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SLR – Capítulo 573


Hermana, en esta vida seré la reina

Capítulo 573: Los que no actúan por voluntad propia

Bárbara fue lo bastante perspicaz como para darse cuenta de lo que Isabella quería en realidad. Lamentablemente, ella no tenía la información solicitada.

—No, aún no se sabe lo que el Gran Duque está haciendo...

Agosto miró a la inquieta Isabella. Parecía llevar todo el día de un humor maravilloso.

—Querida.

—No me llames así —espetó Isabella.

Ignoró su protesta como si no la hubiera oído.

—Todo sucederá como está predestinado. No te angusties.

El gran duque no podía envejecer con una mujer con el dedo anular herido. Agosto se reía para sus adentros desde que supo que Lady Julia Helena había perdido el uso del suyo.

'Tú, en la Sede del Juicio, has acabado realmente con la Especie'. Para borrar un incidente que estaba destinado a suceder, todas las causas y efectos relacionados con él debían ser eliminados. Algo que debería haberle sucedido a Ariadne le había sucedido a Julia Helena en su lugar, lo que significaba que Ariadne lo había evadido con seguridad.

'No es menos de lo que esperaba de la pieza de ajedrez que elegí'. Sin embargo, por muy buena que fuera, seguía sin ser más que un objeto. Sonrió al pensar en ella. 'Puedes pagar por todos nuestros pecados el Día del Juicio y arder en las llamas del infierno para siempre, mi poderoso y talentoso peón.'

***

Isabella no era la única que sentía curiosidad por el próximo movimiento de Césare. Julia Helena también se preguntaba por él.

Su ansiedad se había disparado en cuanto la vizcondesa Panamere, incapaz de guardar silencio al respecto, había mencionado la oferta de compromiso. Había arrebatado la carta de las manos de Irene suponiendo que la había escrito Césare.

Cuando abrió el sobre, con el corazón palpitante al pensar en los románticos pasajes que contenía, leyó el tono comercial y se sintió confusa. La firma de la Gran Duquesa Rubina al pie del sobre la desesperó.

—¿Qué pasa con el gran duque? ¿Qué pasa con él?

—Él... sigue postrado en cama, al parecer —antes de que Julia Helena pudiera armar un escándalo, exigiendo visitarlo, Irene añadió apresuradamente—: Rechaza todas las visitas.

Dicho esto, se alojaban en el mismo edificio, que no era muy grande.

—Si estás tan desesperada por verle, intenta dar un paseo —sugirió—. La forma más rápida de verle sería tropezarte con él en el jardín, creo.

—Soy su prometida, ¿pero no se me permite visitarle? ¿Tengo que perseguirle fuera como si estuviera mendigando su amor?

'Pues es justo lo que estás haciendo.' La réplica llegó hasta la garganta de Irene antes de calmarse. Decidió corregir el malentendido de Julia Helena de una manera que infligiera un poco menos de daño a su orgullo.

—Usted no es su prometida. No tiene autoridad para acceder a su propuesta.

El rostro de Julia Helena se arrugó.

—Pero... si ni siquiera puedo comprometerme con él, ¿qué será de mí?

Quería atar a Césare por cualquier medio posible. En realidad, no le gustaba haberse despertado antes que él. Imagínese si lo primero que hubiera visto al salir de la inconsciencia hubiera sido su dedo y su reputación arruinada, y se hubiera sentido atormentado por la culpa. Eso habría sido la guinda del pastel.

'Por eso intenté detenerte'. Esta vez, el comentario consiguió atravesar la garganta de Irene y llegar hasta sus labios. Abrió y cerró la boca para reprimir su instinto de decir la verdad... a duras penas.

—Sólo rece para que la carta de su padre llegue pronto —no pudo evitar añadir—: Usted se ha buscado todo esto.

A decir verdad, ella misma no estaba segura de las instrucciones que daría el marqués Synadenos. Lo que él decretara se convertiría en el destino de Julia Helena.

***

Césare estaba tumbado en la cama, con la mirada perdida. El dosel le impedía ver casi la mitad del techo, que le resultaba familiar pero desconocido.

Deseaba no estar aquí, pero no quería estar en la Villa Sortone, donde se sentía más cómodo, ni en el armario sin nombre del palacio de la Reina en el que había encontrado consuelo de niño. Echaba de menos su dormitorio en Pisano. No, quería ir a cualquier lugar que no fuera ése o San Carlo. Quería fundirse y desaparecer de la faz de la Tierra.

—Su Excelencia, ¿quiere un poco de sopa?

No respondió.

—Se enfermará más si no come.

No se enfadó con su mayordomo por ofrecerle comida. El mayordomo intentó entonces con:

—¿Le traigo vino espumoso?

Como tampoco obtuvo respuesta, finalmente se marchó, dejando solo a su amo.

Las dos manos de Césare estaban envueltas en vendas manchadas de verde que desprendían un olor nauseabundo gracias a la gruesa capa de hierbas medicinales machacadas que habían aplicado sobre la piel. Levantó ambas manos para envolvérselas alrededor de la cara. A pesar del horrible hedor a pus y hierbas que llenaba sus fosas nasales, agradecía incluso ese dolor. No, agradecía el dolor más que cualquier otra cosa.

Pensó en la visita de su madre.

***

Rubina le había visitado precisamente una vez, nada más despertarse, con el objetivo de hacerle firmar algo. Le tendió un documento, una oferta de compromiso dirigida a Lady Julia Helena.

Se había negado a firmar.

—¿No ves el estado de mis manos?

—Si esta oferta estuviera dirigida a la esposa del príncipe Alfonso, la habrías firmado con la pluma entre los dientes.

No podía decir nada a eso, así que había vuelto la cabeza hacia otro lado. Rubina, en cambio, seguro que tenía algo que responder. Había esperado las disculpas de su madre, pero ella había divagado sobre cosas sin sentido.

—Su Majestad se ha encerrado en su habitación. Se niega a verme a mí o a cualquier otra persona.

Aunque se había quejado largamente de no poder ver a León III, parecía complacida de que Isabella tampoco pudiera visitarlo. Lo había retenido durante largo rato, recordando viejos incidentes en los que el rey había herido sus sentimientos. Por fin, tras concluir su discurso con un:

—Está bien, ya que la condesa Contarini también tiene prohibida la visita —se levantó—. Debo irme. Debo ir a esperar fuera de la alcoba de Su Majestad.

Césare, que había soportado la sesión de tortura en silencio, había gritado:

—¿No te sientes mal por mí? —a la espalda de su madre.

Rubina se había girado lentamente en su sitio para mirarle.

—¿Por qué iba a hacerlo?

Su cara... no podía saber por ella si entendía cuál era el problema, pero le había demostrado que estaba disgustada. Sintió algo burbujeando en la boca del estómago.

—Has creado una situación de la que no puedes responsabilizarte y me la has echado encima…-

Rubina le había interrumpido enseguida.

—Te conseguí la mejor esposa del Continente Central.

Césare se había dado cuenta entonces de que su madre sabía exactamente cuál era el problema.

—Deberías agradecérmelo. ¿Por qué debería sentirme mal por ti? —abrió la puerta y, sin dejar de mirarle, hizo un comentario mordaz—: Ya que mi hijo es totalmente inútil salvo por su aspecto, espero que mi nieto sea más inteligente.

La puerta abierta significaba que los criados podrían oír cada una de sus palabras.

¡Un portazo! Dio un portazo y se marchó una vez hubo concluido sus asuntos, dejando a su hijo -un adulto sólo en cuerpo- por su cuenta.

***

Aunque León III se negaba a ver a nadie, seguía recibiendo todas las noticias desde el interior de su dormitorio, sobre todo porque sólo fingía estar enfermo en la cama. Estaba aburrido.

—¿Qué? ¿Lady Julia Helena y Césare pasaron una tarde solos en una isla? ¿Y ella admitió que perdió la virginidad con él? —el rey rió en voz alta—. ¡Maravilloso, maravilloso! Ahora el marqués de Manchike tendrá que ceder —dio una palmada—. Asegúrate de que reciba un trato acorde a su posición como prometida de Césare: protocolo, alojamiento, etcétera.

—Sí, Majestad. Tomaré las medidas necesarias.

Ahora sería invitada a reuniones familiares más exclusivas y similares, pero su estatus se vería degradado en cierto modo. De momento, como representante del marquesado, se la trataba como a una dirigente extranjera. León III no lo sabía cuando dio la orden; de haberlo sabido, se habría alegrado.

—¿Se han enviado más delegados a Manchike de nuestra parte?

—Bueno, no... hubiera quedado bastante mal enviar una nueva delegación inmediatamente después de lo ocurrido con Lady Julia Helena…

El rey frunció el ceño, sin entender por qué habría quedado mal. El señor Delfinosa se apresuró a añadir:

—Pero la vizcondesa Panamere envió a alguien de vuelta enseguida, y las personas que enviamos para argumentar que el tratado matrimonial es válido están llegando lentamente. Probablemente llegarán al mismo tiempo. El resultado será el mismo, Majestad.

Los que poco a poco se iban abriendo paso hasta allí iban a sostener que, incluso con el Gran Duque Césare ocupando el lugar de Alfonso como marido de Julia Helena, ésta seguiría convirtiéndose en principessa en el plazo de seis meses, tal y como estipulaba el tratado. En opinión de Delfinosa, sería frustrante para el marqués.

—¿Algo más?

—La gran duquesa viuda Pisano y la condesa Contarini siguen pidiendo veros.

También estaban los enviados de Trevero, pero Delfinosa no se los recordó al rey. Era obvio que lo único que obtendría a cambio sería la ira de León III.

—Dile a Rubina que pase. Podemos aprovechar para terminar rápidamente los preparativos de la boda también...

—Oh, bueno, Majestad —empezó Delfinosa con cuidado—, por favor, comprenda que, aunque no intento ponerme de parte de nadie en particular...

—¡No hace falta una introducción tan larga! Vayamos al grano ya.

—Sugiero retrasar un poco su reunión con la Gran Duquesa Pisano.

León III le miró con el ceño fruncido. Últimamente no se le daban muy bien los cálculos, por lo que tardó en comprender por qué Delfinosa proponía aquello. Aun así, como no podía enfadarse cada vez que su secretario sugería algo, lo elogió riendo.

—Eres mucho más astuto hoy en día. Antes podía leer cada uno de tus pensamientos.

Estaba culpando al desarrollo de Delfinosa por su incapacidad para leer la situación en lugar de culpar a su propio envejecimiento.

—Jajaja... —Delfinosa rió torpemente. 'Nunca has visto mis verdaderos pensamientos', murmuró para sí. 'Si eso hubiera ocurrido aunque sólo fuera una vez, me habrías hecho decapitar'.

Cambió de tema en lugar de decirlo en voz alta.

—Lady Julia Helena fue gravemente herida.

—Sí, he oído que se quemó el dedo.

—Así es. Me han dicho que la quemadura fue tan grave que su mano está incapacitada permanentemente.

—Hmph —León III parecía disgustado de que le dijeran que su futura nuera ya no estaba entera—. Intenta negociar una dote mayor. Dado que estamos aceptando a una chica con un defecto en la familia, la cantidad actual no es ni de lejos suficiente-.

Delfinosa sacó al rey del mundo onírico en el que había vagado solo.

—Majestad, Manchike intentará hacernos pagar con sangre su injuria.

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