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SLR – Capítulo 333

 Hermana, en esta vida seré la reina 

Capítulo 333: No perderé esta oportunidad

Sintiendo una mezcla de alivio y pesar, Rafael salió del despacho del príncipe con pasos pesados. Alfonso había estado inquieto fuera, pero al instante levantó la cabeza al ver una silueta esbelta y grácil. Dejó escapar un breve suspiro de alivio al darse cuenta de que la silueta pertenecía a Rafael.

Rafael también vio el comportamiento tonto de Alfonso. Se acercó a Alfonso en silencio, le tocó el hombro y le dijo—: Siento haberte malinterpretado.

Su disculpa fue breve y directa, porque no tenía nada más que decir. Había contemplado la posibilidad de disculparse más extensamente o de añadir palabras de ánimo como “espero que te vaya bien a partir de ahora”, “mis esfuerzos han llegado a su fin” o “te pido disculpas por haberme encariñado con tu amante”.

Sin embargo, la primera frase fue grosera, la segunda le hizo sentirse miserable y la última era innecesaria, ya que no tenía motivos para disculparse.

En su lugar, simplemente asintió con la cabeza para despedirse. 

—Adiós.

Al ver los pasos ligeros de Rafael por detrás, Alfonso sintió que algo estaba terriblemente fuera de lo normal. Detuvo a su amigo de la infancia. 

—¿A dónde vas?

Rafael rió como si todas las preocupaciones se hubieran disipado. 

—Lejos.

—¿Volverás?

—Quizás...

La palabra “regreso” tenía múltiples interpretaciones. Quizá volvería a San Carlo algún día, pero probablemente no como el Rafael de Baltazar original. Aquellos a los que el Padre Celestial encomendaba tareas religiosas diferían intrínsecamente de los del mundo secular. Así, el Rafael del futuro diferiría naturalmente del Rafael de hoy.

—Ya veremos —dijo Rafael y volvió a darle un golpecito en el hombro a Alfonso.

Tras un momento de duda, Alfonso pronunció—: Gracias…

Su expresión de agradecimiento tenía múltiples significados. Se sentía apenado por el fracaso de Rafael en conquistar el corazón de Ariadne, agradecido de que su querido amigo hubiera viajado hasta Jesarche en nombre de su amante, y también de que su camarada la hubiera protegido durante su ausencia.

Al oír esas palabras, lo único que hizo Rafael fue esbozar una sonrisa. 

—No, gracias a ti.

Y eso fue todo. Rafael salió del Palacio del Príncipe con pasos pesados, pero decididos, hacia su destino predestinado.

Dejando atrás a Rafael, Alfonso se dirigió a su despacho. Dentro, Ariadne se quedaría sola. Tragó saliva con ansiedad.

Tras un fugaz instante, se oyó el crujido de las hojas otoñales. Alfonso había estado sumido en sus pensamientos, pero al instante levantó la vista.

No era la estación de la caída del follaje otoñal. Por lo tanto, el sonido procedía del susurro de las faldas. Como era de esperar, los pasos ligeros y el vestido rosado de Ariadne entraron en la vista de Alfonso.

—Ari...

—Alfonso, ¿has estado esperando todo este tiempo? —preguntó Ariadne, con los ojos llenos de incertidumbre mientras se acomodaba un mechón de tentador cabello negro detrás de las orejas—. Ha pasado bastante tiempo.

Alfonso se excusó instintivamente. 

—N-no, casualmente me detuve después de un paseo...

Sin embargo, se interrumpió a mitad de la frase, ya que la excusa le pareció aún más patética que la verdad. No había senderos cercanos, y él no había estado caminando cuando se encontraron. Los dos habían cruzado las miradas mientras él permanecía en blanco ante la puerta del despacho.

Alfonso suspiró y finalmente dijo la verdad. 

—Es verdad que esperé... Tenemos que hablar.

Ariadne asintió en silencio. Los dos cruzaron el corredor del Palacio del Príncipe y descendieron por la escalera de mármol que conducía al jardín.

En contraste con el jardín principal de los aposentos del rey, adornado con altos árboles y vistosas flores, el jardín del Palacio del Príncipe era acogedor y pequeño. Las flores de la valla decorada con coronas nupciales habían empezado a caer, mientras que las lilas habían comenzado a florecer. En la oscuridad de la noche, la fragancia de las lilas cosquilleaba sus narices a cada paso.

Sin embargo, en contraste con el aire romántico que los rodeaba, un incómodo silencio se prolongó entre Alfonso y Ariadne mientras caminaban uno al lado del otro.

—¿No son... tus zapatos incómodos?

—Está muy bien.

A la incómoda pregunta siguió una breve respuesta y, por desgracia, volvió a producirse un silencio incómodo.

—¿No tienes hambre?

—No del todo.

Alfonso no era el único que estaba nervioso, pues Ariadne también sentía mariposas en el estómago. Se le trababa la lengua, habitualmente locuaz, mientras se esforzaba por pronunciar todas y cada una de las palabras.

Finalmente, el primero en entablar conversación fue Alfonso. 

—¿De qué... tema hablaste con Rafael?

Había llegado el momento.

—No mucho...

Ariadne no estaba dispuesta a decirle directamente a Alfonso que había rechazado la confesión de amor de Rafael. Eso irrespetuoso con Rafael y, de todas formas, no deseaba hablar de ello con Alfonso.

Por lo tanto, ella soltó su mensaje. 

—Acordamos seguir siendo buenos amigos.

Alfonso dejó escapar inconscientemente un suspiro de alivio. A grandes rasgos había comprendido a través de su conversación con Rafael que su confesión de amor no había salido bien. Pero era un asunto totalmente distinto cuando lo escuchaba directamente de Ariadne.

Sólo después de escuchar las palabras de Ariadne se sintió aliviado y pudo pasar a otro tema.

—Primero... Permíteme disculparme por el incidente con mi subordinado. Debes haber estado terriblemente conmocionada.

Ariadne se quedó pensativa. Alfonso hablaba de Elco, pero ¿se refería a sus confabulaciones? ¿O se refería a la decapitación de Elco que había tenido ante sus ojos? Ariadne guardó silencio durante un rato, pues no sabía qué decir.

De un tiempo a esta parte, Alfonso la había tratado como a una niña inocente, quizá debido a su reacción titubeante y expresión rígida en cada uno de sus encuentros. Su cuerpo se congelaba automáticamente cada vez que se cruzaban sus miradas.

Ella eligió cuidadosamente sus palabras para evitar otro desliz de la lengua. 

—No... no es culpa tuya.

‘No es la primera vez que veo un asesinato’, estuvo a punto de soltar Ariadne, pero apenas consiguió cambiar su respuesta.

Afortunadamente, Alfonso no pareció darse cuenta. Sacudió la cabeza con resolución—: Un amo debe asumir toda la culpa de las fechorías de sus subordinados. Mi ignorancia de sus actos me hace culpable.

—Si de verdad deseas disculparte, lo aceptaré —dijo Ariadne, pero rápidamente se mordió la punta de la lengua. 

‘Ah, no. Eso no era lo que pretendía decir. ¿No parecí más bien odioso? ¿No sonaba como si me considerara merecedora de una disculpa?'

Mientras Ariadne meditaba ansiosamente sus palabras, una voz ronca resonó agradablemente en sus oídos. 

—Ari, ¿puedo preguntarte algo?

Ariadne se alegró de oír aquella pregunta, pues aliviaba la incomodidad del momento. 

—Sí, por favor —respondió.

En el centro del jardín de lilas, Alfonso permaneció un rato en silencio y luego preguntó—: ¿Tú también me consideras un buen amigo?

Ariadne no se esperaba aquella pregunta. Era difícil encontrar una respuesta adecuada. 

‘¿Por qué me ha hecho esa pregunta? ¿Y si le digo que no? ¿Parecería que le considero menos que un amigo y que deseo romper nuestra amistad?’

¿Pretendía pedirle que reanudaran su amistad, teniendo en cuenta que se había disculpado por lo de Elco? ¿Quería olvidarse por completo de que Ariadne dijera que no debían verse más en la Sala de las Estrellas? ¿O estaba proponiendo que se cortejaran?

¿O quizás quería otro beso?

No, eso era una tontería. Y aun así, sería ridículo que Ariadne propusiera que se cortejaran cuando Alfonso pensaba lo contrario y sólo deseaba un beso.

Ariadne luchó por encontrar la respuesta más moderada. 

—Si eso es lo que deseas... lo pensaré.

—Yo... —Alfonso se negó a seguir ignorando el tema y fue directo—. No deseo seguir siendo buen amigo tuyo —con voz fuertemente resuelta, declaró—: No puedo ser un simple amigo tuyo.

Sus pasos se habían detenido antes de que se dieran cuenta. Al oír la resolución de Alfonso, Ariadne se puso rígida como una estatua de sal, y sus ojos se clavaron en los de él. 

—El mero hecho de verte junto a mi camarada enciende mi ira. ¿Cómo puedo soportar seguir siendo una simple amigo?

Alfonso estaba a un piedi de Ariadne. Algunos afirmaríab que era lejos, mientras que otros dirían lo contrario. A Ariadne se le erizaron todos los pelos del cuerpo. Podía sentir vívidamente cada una de sus respiraciones.

Era el momento perfecto para un beso. Los corazones de ambos latían a la vez, formando una armonía impecable. Estaban al alcance de una mano. Y una vez que sus pieles se tocaran, sus lenguas se enredarían armoniosamente.

Su respiración se volvió agitada.

Sin embargo, Alfonso siguió hablando mientras mantenían las distancias. 

—Me consideraba responsable, pero me equivoqué.

Al considerar el futuro del Reino Etrusco, lo correcto era aceptar el matrimonio con la Gran Duquesa Lariessa. Sin embargo, no se atrevía a hacerlo. 

—Creí que no tenía codicia alguna. Pero de nuevo, me equivoqué.

Su apego persistente hacia la mujer que tenía delante nunca podría ser eliminado. Lógicamente, comprendió que desprenderse de su afecto por Ariadne beneficiaría a todos, pero por mucho que lo intentara, no podría hacerlo. Sería mejor que optara por amputarse un brazo o una pierna.

Para Alfonso de Carlo, borrar a Ariadne de Mare de su memoria equivalía a cercenarse un elemento intrínseco que definía su propia existencia.

Sin embargo, su siempre preciada dama era una extravagancia prohibida para él, el futuro monarca. Si la avaricia se refiriera a los interminables deseos de una existencia prohibida, Alfonso quedaría encuadrado como el hombre más avaro del mundo.

—Siempre me ayudas a encontrar un aspecto desconocido de mí mismo.

La miró con serenidad. La mujer que tenía delante ya no era la niña de 15 años que había visto por primera vez. Ahora era una hermosa mujer de unos 20 años.

Había indicios de aquella chica en su interior, pero era realmente diferente. Sus labios carnosos y rojos y sus bonitos dientes de conejo, que le habían atraído al principio, seguían siendo los mismos. Sin embargo, su delgado y elegante escote, sus delicadas clavículas y sus impresionantes curvas femeninas eran muy diferentes a las de entonces.

Sin embargo, a Alfonso no le importaban los detalles de su aspecto. Independientemente de que la mujer emitiera una belleza deslumbrante, por alguna curiosa razón, estaba seguro de que la amaría eternamente, incluso sus canas cuando envejeciera.

Ariadne era Ariadne, independientemente de lo carnoso de sus labios, la longitud de su cabello y el número de su edad. Amaba su existencia, no su superficial belleza exterior. Amaba a la persona llamada Ariadne.

SLR – Capítulo 333-1

Con voz tenue, Alfonso le confesó su amor. 

—Sé mi mujer, oficialmente.

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