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SLR – Capítulo 431

Hermana, en esta vida seré la reina 

Capítulo 431: Un camino muy estrecho hacia el éxito

Los ojos de Ariadne se abrieron de par en par al mirar a la anciana. Mentiría si dijera que no esperaba que la mujer dijera algo parecido a: “Tu padre será Papa algún día, pase lo que pase. Es su destino.”

La mora, sin embargo, destruyó por completo sus expectativas.

—¡Tu padre nunca tuvo suerte política! Es un milagro que haya llegado hasta aquí, y más aún que haya conseguido salir indemne de esa gente que caza brujas.

Ariadne frunció el ceño. 

—¡No puedes decir eso! Acabas de decirme que no desespere.

—¡Ten expectativas prácticas! ¡Es cuando alguien sin suerte política insiste en subir por la escalera cuando sale perjudicado!

La anciana comenzó un discurso. Hablaba principalmente de cómo su padre había empujado al destino a convertirse en cardenal, lo que provocó que alguien tan malvada como su madrastra se uniera a él.

—Una persona debe vivir dentro de sus posibilidades. Entonces comenzó la segunda parte del sermón, describiendo cómo la tarea más difícil de todas es averiguar los medios de que uno dispone en la vida. Tras una larga charla, pensó en el cardenal y dijo—: Ahora estará bien. Investigué su fortuna y el resto de su vida será muy cómoda.

Miró a Ariadne, que seguía haciendo pucheros.

—Y tú. Tienes a tu marido. Tienes mucho para disfrutar sin necesidad de la influencia de tu padre. No seas codiciosa. Siempre son los que tienen suficiente los que quieren más.

—¿Tengo suficiente? —preguntó Ariadne. Había estado a punto de convertirse en la hija del Papa y convertirse directamente en la esposa del Príncipe, sólo para quedarse corta ante la meta.

N/T: Tienes a Alfonso de ESPOSO y aún preguntas si tienes suficiente? O eres tonta o te haces.

—No mires sólo hacia arriba. Mantén los ojos abiertos y mira a tu alrededor. ¿Conoces a alguien de tu edad que tenga tanto como tú?

Tenía razón. Isabella, que había estado alardeando de su estatus en la alta sociedad, y sus seguidores habían sido objeto de la envidia de Ariadne en la vida pasada. Pero ahora apenas podía recordar el hecho. No había ninguna mujer tan famosa como ella en el continente central, ya fuera princesa o noble. Sin embargo, Ariadne no podía contentarse con esto.

‘Viajé en el tiempo, por el amor de Dios. Debería hacer mucho más.’

No estaba jugando limpio según las reglas. Si ése era el caso, producir grandes resultados era lo mínimo. No quería discutir con la mujer, pero no estaba muy convencida. Queriendo cambiar de tema, Ariadne extendió el brazo izquierdo y preguntó con indiferencia—: ¿Me hará feliz mi marido? ¿Se convertirá en rey?

La mujer mezcló el talco con agua, convirtiéndolo en una pasta espesa, y se la aplicó en la mano a Ariadne. Luego escupió—: Nada de leer tu fortuna. No tengo ninguna barrera levantada.

Ariadne se sorprendió. 

—¿Esto no es hechicería también? Pensé que habías dicho que necesitabas una para usar la hechicería. ¿Está bien que me digas todo esto sin una barrera?

—Te estoy humedeciendo la piel —cacareó, observando los ojos sorprendidos, como de conejo, de Ariadne. Estaba mintiendo.

—¡Eh!

—Oh, tengo la barrera levantada.

Se rió, agitando la mano. Luego le contó a Ariadne lo que había visto del futuro de Alfonso. Le había picado la curiosidad de todos modos, y había echado un vistazo a su fortuna en cuanto se enteró de que se habían convertido en pareja.

—Tu marido... Es extraño. Realmente no puedo ver su futuro.

—¿Qué? ¿No puedes? Ariadne se sobresaltó de nuevo. La anciana habló con severidad a Ariadne, que tenía los ojos muy abiertos.

—¡No te sorprendas otra vez! Es igual que tú. Yo tampoco puedo ver tu futuro. ¡Lo mismo va para él!

Pero los dos juntos eran otra historia. Mientras que Ariadne, la viajera del tiempo, tenía un destino negro como un abismo, el futuro de Alfonso de Carlo era simplemente nebuloso, como cubierto por la niebla. El de Ariadne no contenía absolutamente ninguna información, pero Alfonso tenía algo oculto bajo la niebla, aunque no era visible. Era algo que se retorcía y se movía dinámicamente.

—El destino de tu marido... En realidad, no importa.

El destino de Alfonso de Carlo no contenía el trono de un Emperador, ni siquiera el de un Rey. Pero ahora mismo, algo estaba a punto de cambiar.

—Ya veremos —murmuró mientras volvía a lanzar la hechicería sobre el brazo de Ariadne—. Una espada sagrada encontró su camino hacia él. Soy alguien que tarda bastante en interpretar lo que ve. Esto no tiene sentido.

El marido de Ariadne no era nadie de quien preocuparse. Era difícil saber en qué se convertiría, pero iba en la dirección correcta. Si había energía suficiente, todo iría bien. De hecho, era la chica que charlaba frente a la anciana, inconsciente de su propio destino, quien le preocupaba.

—Tú... —dijo la morisca, deteniéndose para no empezar otro sermón. Ariadne había escapado al ciclo de la reencarnación. Si le iba bien, sería una de Aquellos de Ojos Abiertos y alcanzaría cotas más altas... Pero si las cosas no salían bien, su alma se convertiría en el combustible de su milagro, y estaría condenada al tormento eterno.

Sin embargo, no había nada que pudiera hacerse por el momento. A su modo de ver, Ariadne había contribuido constantemente a la sociedad, enseñando a niños pobres y acumulando sus buenas acciones. Sin embargo, las luces de su mano derecha -la anciana era casi la única persona, aparte de Ariadne, que podía verlas- no parecían reaccionar.

—Listo. Ya está —la anciana palmeó la espalda de Ariadne—. Vete. Alguien podría verte.

—No pasa nada. Tengo muy buenas excusas...

—Olvídalo. Sólo vete.

La mujer esperaba que Ariadne pudiera disfrutar de esta vida un poco más, si era posible, antes del inminente día del juicio.

—Ah, por cierto —detuvo a Ariadne cuando estaba a punto de salir—. Dime si ves a alguien sospechoso. Podría ser alguien con un lunar rojo bajo un ojo, como tú, o manos brillantes. Alguien que destaque.

—De acuerdo.

Hoy era el día en que el vestido que había encargado el trimestre pasado llegaría a la mansión. Al darse cuenta de que los pensamientos de Ariadne estaban en otra parte, la anciana gritó—: ¡Esto es importante!

Ariadne se dio la vuelta, sorprendida. La hechicera era la única persona que la trataba así últimamente. Estuvo a punto de enfadarse, pero enseguida se rascó la cabeza, sintiéndose como si la estuviera reprendiendo un pariente.

—Está bien. Te lo diré.

‘Al menos escucha’, rió la anciana. Aunque Ariadne se esforzaba por parecer despiadada, por dentro era pura e inocente. Eso dolió aún más a la anciana.

‘Necesito encontrar a ese viajero del tiempo incompleto que le lanzó la brujería…’

* * *

Las invitaciones obligatorias al baile de Acción de Gracias se enviaron a todas las casas nobles de San Carlo que ostentaban el rango de conde o superior. Eso significaba que la Casa de Contarini, a la que pertenecía Isabella, también recibió una.

—Bueno, ¿quieres ver eso? Eres una mujer arruinada, ¡pero incluso tú puedes conseguir una invitación como esta! —dijo Ottavio burlonamente. Hacía tiempo que no llegaba una invitación para la Casa Contarini, sino de la Casa Bartolini.

—Tu marido está arruinado, tu padre también y a tu hermano mayor lo echaron de su casa. No te queda nada y, sin embargo, el palacio te envía una invitación. Tengo que admitirlo, ¡tienes una suerte loca!

Isabella se calló y no dijo nada. Ariadne contaba con todo el apoyo de Alfonso a pesar de la caída de su padre, pero para Isabella, este incidente fue fatal.

—La mansión pronto dejará de ser suya, según he oído. Siempre has hablado maravillas de tu padre. ¿Qué vas a hacer ahora? No te queda nada.

—Basta... —dijo.

—No tienes el dinero de bolsillo de tu hermana, ni un padre que te respalde. Te pavoneaste diciendo que ibas a montar un negocio, pero ahora nadie te quiere. ¿Qué vas a hacer ahora?

—He dicho que pares.

—Sé que has estado viendo a otros hombres. ¿Crees que no lo sé? —dijo Ottavio burlándose. Estudió su reacción, pero ella ni siquiera pestañeó. Ottavio no tenía pruebas, pero estaba más que convencido, y esto sólo lo irritó más.

‘¿Cómo puede mentir tan descaradamente?’

Y aunque Isabella no le hubiera sido infiel, no le importaba. Su calma le irritaba. Quería hacerle daño.

—Si sigues así el día que te pille in fraganti será el día que acabe contigo, ¿me oyes? No hay nadie que se abalance en tu ayuda. ¡Me divorciaré de ti de inmediato!

Era bastante común que alguien tuviera una amante fuera de su relación, y no se concedía el divorcio por tales motivos. Pero eso no importaba.

—En realidad, ¿por qué me molestaría en divorciarme de una mujer sin familia? ¡Aplicaré las reglas de la familia y haré que te maten a palos! Sólo las mujeres nobles, como las princesas y similares, pueden disfrutar de sus caballerosos hombres, sus romances palaciegos y todo eso. Tú sólo eres una plebeya que logró casarse con un gran hombre y catapultarte a la influencia. Si te pillan siéndole infiel, ¡no habrá nada para ti más que una paliza hasta m*rir!

En el momento en que Isabella se había casado con Ottavio, el matrimonio no le había permitido alcanzar su máximo potencial. Pero de nuevo, esto tampoco importaba. Las palabras violentas asustarían a Isabella, y Ottavio quería verla temblar de terror.

—¡Maldita sea! —Isabella, sin embargo, maldijo y se puso en pie—. ¡Bastardo impotente! ¡Deja de decir tonterías! ¿Quieres que vaya a presentarme ante la Santa Sede y declare que busqué satisfacción en otra parte porque el miembro de mi marido no funcionaba, que ni siquiera la puedes levantar?

Isabella no era de las que se quedaban de brazos cruzados. Ottavio, momentáneamente sorprendido por su respuesta, se enfureció aún más. Avergonzado por haberse acobardado por un momento, alzó la voz al doble de su volumen.

—Voy a echar a mi esposa infiel. ¿Me oyes? ¡No tienes lugar en mi casa!

—Ni siquiera eres un hombre. Ahora hablas de una infidelidad imaginaria. Cierra la boca.

Isabella soltó una retahíla de maldiciones despectivas dirigidas a la virilidad de Ottavio. Ottavio, que había estado gritando, de repente se tapó los oídos con las manos y chilló.

—¡Ahhhhhh!

Ottavio de Contarini no fue rival para Isabella de Mare. La despiadada Isabella supuso que eso significaba que había salido victoriosa.

—¡Hmph! 

Pisando fuerte como una yegua furiosa, salió de la habitación dando un portazo.

Ottavio gritó solo en la habitación vacía, luego empezó a revolverse, tirándose del pelo.

—¡Ahhhh!

* * *

Isabella había salido con paso seguro de la habitación, pero no tenía adónde ir. Había derrotado a Ottavio por el momento, pero temía por su futuro. Si esposo tenía razón. Tan pronto como Ippólito había sido destruido, los que realmente habían querido verla por negocios perdieron completamente el interés. El puñado que había quedado comenzó a ignorar sus cartas después de que el Cardenal de Mare perdiera su candidatura al papado.

Incluso Leticia se había negado a escribirle últimamente. Isabella se horrorizó al pensar que realmente podría acabar sola. Se acurrucó en el pasillo de Clemente, sollozando.

Hacía tiempo que Ottavio le había quitado el sello de la señora de la casa. Se había quedado sin el dinero que le había dado Ippólito, o el que tan amablemente le había prestado Leticia. No tenía casa, ni dinero, ni amigos. Nadie la acogería.

‘¿Qué haré si Ottavio realmente me echa?’

Recordó a su cuñada, Clemente, y sus miradas de ojos blancos. Clemente aprovecharía la oportunidad si Ottavio sacaba el tema. Ella correría más rápido que nadie, ansiosa por deshacerse de Isabella.

Estaría bien que el viejo conde Bartolini se pusiera de su parte, pero últimamente estaba enfermo y nunca salía de su dormitorio. No tenía ninguna oportunidad de acercarse a él. Nadie estaba de su parte.

Rompió a llorar de nuevo. Menos mal que nadie podía verla. Isabella necesitaba ser bella y superior todo el tiempo, pero la disonancia entre sus ideales y su realidad era imposible de conciliar.

No hay nada como las lágrimas para lavar la ansiedad y el miedo. Isabella sollozó durante un rato. Luego, al inspirar, se dio cuenta de que alguien la había rodeado con los brazos y percibió un nuevo aroma.

Levantó un poco la cabeza: no había mucho que ver. Pudo ver los brazos que la rodeaban, la piel oscura como la obsidiana. Era Agosto. Isabella nunca había imaginado que sus cuerpos llegarían a tocarse. El esclavo moro -que no era un esclavo- no estaba en su lista de posibles amantes, pero su piel lisa y oscura era cálida y suave. Era el calor de otro ser humano.

Agosto le prestó el hombro sin decir palabra, e Isabella permaneció en sus brazos, sin dejar de llorar. Sus brazos serían su refugio durante todo el día. En cierto sentido, podía parecer una escena conmovedora, dos personas condenadas al ostracismo prestándose calor mutuamente. Pero las cosas no iban a ser tan fáciles para Isabella.

Habiendo sido tratado por fin un poco mejor que el estofado de la cena, una sonrisa retorcida apareció en las facciones de Agosto.

SLR – Capítulo 431-1

* * *

Ippólito se precipitó por el sendero del bosque en el extremo norte del Reino Etrusco.

‘Este es el territorio del bastardo que casi se convierte en mi cuñado.’

En el extremo oeste y norte del reino etrusco se encontraba el punto donde comenzaba su “cabeza” geográfica: el territorio del duque Pisano. No tenía claro con cuál de sus hermanas planeaba casarse, pero era cierto que casi se habían convertido en familia.

Ippólito sintió un malestar indescriptible al no poder cabalgar hasta el castillo de Ginelli, en el corazón del territorio pisano, y exigir respeto como hermano mayor de la esposa del duque.

‘¿No habría estado bien?’

El asesino que le pisaba los talones era tenaz. Habiendo partido de San Carlo, habían llegado hasta aquí en un prolongado juego del escondite. Ippólito había abandonado su mula para superar la diferencia de velocidad y había empezado a subir las montañas descalzo, y el asesino le había seguido.

‘¡Ese loco! Es como una sanguijuela. ¿No tiene nada mejor que hacer?’

Sin embargo, pronto llegaría a su destino. Pasando el territorio Pisano había una extensión de tierra Galicana, seguida por el Reino Salamanta. Allí, su padre, Variati de Hierro, residía en un escondite. Ippólito contempló lo que era el comienzo de las ásperas Montañas Prinoyak.

‘¡Padre, tu hijo está en camino!’

Sin saber cuántas penurias le esperaban en aquellas montañas, Ippólito sintió que el pecho se le hinchaba de expectación.

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