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SLR – Capítulo 572


Hermana, en esta vida seré la reina

Capítulo 572: Karma del Pasado

—Hmm, ya veo.

A decir verdad, a los enviados no les importaba si había algo en marcha en el palacio de invierno. Lo que les importaba era conseguir tropas de refuerzo, y para conseguirlas, necesitaban reunirse con el rey.

—Nos gustaría ver a Su Majestad León III lo antes posible. Ahora sería un buen momento para nosotros si eso no fuera descortés con él.

El príncipe Alfonso les había concedido audiencia nada más llegar a San Carlo. Tenían la impresión errónea de que aquí en Harenae todo funcionaba a su debido tiempo y también por orden de prioridad. Al fin y al cabo, estaban en el mismo país.

—Su Majestad ya se ha acostado por esta noche —respondió el señor Delfinosa con una sonrisa cordial.

Al enviado adjunto, no gustándole esta respuesta, levantó la voz.

—Este es un asunto crítico.

Delfinosa mantuvo su cara de póquer. Rechazó la petición mientras sonreía como una máscara de goma amistosa pero tan firme como un muro de contención.

—Por favor, explíqueme el asunto. Transmitiré la información a Su Majestad en cuanto despierte.

Esta respuesta estaba meticulosamente calculada. Afirmar que León III dormía y que nadie podía molestarle le permitiría ganar el máximo de tiempo, aplazando así a los enviados hasta la mañana siguiente.

—¡Trevero está en peligro de ser atacado! —gritó el asistente del enviado—. ¡Filippo IV de Gallico está reuniendo un ejército!

León III ya sabía todo esto gracias al detallado informe de Alfonso.

—¿Ah, sí?

—¿Qué?

El jefe de los enviados había esperado que Delfinosa se sorprendiera al menos por la revelación de que el rey de Gallico se estaba preparando para una guerra, pero éste estaba tranquilo como si lo que acabara de oír fuera: "La cena de esta noche será solomillo de cerdo asado con guarnición de garbanzos".

—Me aseguraré de decírselo a Su Majestad —respondió como un eco sin sentido.

***

Los enviados de Trevero estaban llenos de esperanza a pesar de no haber conseguido una reunión nocturna con el rey.

—No te preocupes —le dijo el jefe de los enviados a su ayudante, una vez que los llevaron a su habitación, deshicieron las maletas y se lavaron—. Mañana es domingo, lo que significa que habrá una Gran Misa. Podremos ver al rey en la capilla, aunque sea brevemente.

Lo decía porque no sabía lo formidable que era León III.

A la mañana siguiente, los enviados llegaron temprano a la capilla de Harenae. Cuando la misa estaba a punto de comenzar y el rey seguía sin aparecer, preguntaron dónde estaba.

—¿Perdón? ¿Su Majestad el Rey no asistirá a la Gran Misa?

—Así es. No se encuentra bien…

Un monarca creyente que faltaba a una Gran Misa justificaba que la Santa Sede convocara a delegados de su país para tratar el asunto. Por otra parte, la salud de un rey era un secreto de Estado. Después de que Delfinosa pisoteara alegremente ambas verdades, el enviado principal sólo pudo parpadear.

—¿Está gravemente enfermo? —se apresuró a preguntar su ayudante mientras él se quedaba sin palabras.

—No, no es tan malo... —Delfinosa se interrumpió. No tenía otra opción. Si decía a los invitados que el anciano rey estaba muy enfermo, estaría revelando una debilidad a los forasteros al mencionar que el país estaba a punto de afrontar un acontecimiento importante. Si les decía que el rey no estaba tan enfermo, ya no tendría excusa para evitar a los enviados.

—Bueno, entonces, ¿sería posible que nos reuniéramos con él esta tarde?

Como era de esperar, el enviado adjunto se había apresurado a exponer sus asuntos. Delfinosa enrojeció al presentar la excusa que había prometido dar: 

—Es domingo.

—¿Perdón?

—Nos abstenemos de todo trabajo los domingos. ¿No es eso lo que Dios ordenó?

Los rostros de los enviados enrojecieron tanto como el de Delfinosa, aunque de asombro.

—¡Ahora, mire, señor Secretario!

—Hay excepciones para cada regla...

—Su Majestad el Rey de Etrusco, siendo muy devoto, no trabaja los domingos. Discúlpenme.

Delfinosa se escabulló de ellos y se dirigió a su asiento en la capilla.

'Uf, me tocan todos los trabajos embarazosos', pensó. El reino necesitaba que las máscaras de hierro formaran parte de su presupuesto nacional -los que trabajaban en el gobierno las necesitaban-, aunque las arcas del Estado, casi vacías, probablemente no dieran abasto.

'Me pregunto si las multas impuestas a la gente por poseer demasiadas ovejas serán fáciles de cobrar'. Esperaba una enérgica protesta. León III y la condesa Contarini, los primeros en sugerir las multas, fueron los únicos que no lo hicieron.

Delfinosa suspiró. Al menos no era recaudador de impuestos.

***

León III no fue el único ausente de la Gran Misa. Lady Julia Helena y todos los demás de Manchike, que habían sido visitados por una desgracia inesperada, también estaban ausentes.

—¿Has oído hablar del dedo de Lady Julia Helena?

—Por supuesto. La vizcondesa Banedetto vino a casa anoche a contárnoslo. Definitivamente no me arrepiento de haberle abierto la puerta a esas horas...

—Cuéntame todos los detalles.

—Así que un barco de repente llegó a puerto, y...

—¿Qué? ¡¿Lady Julia Helena admitió haberse acostado con el Gran Duque?!

Césare, el objeto de las habladurías, también estaba herido y, por tanto, ausente. La Gran Duquesa Rubina, instigadora del escandaloso incidente, tampoco asistió a la Gran Misa.

—¿Qué pasará con la Gran Duquesa Viuda Rubina?

—¡Nadie lo sabe porque Su Majestad está en sus aposentos, negándose a salir!

—¿Crees que lo sabe?

—¡Debe saberlo, considerando todo el alboroto!

La capilla estaba abarrotada de gente de San Carlo, muy animada por los rumores. Como la capilla de San Gerónimo en Harenae era más pequeña que la gran capilla de San Ercole en San Carlo, la gente podía oír las conversaciones de la fila de enfrente con la misma claridad que si los oradores estuvieran sentados a su lado.

—¿Crees que Manchike dejará en paz a la gran duquesa viuda sin intentar castigarla?

—Por otro lado, Lady Julia Helena no tiene a dónde ir. No puede volver a casa sin casarse dado lo lejos que fue.

—Sí, eso sería... difícil.

—¡No podrá hacerlo a menos que quiera vivir una vida célibe de vergüenza!

—Pero si se casa con el gran duque, Rubina será su suegra. Manchike difícilmente puede exigir que su suegra sea castigada.

—Aun así, el marqués no puede dejarlo pasar dado lo que le hizo a la mano de su hija, y de una forma tan indecorosa…

Desde la perspectiva del marquesado de Manchike, Etrusco había atraído a Julia Helena utilizando al príncipe Alfonso como cebo, la había secuestrado y luego la había obligado a casarse con Césare.

—Es un fraude matrimonial. Incluso la Alta Sociedad de San Carlo había llegado a esa conclusión.

Bianca también se ausentó de la Gran Misa. Se había encerrado en su habitación para ordenar sus pensamientos.

En esta montaña de la que habían desaparecido el tigre, el oso, la serpiente y otros animales similares, el zorro era el rey.

—¡Es la condesa Contarini! —exclamó alguien, señalando a la guapa mujer de ojos violetas cuyo precioso pelo rubio había sido recogido en una redecilla con perlas. Isabella llevaba unos grandes pendientes de oro con perlas barrocas y un vestido color crema, que tenía un sutil brillo y era demasiado revelador para los días laborables. Cualquiera, incluidos los enviados de Trevero, podría deducir de su atuendo o de su belleza que era la amante del rey.

—Monseñor, creo que esa mujer es la amante de León III, la que fue herida recientemente.

—Basándonos en los informes que hemos recibido, ella podría ser nuestro camino más rápido hacia el rey…

Como clérigos de alto rango de la Santa Sede, los dos normalmente no intentarían hablar con alguien tan perverso como una amante real, pero estaban desesperados. Los mendigos no podían elegir.

Sin embargo, debido a que el cargo de cardenal de San Carlo había estado vacante durante tanto tiempo, los informes que llegaban a Trevero eran diferentes de los habituales. En ese momento, el obispo Ciriani y Rafael de Baltazar estaban recopilando los informes de los sacerdotes de todo el país, y luego omitían algunas cosas y añadían otras antes de enviarlos. Comprensiblemente, no contenían nada favorable sobre Isabella, la condesa Contarini. Ni una sola vez olvidaron mencionar que no era una asociada digna de confianza.

—Si no hay otra manera…

La preocupación de los enviados por utilizar una vía vulgar como la amante del rey para acercarse a él resultó ser en vano. Isabella pasó muy deprisa junto a ellos con una mueca y desapareció en el balcón de la esquina superior izquierda de la capilla. Los dos se turbaron; habían supuesto que ella se detendría a conversar brevemente con ellos y se mostraría hospitalaria. Al fin y al cabo, eran huéspedes extranjeros.

—¿Qué demonios...?

El palacio del príncipe en San Carlo y la corte del rey en Harenae eran tan diferentes como la noche y el día.

***

Isabella no estaba de muy buen humor. De hecho, estaba a punto de estallar de nerviosismo, inquietud e irritación.

—¿El Gran Duque Césare envió una oferta de compromiso a Lady Julia Helena?

—Más exactamente, vino de su casa, no de él.

—¡Es lo mismo! —explotó ella, incapaz de contenerse. 'Césare de Carlo, fingiste inocencia y me ignoraste cuando era yo la que estaba en esa situación, ¿y sin embargo le enviaste una oferta de compromiso a esa niña al día siguiente?'

Fue humillante. Sentía como si el mundo entero estuviera repasando su fracaso. Quería coger una escoba, barrer a toda la multitud que cuchicheaba en el primer piso de la capilla y ahogarla en el mar, aunque su tema de interés era cómo se castigaría a Rubina.

—En realidad, señora, según la información que obtuve, el gran duque Césare no fue quien la envió —continuó Bárbara en un intento de consolar a Isabella, que parecía no haberlo entendido.

Eso llamó la atención de Isabella.

—...¿es así?

—Sí. Estaba a nombre de la Gran Duquesa Viuda Rubina.

Bárbara se había sacado de la manga este enorme secreto para fomentar un ambiente de trabajo agradable. Consiguió mejorar un poco el humor de Isabella.

—No me extraña. Ese hombre nunca estaría tan dispuesto a asumir la responsabilidad de algo que ni siquiera hizo.

—¿Disculpe? ¿Algo que no haya hecho? —preguntó Bárbara. Todo el mundo estaba diciendo que el matrimonio debía llevarse a cabo basándose en la premisa de que él lo había hecho. Además, Lady Julia Helena ya lo había admitido.

—¡Ellos no lo hicieron! —replicó Isabella con fiereza. Bárbara dejó de hablar; no quería que la regañaran por culpa de Césare, independientemente de lo que hubiera hecho o dejado de hacer.

—¡No hay manera de que lo hicieran!

Isabella conocía a Césare bastante bien. De hecho, junto a Ariadne y Rubina, era probablemente la mujer que mejor lo conocía. Aunque su tiempo juntos había sido corto, sus almas estaban distorsionadas de forma similar.

—Es testarudo. Nunca se retracta de una decisión una vez que la ha tomado. Ya viste cómo miraba a Julia Helena: ella no le importa.

Isabella repasó sus pensamientos una vez más para consolarse. Por muy fantástica que fuera la isla en la que estaba atrapado, Césare nunca tocaría a una mujer que no le gustara, sobre todo porque al hacerlo se separaría para siempre de la mujer que anhelaba.

—Ese tonto. Nada de esto te ayudará a hacerla tuya —Isabella sonrió torcidamente. Sentía curiosidad por lo que el Gran Duque Pisano estaba haciendo en ese momento, mucha curiosidad—. ¿Hay más noticias, Bárbara?

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