal vez no sobreviviría a la venganza por el bien de Camellia y que toda una vida de trabajo podría haber sido en vano.

—Lo sabías, pero no te detuviste.

—No —apretó los dientes con rabia—. No voy a permitir que alguien que hizo daño a mi Camelia, y al bebé que lleva dentro, se salga con la suya. Es una cuestión de orgullo para un hombre como yo.

Sin embargo, a pesar de su determinación, Ariadne no perdía la esperanza de conseguir que Caruso desistiera del todo. Aunque técnicamente era cierto que Caruso ya había cruzado cierto umbral, una bofetada en la cara y una paliza con un garrote no podían considerarse lo mismo. Ella creía que si se detenía aquí, las represalias no serían tan fuertes como él esperaba.

—Petruzia se sentiría herida.

Esta era su arma secreta: la inteligente hija nacida entre Caruso y su difunta esposa.

Aunque era una chica, la habían obligado a vestirse de chico para que algún día pudiera ser su heredera. Pero ahora estaba poniendo en peligro el gremio de mercaderes que un día sería suyo por el bien de su nueva esposa y de un bebé que nunca había nacido. Desde el punto de vista de Petruzia, sería difícil de aceptar.

Caruso sonrió amargamente. 

—Es una niña vigorosa —tardó un momento en responder—. Estaba disgustada.

Ya había hablado con ella. Eso parecía sugerir que su decisión era definitiva, pero Ariadne no se dio por vencida y volvió a intentarlo. 

—¿Le dijiste que aceptara que tu nueva esposa está antes que ella ahora?

Con una sonrisa irónica, negó con la cabeza. 

—No —sólo después de que su sonrisa se desvaneciera continuó—. Le di vueltas al asunto... y decidí poner a Petruzia al mando de una flota y enviarla lejos —la flota de barcos mercantes llevaría la mayor parte de la riqueza de Caruso—. Ella decidirá a dónde irá la flota y la manejará sin mi supervisión. Petruzia es su líder absoluta.

En cierto sentido, le estaba dando toda la herencia que le había sido destinada de antemano.

—Sabía que sería un asunto arriesgado, y tal vez salga sin un centavo cuando todo termine. Por eso le doy esta flota, y por otras razones —Ariadne pareció sorprendida al oír el tamaño de la flota, y él dijo torpemente—: Si tiene éxito, estoy seguro de que me acogerá cuando me convierta en un indigente en las calles de San Carlo. ¡Ja!

Era una sabia decisión que evitaría que Petruzia guardara rencor a Camellia y a los hijos que pudiera tener. Ariadne suspiró suavemente aliviada.

—Ojalá mi padre hubiera sido la mitad de reflexivo que tú respecto a los posibles conflictos entre sus hijos.

Caruso sonrió con confianza. —Eres cinco veces más inteligente que yo. Todo saldrá bien.

—Parece que tienes una opinión muy favorable de mí —replicó ella.

Se avecinaba una lucha de poder entre los niños. Al elogiar a Ariadne por su sabiduría, estaba diciendo que Isabella e Ippólito perderían.

El señor Caruso soltó una carcajada. 

—Está claro de qué lado me pondré, ¿no crees? —luego añadió—: Ten piedad. Ser padre me hace pensar así.

Ariadne le devolvió la sonrisa, pero no dijo nada, sino que cambió de tema. 

—Me encargaré de lo que me pediste según mis normas.

Caruso no preguntó nada e hizo una reverencia. Lo que había visto de Ariadne de Mare -ahora condesa de Mare- sugería que era una heroína capaz de cualquier cosa. No necesitaba pedir detalles de lo que ella planeaba hacer. Hiciera lo que hiciera, sería perfecto.

—Estoy agradecido —dijo.

***

El cardenal de Mare se encontraba en una situación difícil. Había prohibido que se llevaran a cabo las confiscaciones de las mansiones nobiliarias, pero no era una medida permanente.

Su buzón estaba a rebosar. La mayoría eran súplicas -no, peticiones- para que él, el líder de los círculos religiosos del reino etrusco, se ocupara de este asunto de alguna manera. Pero también había un número considerable de mensajes airados que le criticaban por no mantener a raya a los abades. En la mayoría de los casos, eran personas que tenían poca relación con él y que rara vez tenían ocasión de verle la cara las que enviaban estas severas cartas.

—Malditos bastardos... Nunca deberían haber hecho eso...

Maldecía a los abades cada vez que podía. Tenía que resolver esta situación de alguna manera. Por el momento, había convocado a los cuatro abades que habían participado en esta debacle para resolver el problema. Normalmente, no tenía motivos para reunirse con los abades en persona. En su lugar, podía simplemente dar instrucciones a través de los obispos, ya que tenían un rango tan bajo. Pero esta vez no.

Planeaba persuadir a los abades para que aceptaran una cantidad mucho menor que el valor de los préstamos y liquidaran los embargos sobre las propiedades de los nobles. En realidad, sería una severa sugerencia, no, incluso una amenaza. ¿De qué otra forma podría convencer a esta gente para que renunciara a más de 10.000 ducados?

Y las amenazas se hacían mejor en persona. Por eso los abades tendrían ir a San Carlo sin rechistar. Dada su diferencia de rango, normalmente lo habrían hecho de inmediato, pero nada estaba saliendo según lo previsto.

—¿Por qué no vienen?

Los abades de San Percini, Manasero y Padini habían cooperado. Pero el abad de Averluce, que ahora era el propietario del préstamo concedido a la casa Contarini y tenía a su cargo la mayor cantidad, se negó a ceder.

El cardenal de Mare recogió la carta que contenía las excusas del monasterio de Averluce y la hizo pedazos. 

—¡Después de todos los problemas que ha causado, debería venir a instancias mías! Basta ya de excusas.

Había una explicación exhaustiva y razonable de su negativa a venir. Sin embargo, el cardenal no estaba dispuesto a aceptar esa razón.

[El abad del monasterio de Averluce tiene actualmente 89 años y no se encuentra bien. Trasladarse a larga distancia no es posible para él. Espero que tenga la consideración de comprenderlo. El monasterio proporcionará todas las explicaciones necesarias por escrito...

Atentamente,

Los frailes y el abad adjunto en funciones del monasterio de Averluce.]

—¿Qué demonios es un poder del vice abad? ¿Y por qué no firmó esto con su nombre, en vez de esconderse con la mención de estos frailes?

El cardenal de Mare estaba muy descontento con todo lo que estaba ocurriendo. Nada iba bien, tanto en el frente público como en el privado. Su hija mayor se había casado bien, sólo para cortar todo contacto con él e ignorarlo. Aunque habría estado bien que al menos hubiera vivido una buena vida, resultó que su tan buena no era tal a simple vista.

Si no la salvaba ahora, estaría siempre arruinada y dependiendo de su cuñada.

Su hija menor era de voz suave por fuera, pero su corazón era de hielo puro, como el suyo. Por supuesto, él podía ver a través de ella. En cuanto a su hijo, su precioso hijo mayor, él era la causa de la mayor cantidad de estrés en estos días. Ippólito, que se había comportado como un libertino tras la muerte de su madre, se había refugiado en su casa y se negaba a ir a ninguna parte.

—Ya nunca sale de la mansión, ese bastardo...

El cardenal sabía que su hijo no se había vuelto así porque hubiera amado entrañablemente a su difunta madre. Lo que no comprendía era la verdadera razón por la que su hijo vivía tan recluido.

Ippólito no tenía buenas capacidades sociales y siempre había comprado a sus amigos con dinero. Al no recibir más dinero de bolsillo de su madre, todos se negaban a pasar tiempo con él. El dinero que le daba el cardenal no era en absoluto poco, lo que impedía al cardenal imaginar siquiera lo que estaba ocurriendo.

—Dije que prefería verlo salir de la mansión para siempre, pero...

Pero había sucedido. Su hijo había desaparecido un día, para no volver jamás.

‘Entonces hablaba solo. No me oyó, ¿verdad?’

Por dentro se sentía en conflicto. Sus subordinados le dijeron que Ippólito había regresado brevemente, con la cara magullada y arañada, pero que enseguida había cogido sus cosas y se había vuelto a marchar.

‘¿Qué le ha podido pasar? ¿Alguien le ha estado acosando?’

El cardenal no tenía ni idea de en qué lío se había metido su hijo, así que, por supuesto, estaba preocupado. Pero la noticia que le llegó encima de todo esto fue lo que, al final, acabó con él.

—¡Su Santidad! ¡Esto es terrible!

—¿Qué pasa? ¡Más despacio y cuéntamelo todo!

Sintiéndose molesto, el cardenal de Mare se lanzó a sermonear al sacerdote subalterno que entró corriendo en la sala, algo poco habitual en él.

—Un monje nunca debe levantar la voz. Muévete lenta y suavemente, y medita en todo momento. Pronto serás ordenado sacerdote. ¡No puedes andar por ahí tan indiscretamente!

—Uh, S-Su Santidad, eso no es... —sacó un pergamino que había viajado desde lejos—. ¡Es una citación de Trevero!

Los ojos del cardenal de Mare se abrieron de par en par, lo cogió y lo leyó. Había llegado de improviso, lo cual no era nada bueno.

SLR – Capítulo 355-1

—...

Su mirada vaciló violentamente mientras leía cada línea. 

—¿Si no respondo a la citación seré somitido al juicio de la Inquisición…? ¿La pena máxima es la excomunión? —tras leerla, arrugó la carta de forma decididamente indigna y gritó de la forma más indiscreta—: Ludovico, ¡ese hijo de puta! ¡¿Finalmente se ha vuelto loco?!

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