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SLR – Capítulo 581


Hermana, en esta vida seré la reina

Capítulo 581: Introducción a la luz de gas

Isabella entrecerró los ojos. Deshacerse de Rubina y Césare de un solo golpe sería fantástico.

Sin embargo, no era tan tonta como para aceptarlo de inmediato o exigir para sí el rango y los derechos de Rubina. Los hombres siempre podían oler cuando una mujer intentaba controlarlos. En su lugar, se transformó en la pobre y lamentable Isabella.

—¿Tienes idea de lo mal que me trata la gran duquesa viuda?

—¿Qué? ¡Llamaré a Rubina y le daré una buena reprimenda! —Leo III gritó demasiado alto y agitó un puño en el aire. A decir verdad, no estaría fuera de lugar por parte de Rubina, y defenderla sólo le conseguiría más reproches. Por eso había levantado la voz antes que cualquier otra cosa.

Isabella, siendo una veterana, no cayó en sus superficiales artimañas.

—¡Eso sería inútil! Si su maltrato hacia mí fuera el único problema, ¡te lo habría contado hace mucho tiempo! —Sus ojos violetas se humedecieron—. Estuviste tantos años con ella.

Aunque sus ojos eran toda Lucrecia, su elocuente lengua era toda Cardenal de Mare. La combinación de esas dos cosas la hacían lo suficientemente persuasiva como para convencer a un rey hereje de convertirse.

—No puedo estar a la altura de esos años de felicidad que compartisteis ni de la historia que construisteis juntos.

Miró al rey con lágrimas en los ojos. Su belleza era tan extraordinaria que merecía llamar a un pintor para que la grabara para la posteridad.

—Puedo soportar que la gran duquesa viuda me odie, pero cada vez que oigo hablar de vuestra primera vez, que no llegué a compartir, ¡siento como un puñal en el pecho!

Leo III no podía retroceder el tiempo por ella. En realidad, aunque pudiera volver a su primera vez con la ayuda del cielo, sería inútil, ya que Isabella no existía entonces.

—El ridículo y el abuso se pueden soportar. Que ella alardee hablando de tu pasado, para lo que yo no estaba, me rompe el corazón en pedazos.

Rubina nunca había hecho eso: quería borrar de su memoria la mayor parte del tiempo que había pasado con Leo III. Si alardeaba, sería del título, el castillo y el territorio que había recibido de él, no de sus recuerdos de amor.

—¿Qué quieres, entonces? ¿Esperas que la eche a patadas a estas alturas?

Esta sugerencia era un paso atrás de la que él había hecho inicialmente, lo que puso a Isabella de mal humor.

—¡Ya ves! Te preocupas más por ella que por mí.

El rey no tenía ni idea de que ella se había tomado en serio su arrebato sobre ejecutar a Rubina y Césare. No había sido sincero; lo había dicho del mismo modo que podría decir: "¿Quieres que te arranque una estrella del cielo?" En realidad, pensaba que incluso expulsar a Rubina de la corte sería un poco extremo. Necesitaba a alguien que asignara presupuestos, supervisara las nóminas para asegurarse de que los sirvientes de palacio recibían sus salarios y eligiera qué tipo de teja utilizar en las reparaciones del tejado. Un rey no podía realizar un trabajo tan servil, y el señor Delfinosa había estado trabajando horas extras últimamente. Aunque mucha gente se ofrecía a hacer su trabajo, sólo unos pocos eran dignos de confianza.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que te equivocas?

—Tengo que irme.

Isabella cerró la segunda caja con un golpe. Todo lo que contenía era un vestido y dos hilos de perlas, pero empacar ordenada y eficientemente no era su prioridad actual.

—¡Esta relación siempre será injusta! —espetó con una mano sobre la maleta. Llevaba puesto un vestido que Leo III le había regalado mientras derramaba lágrimas, y acababa de meter en la maleta joyas que él también le había regalado.

—Mi único deseo eres tú, mientras que tú amas a varias personas diferentes.

No tenía reina y sólo había tomado dos amantes desde que se había convertido en rey. Es más, por el momento sólo tenía una amante oficial. No le gustaba acudir a lupanares. No veía a menudo a su antigua amante; la utilizaba eficazmente como administradora de la casa. Su vida privada era objetivamente bastante limpia teniendo en cuenta que era el jefe de un reino, pero su única amante enumeraba quejas que ni siquiera un sultán con todo un harén escucharía.

Desgraciadamente, Leo III estaba demasiado enloquecido por las amenazas de Isabella como para señalarlo. Aún no había conseguido conquistarla, la mujer que había encendido el último resquicio de su moribunda masculinidad. Antes había pasado tres o cuatro años sin que ninguna mujer lo conmoviera, lo que le había hecho agonizar sin cesar y preguntarse si su juventud había terminado. Entonces Isabella se había materializado como si Dios se la hubiera enviado, en su dormitorio, casi desnuda. Aquella noche, había sentido una palpitación en los muslos por primera vez en años. Pensó que nunca volvería a sentir esa vibrante sensación de ser joven.

Pero aquí estaba su elixir de juventud, despidiéndose con sus labios rojos como cerezas.

—Adiós, mi amado rey. Ya no puedo hacer esto.

Aún no se había acostado con ella. Ni siquiera su posición como rey de un país podía hacer que aquella mujer orgullosa se sometiera. Nada podía satisfacerla: ni los vestidos, ni las joyas, ni el título de amante oficial de la realeza.

—Isabella, Isabella, ¿qué hace falta para que te quedes conmigo? —le suplicó. Se había quedado sin cartas para jugar con la hermosa joven—. Por favor, no me dejes. Te daré cualquier prueba de amor que quieras.

El hecho de que pudiera decir esto tan fácilmente en realidad demostraba la ausencia de sinceridad. Isabella era lo suficientemente inteligente como para captar esa pequeña pista de inmediato.

—Muéstrame una prueba de que estoy más cerca de tu corazón que la Gran Duquesa Viuda Rubina.

—¿Qué sería eso, exactamente?

Sus ojos brillaron.

—Quiero ser la mujer de más alto rango en la corte de Su Majestad.

La propuesta era vaga. ¿Estaba pidiendo un rango superior al de Gran Duquesa Viuda, o se conformaría con estar por delante de Rubina en el orden de precedencia? ¿O estaba pidiendo que Rubina fuera expulsada? ¿Matarla?

Desde su punto de vista, esto era algo que podría utilizar como palanca en el futuro, incluso si no conseguía nada en el presente. Había concretado lo que quería para el rey.

Él la miró con una mirada tenue, como la de un perro anciano. Por otra parte, un perro que había vivido una vida humana también podía pensar tan bien como un humano. Eso se aplicaba a Leo III; sus muchos años no habían sido vividos totalmente en vano.

—Cuando te dé lo que me has pedido, volverás a amenazarme con dejarme.

La única mujer que realmente veía como una mujer era inimaginablemente codiciosa. Sabiendo que no podía engañarla como quería, preguntó lentamente:

—¿Qué pedirás la próxima vez? ¿Este reino?

Correcto. Pero Isabella no podía admitirlo.

—¡Claro que no! Prometo no separarme nunca de tu lado mientras me concedas este deseo.

Ella se acercó; el dulce aroma de una mujer joven, combinado con el olor a polvo y perfume, lo bañó.

—Si no confías en mí, puedes hacer que ejecuten a mi marido —entonces ella se pegó a él y le susurró al oído—: Así, una vez que consiga mi deseo, no tendré a dónde volver.

***

Los enviados de Trevero estaban sentados en la sala de banquetes más lujosa del palacio de invierno. La visión de sus espaldas, sentadas una al lado de la otra en un extremo de la larga y gigantesca mesa rectangular, parecía desamparada en contraste con sus imponentes atuendos. El signore Delfinosa estaba sentado frente a ellos; la silla de la cabecera de la mesa estaba desocupada.

Llevaban dos horas esperando.

El silencio reinaba en la sala. Delfinosa había intentado mantener el ambiente alegre antes de la llegada del rey hablando de diversos temas, pero ya no hablaba. Había hablado del tiempo, comentado lo difícil que debió de ser el viaje de los enviados, preguntado por conocidos comunes, elogiado el palacio de invierno y expresado su respeto por los logros de los enviados en el campo de la teología. Había dicho todo lo que podía.

Las servilletas dobladas sobre los platos vacíos y los utensilios de plata colocados a su lado no se habían movido en aquellas dos horas.

—...¿quiere un poco más de agua?

—Gracias por el ofrecimiento, pero no, gracias.

Beber más agua les haría correr al baño, aunque estaban a punto de tener que hacerlo de todos modos. Justo entonces...

—El legítimo rey designado por Dios, gobernante de la Península Etrusca y sus islas subsidiarias, Defensor de la Fe, el Sol del Reino de Etrusco, ¡Su Majestad Leo III!

Sonó la fanfarria que señalaba la entrada del rey, y Leo III entró lentamente en la sala del banquete. El signore Delfinosa abandonó rápidamente su silla para arrodillarse en señal de respeto. Los enviados, representantes de la Santa Sede, sólo doblaron un poco las rodillas y la cabeza en un saludo informal.

El rey se volvió para mirarlos con el rostro extrañamente enrojecido.

—He hecho esperar mucho tiempo a invitados importantes porque tenía asuntos urgentes que atender. Gracias por esperar tan pacientemente.

Lo que había hecho era una espantosa violación de la etiqueta diplomática, pero los enviados no estaban en condiciones de protestar en voz alta; al fin y al cabo, habían venido a mendigar. Además, el jefe de los enviados, monseñor Fernando, no era de los que ponían reparos. Le gustaba más decir: "Bien está lo que bien acaba".

—Todo está bien. Debía de ser un asunto muy urgente.

—No empezó siendo urgente, pero... acabó siéndolo. Ahora, ahora —urgió el rey a los sirvientes con el rostro enrojecido—, nuestros invitados deben tener hambre. Traed la comida inmediatamente.

El cocinero había estado manteniendo la comida caliente en la cocina, observando el ambiente todo el tiempo. Hizo una señal para que se sirvieran los aperitivos.

La hermosa sala de banquetes del palacio rojo, iluminada con velas, parecía por un momento una fiesta de cuento de hadas, mientras los numerosos sirvientes se movían en silencio para servir la comida. Sin embargo, las personas sentadas a la mesa no eran bellas ni de mente ni de cuerpo.

Leo III acababa de satisfacer parte de su codicia y se sentía muy orgulloso. Su amante había expresado todo tipo de celos, tanto fundados como infundados, pero al final había decidido quedarse en palacio en lugar de ir al territorio de su marido. El rey no había tenido que darle nada de inmediato, y había recibido permiso para mandar matar también a su marido.

No había sido sólo la muerte de Ottavio lo que Isabella había permitido. También había permitido el acceso a sí misma, no totalmente, pero sí un poco. Su excitación se había enfriado un poco cuando descubrió que su cuerpo era más delgado de lo que había previsto, pero no era un problema en ese momento. Lo que importaba ahora era su deseo de ganar. La poseería en cuerpo y alma, pasara lo que pasara. En otras palabras, compartía un objetivo con Agosto, aunque de forma ligeramente diferente.

Isabella había nacido para llamar la atención de los hombres que querían un trofeo. Después de nacer, había practicado cómo manipularlos.

Así, Leo III se había presentado con dos horas de retraso. No pudo evitar tratar a la delegación de Trevero con más buena voluntad de la que había planeado inicialmente. También la delegación pretendía, ante todo, que la ocasión resultara entrañable.

—¡Su Majestad parece gozar de excelente salud!

—Jajaja, ¿es así?

—Tengo la misma edad que usted, pero parece al menos diez años más joven.

—¡Me halagas!

El Padre Cecilio, el enviado asistente, recibió la llamada de la naturaleza durante esta agradable conversación. Toda el agua que había bebido durante las dos horas de espera le había puesto por las nubes. Intentaba identificar el momento adecuado para levantarse e irse, pero sólo encontró un hueco cuando estuvo a un segundo de mojarse encima.

—Vosotros dos seguid hablando. Tengo que ir al baño...

—¡Vamos, vamos! —Leo III se mostró benevolente con su invitado a la luz de lo que había hecho—. Tú, allí, guía al enviado de Trevero con cortesía.

Mientras trotaba tras el criado hacia el baño, el Padre Cecilio oyó las voces de unas mujeres que cuchicheaban en algún lugar cercano. Le habían nombrado enviado adjunto para esta visita porque era originario de Etrusco, y al principio pensó que había oído mal porque no estaba acostumbrado al dialecto de Harenae.

—¿Sabías que Su Majestad estuvo toda la tarde en los aposentos de la condesa Contarini?

—¡Esa astuta z*rra!

—Querida, no tenemos tiempo para quedarnos cotilleando. ¡Tenemos que ver quién puede meternos como criadas de la condesa!

—¿Qué?

—Su Majestad se plantó delante de sus aposentos a primera hora del día y le rogó que le dejara entrar, al parecer.

—Madre mía.

—Así que se metió dentro y no salió hasta la noche. Por eso esos invitados de la Santa Sede han estado esperando, ¡haciéndose los remolones! La condesa Contarini será imparable a partir de ahora…

El Padre Cecilio trató de fingir que no había oído nada de esto, pero no pudo evitar que su expresión cambiara. Su temperamento estaba hirviendo. '¿Así que nos hizo esperar dos horas a nosotros, agentes enviados por Dios, porque estaba demasiado ocupado tonteando con su amante?'

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